Visión de lo real

Aquello a lo que trates de aferrarte no será real, no te lo podrás llevar contigo, forma parte de la ilusión, del sueño del deseo. Tu vida sólo es este momento, a él pertenece, en él se asienta. Pero este momento no es nada que podamos adquirir, no tiene una sustancia propia, su naturaleza es irse, siempre irse y nunca quedarse. A ello se denomina en el budismo: impermanencia. Aferrarse a algo que se va constantemente sin duda es lógico que provoque sufrimiento, pues tal aferramiento, como dijimos, es una ilusión, un deseo de pertenencia de algo que no existe, para alguien que tampoco existe: tu ego. Creer que eres alguien, un cuerpo y un nombre concreto también es erróneo, es el error básico. Este cuerpo no es de nadie. La mente dice que es suyo, que le pertenece, y el cuerpo sin embargo desde que nace se está yendo, a pesar de que la mente intente atraparlo a través del pensamiento. ¿Y de quién es la mente? Si no hay cuerpo, si no hay nombre, ¿a quién llama la mente constantemente? Y algo más importante, ¿dónde se encuentra la mente si el cuerpo que busca nunca es permanente? En ningún lugar, aparece y desaparece sin dejar rastro. Si intentas observarla, callado, atento, ves que no está. Cuando la mente calla, la vida total aflora. Cuando estás presente, la mente desaparece, la distracción, lo dual, queda fuera, pues tú te haces uno con lo que es, con lo que realmente está sucediendo. Al ver esto descubres lo impermanente, el río fluyendo constante, y con ello lo eterno se manifiesta: la conciencia. El ser que siempre es, a pesar de todo cambio y sin ningún esfuerzo. Por eso se dice que el ser es perfecto, porque está siempre aquí y ahora, porque es lo que verdaderamente siempre eres.
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