Meditando la realidad

En la meditación (allí donde hay atención profunda) asoma la clara conciencia de presencia, en la que el observador es lo observado, testigo de todo cuanto sucede. La presencia está donde ha de estar y encuentra sin buscar, ya que es la realidad misma la que está ocurriendo, la que es hallazgo a cada momento, en un espacio donde no hay foco sino totalidad. La respiración es un puente entre la mente y la conciencia, nos enraíza con la vida, retirando el anclaje del ego y de los procesos mentales que empañan la visión interior; una visión que por naturaleza es imperturbable y se sitúa en continuo descubrimiento del Sí mismo. Profundizando aún más, vemos que la continuidad del conocimiento interior es otra ilusión, pues el proceso de tiempo desaparece al liberar al ego de sus identificaciones y anhelos cotidianos. Entonces entramos en la verdad directa del ahora, aquella que allá donde vayamos siempre nos conduce al ser, a la experiencia de lo real en ti, en todo lo que observas, en este momento preciso que se muestra único y total. El observador, el testigo, tampoco es real, es otra ilusión del ego, la ilusión de que alguien está viendo algo. Solamente hay conciencia. Conciencia que es presenciada, sin sujeto que la presencie y sin objeto que de algún modo la configure. Esa presencia, el ser del ahora, es eterna, no se puede definir, pues no tiene nombre ni forma, solamente ‘es’. Así, todos los sabios nos aconsejan: SÓLO SEA, lo que añada no será real, lo único que permanece siempre es el SER.
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