La verdad es siempre ahora

En la búsqueda espiritual suele presentarse la gran dualidad entre el yo-ego (o inferior) y el yo-real (o superior). Es decir, la individualidad cuerpo-mente por un lado y el Espíritu o Dios por el otro: esa esencia impersonal que somos. No obstante, tal dualidad invita a ser trascendida, dándonos cuenta de que todo es un juego de lenguaje, de conceptos. Da igual cómo llamemos a las cosas, porque las cosas están ahí, el problema surge cuando olvidamos las cosas y nos aferramos al nombre que le dimos. Su fragancia ya no está, su realidad manifiesta se pierde, convertimos lo esencial en una pieza yerta de museo.

La vida es actualidad constante, manifestación espontánea y, por ello, aquello que somos no puede ponerse en un lugar aparte, disecado y etiquetado, sino que ha de ser albergado a cada momento. Entonces somos verdaderamente libres, porque vamos de la mano con la vida, con la llama del ahora: aquella que brilla en el latir del instante eterno que a cada segundo se revela. La verdad es siempre ahora.

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