Crepúsculo

El corazón contempla
paisajes del alma,
nubes serenas, canciones 
del viento.

Llega el crepúsculo...
cerrando la luz sus párpados,
acariciando la noche al sol
en su cita amante con la luna.

Parpadean estrellas lejanas,
misterios de luz, astros de amor
que resuenan... allá en lo hondo
de nosotros.

Un instante

Caminando en el ahora
amaneces, en un esplendor 
sin tiempo.

Un instante de amor
brilla en la totalidad 
de los instantes.

Sopla el viento...
el corazón recoge
un suspiro eterno.

En la quietud

En la quietud se oye el amor, su sonido es aroma invisible, fragancia de la verdad sentida por el alma, acariciada por la sutil intuición del espíritu. 
En la quietud, el silencio florece animando interiores paisajes de calma, belleza y armonía infinitas.
Se toca lo intangible, se besa la luz serena del alma y se funde el sentir en un abrazo místico con el todo. 
En la quietud amanece un movimiento eterno de dicha volviendo a su fuente, al amor. Y la luz del ser nos eclipsa en la vastedad de esa felicidad que no pertenece al tiempo ni al cambio, sino a nuestra verdadera esencia, siempre presente y misteriosa, apareciendo como una suave brisa que nos recuerda que nunca dejamos de ser lo que somos: pura luz de amor creativo y consciente.

Alma enamorada

 
Dejando el espacio de la Nada, dejando el espacio eterno de la conciencia donde desaparece cualquier límite, cualquier frontera de la mente. Dejando abierto el espacio de la Nada, nace la totalidad absoluta.

Desde el punto creativo donde nacen los instantes se expande la conciencia sin tiempo, la perenne puerta abierta de la naciente visión despejada de pasado, ilusiones, proyecciones...

Nacidos a la verdad desnuda, renacidos al amor sin nombre, contemplativo, ensimismados quedamos, en la belleza prístina de un instante purificador donde nos miramos por vez primera, más allá de la forma, como un Todo sin objeto, como un Universo, que es uno mismo, tú mismo, infinito, expresándose en el vacío creador del Amor omnipresente y susurrante de misterios.

Nada se sabe, nada se posee, nada se lleva a cuestas... y todo florece eterno, liviano, en el abrazo sin nombre del naciente milagro de lo presente y verdadero.

Naturaleza nuestra, conciencia real, felicidad del ser que, sin saberlo, se conoce, se ama y se eleva al Amor Floreciente, a la Noche Amante, al Universo Consciente y posibilitante de encuentros del Alma, por siempre enamorada.

Sentir un misterio


Sentir un misterio, un infinito sin nombre, abrazar su estela de amor... Ascender al no tiempo sin dejar rastro ni huella, fundido con el Todo, en unión espontánea de amor compartido. Vivir, simplemente, como la vida vive y Es. Constante milagro de eternidad manifestada y latente.

Nuestra esencia


El amor se expande, como la luz, cuando es sentido, iluminando, unificando, trascendiendo... En el amor volamos desde la quietud del espíritu, testigos de la conciencia, viajando más allá del tiempo, despertando a lo infinito, a lo inesperado, al misterio que nos hace vivos y florecientes. 

Como almas amando el instante, abiertas a la luz, hallamos la paz en la certeza absoluta de nuestra esencia en todo, siempre venida de la región misteriosa, silenciosa, del amor.

Permitamos que el amor emprenda el misterio de su vuelo.

El cielo en la tierra



La tierra se encuentra en el cielo, en el universo. Ya caminamos sobre el cielo y lo tenemos sobre nosotros todo el tiempo. Bajo los pies, sobre la cabeza, en el corazón... El cielo es el espíritu de todo. El cielo es nuestro hogar, nuestro refugio de luz y eternidad, nuestra madre infinita, nuestro padre y maestro verdadero. El cielo está en tu interior y en todo lo que acontece... Todo el tiempo, más allá del tiempo... donde nace y respira la libertad, nuestra más íntima y auténtica libertad, siempre creativa y naciente, sanadora, inocente...

Queda el amor


Queda el amor en el vacío,
queda el vacío eterno
del amor.
Queda la luz, el abrazo,
la comprensión, la cálida
y silenciosa comprensión
queda en el amor, en el vacío.
Quedas tú, queda el amor,
quedo yo, contigo, conmigo,
en la unidad constante,
en la sonrisa sin tiempo,
en la mirada tranquila.
Queda el amor, descansando,
reposando, viviendo,
vaciando y llenando de luz
el silencio, la serena llama,
la gozosa paz de nosotros.
Unidad, unidad del amor
que queda en el vacío,
en la nada eterna,
en el manto universal.
Queda la luz, quedas tú,
quedo yo, amantes sin nombre,
gotas de silencio, océanos
de eternidad.
Aquí descanso,
contigo,
conmigo,
en luz tranquila,
en dulce reposo
sin dos.
Te escucho, te siento
y guardo silencio.
Habla la voz, la música celeste
del corazón,
el alegre niño inocente
del amor.


