Meditando la realidad

En la meditación (allí donde hay atención profunda) asoma la clara conciencia de presencia, en la que el observador es lo observado, testigo de todo cuanto sucede. La presencia está donde ha de estar y encuentra sin buscar, ya que es la realidad misma la que está ocurriendo, la que es hallazgo a cada momento, en un espacio donde no hay foco sino totalidad. La respiración es un puente entre la mente y la conciencia, nos enraíza con la vida, retirando el anclaje del ego y de los procesos mentales que empañan la visión interior; una visión que por naturaleza es imperturbable y se sitúa en continuo descubrimiento del Sí mismo. Profundizando aún más, vemos que la continuidad del conocimiento interior es otra ilusión, pues el proceso de tiempo desaparece al liberar al ego de sus identificaciones y anhelos cotidianos. Entonces entramos en la verdad directa del ahora, aquella que allá donde vayamos siempre nos conduce al ser, a la experiencia de lo real en ti, en todo lo que observas, en este momento preciso que se muestra único y total. El observador, el testigo, tampoco es real, es otra ilusión del ego, la ilusión de que alguien está viendo algo. Solamente hay conciencia. Conciencia que es presenciada, sin sujeto que la presencie y sin objeto que de algún modo la configure. Esa presencia, el ser del ahora, es eterna, no se puede definir, pues no tiene nombre ni forma, solamente ‘es’. Así, todos los sabios nos aconsejan: SÓLO SEA, lo que añada no será real, lo único que permanece siempre es el SER.

1 comentario:

Maggie dijo...

Sus palabras encierran una sabiduría tan clara que es difícil comprender cómo a veces se nos escapa el estar conscientes del ahora?
Leyendo su texto a venido a mi memoria un poema de Eugenio Montejo que con su permiso citaré:

"Tuyo es el tiempo cuando tu cuerpo pasa
con el temblor del mundo,
el tiempo, no tu cuerpo.
Tu cuerpo estaba aquí, tendido al sol, soñando;
se despertó contigo una mañana
cuando quiso la tierra.

Tuyo es el tacto de las manos, no las manos;
la luz llenándote los ojos, no los ojos;
acaso un árbol, un pájaro que mires,
lo demás es ajeno.
Cuanto la tierra presta aquí se queda,
es de la tierra.

Sólo trajimos el tiempo de estar vivos
entre el relámpago y el viento;
el tiempo en que tu cuerpo gira con el mundo,
el hoy, el grito delante del milagro;
la llama que arde con la vela, no la vela,
la nada de donde todo se suspende
–eso es lo nuestro."

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