Recipiente de amor

Amo en el instante todo cuanto soy. Todo respira en el ser, todo es unidad, sin diferenciación alguna. Mi nombre es tu nombre, mi forma es tu forma... nombre sin nombre, forma sin forma... silencio de amor, transparente quietud en la inocencia del ser.

Todo es amor ahora, amor entregado a la verdad de este momento eterno que milagrosamente, en danza de misterio, en sagrado regalo, está teniendo lugar, sucediendo en el presente.

La conciencia contempla la conciencia. La luz ve la luz, el amor que soy ve el amor que es... No hay dos. Un solo corazón abriga el universo entero, y late en él la vida, en el cuerpo sagrado de la conciencia.

Un vacío ilimitado que contiene y permite el ser, el universo. Un vacío abierto que es paz y silencio, y recipiente de amor; y vida eterna.



Amar es ser

Otorgar amor es la naturaleza del ser, al igual que la llama ofrece su calor de forma espontánea, siguiendo el movimiento de su inteligencia original, de su razón y cualidad de ser. 

Estrellas de luz y vida son los movimientos del amor, la fuerza de lo verdadero, el poder de lo real.

El alma deslumbra por su claridad profunda cuanto más profunda es la noche, cuanto más nos adentramos en el misterio de nosotros mismos.
Las puertas se abren, los canales se conectan, las dimensiones se expanden, en la inmensidad de lo viviente, en lo absoluto, en el amor universal que se eleva por infinitudes de amadas fragancias y esencias propias.

El mundo es la esencia de uno, el rostro prójimo es el propio rostro, el sendero nunca transitado es el regreso a casa, la nube oscura anuncia un desvelamiento del sol, tras la soledad.

Una lágrima conduce al latido sentido, un abrazo al sosiego y a la liberación, a la paz y a la hermandad universal.

Somos uno en la oscuridad de la noche y en la claridad del día, en el compás y en los ritmos de la vida siempre late de fondo, en quietud, el ser imperturbable, la verdad sentida y presentida, la intuición y la emoción del amor más allá de los estados cambiantes, en el trasfondo sutil que desvela lo absoluto en su silencio amante, en un romance eterno con los polos del Uno, con el Tao, con el juego cósmico de idénticos contrarios, de complementos espejos, de reflejos enamorados, de colores formando paisajes, formas matizando siluetas de océano, miradas angélicas, nubes con formas de dragones o de dioses ancestrales.

El mundo juega en el país de los sentidos, nos toca con el aire, nos acaricia con la brisa, nos seduce con la fragancia de lo vivo y nos canta con la armonía silenciosa de los grillos y las estrellas crepitantes.

El mundo de la manifestación es el poema del Creador, la sinfonía del Alma eterna, soñando y despertando, creando y creyendo, amando y esperando, gozando y guardando silencio, sagrada soledad, viviendo y muriendo para nacer. Sólo así, lo eterno se hace el verdadero tiempo que habitamos: sin mañana, sin ayer.

Un único instante, siempre ha sido todo un único instante, de infinitos matices en una sola conciencia, eterna y sin nombre, única e impersonal, propia, íntima, y de nadie, tan de nadie como el aire, que es respiración, que es aliento intocable, pero aliento constante, susurrante de amor, de presencia, de incesante quietud entregada al instante.

Amar es entregar, entregar amor, entregar lo que uno es, al ser. Amar es ser. Ser es amar.

Vibración de luz

En las regiones del éter (akasha) todos los mundos se hallan. El yo contempla el Todo y descubre que no hay un “yo” separado sino un único todo completo. La fuerza vital (prana), el aliento espiritual, nos conduce por esta verdad cuando el corazón es el punto de partida y la meta, en un camino de continua llegada. Es aquí donde el samadhi, ese estado de meditación de profunda quietud, se asienta en uno y despeja cualquier brizna de dualidad por medio de una vacuidad presente y serena. El Uno resplandece como llama en el corazón de vida y luz. La vibración del corazón es la causa del sonido, del mantra Om resonando como raíz de todos los demás sonidos. El sol de la conciencia da su calor y anima las formas e imágenes (yantras) del cuerpo interior (antahkarana) desde el infinito corazón de luz. La manifestación tiene lugar y el yogui ya no está ahí, no hay nadie que vea o que oiga, sólo hay vista y oído nada más. Comprensión. Sólo está el Corazón, el Ser, latiendo. Es un estar que es ser, una alquimia natural que es el yoga mismo: el ser gozándose, conociéndose, a sí mismo. Lo no nacido vibra en un nacimiento eterno.

Meditar

Meditar es relacionarte con el silencio, y una vez que tiene lugar esa relación, acontece la experiencia de la conciencia pura.





Despierto

Aquel que sabe que está soñando y sin embargo vive con completa inocencia y profundidad su sueño, es el ser más despierto de todos.

Libre en la sencillez

Libre en la sencillez, volátil en el silencio. Traspasado por el vacío, difuminado por la conciencia absoluta, disuelto por el amor, por lo inexpresable, por la llama inmortal. Inmóvil en el movimiento, eterno en la quietud, en la calma universal, sin límites, del corazón.
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