El ser lo es todo

No hay verdad que no pueda ser cuestionada por la mente, incluso podemos cuestionar a la propia mente y afirmar que más allá de ella existe la auténtica verdad. Aún así, si hemos afirmado algo hemos de ver cómo sigue siendo la mente la que continúa haciéndose cargo del proceso. La libertad total ya no cuestiona ni pide nada, pues libre es quien no necesita algo para ser algo, sino que es en este instante todo lo que necesita. La comprensión trasciende la mente, es en la observación clara, cristalina, donde surge el comprender, el ver directamente, el ser la visión.

En todo momento, contigo se halla el ser, eres ahora (sin tiempo), ahí está la realidad, la experiencia concreta de ser tú mismo. Realizar es ser, la realización espiritual es simplemente ser, pues ello significa conocer lo que eres, sin dualidad, sin sujeto ni objeto, sin yo ni tú, ni ello ni aquello; en pura unión con el ser que todo es.

Siendo, aquí y ahora, eres vida, realidad manifiesta, verdad.

Éxtasis de silencio



El amor fue un gesto, señal cómplice que daba comienzo
a un suspiro sin tiempo. Fue un instante, una caricia del viento,
una mirada entreabierta arribando del cielo, igualada
a su origen sin verbo. Fue todo lo soñado, la armonía abrazada
llegando, llegando sin irse, al hogar encumbrado, al todo inmenso
horizonte de huellas hermanas. Todo fue uno, uno y diverso
en su cumbre labrada, en su explosión de silencio. Uno con todo
amándose, viéndose sentir y siendo, en la visión sin sombras,
en el torbellino de las flores hermosas, en la celebración del éxtasis,
en el tú y yo desapareciendo, en el ir y venir de lo inmensamente quieto.

Subir tan alto es no llegar, no haber sido. Morir, olvidar, ser eterno.

Conciencia de amor y luz


No sabemos qué es el tiempo, pero lo presenciamos día a día. Del mismo modo nos presenciamos a nosotros mismos en el tiempo y sin embargo, siempre somos, más allá de las circunstancias, de los cambios y devenires. Siempre somos el ser, eso es en lo que devenimos siempre, pero solemos agregar todo tipo de cosas que confundimos como lo esencial en nosotros, cuando solo son circunstanciales, sin sustancia propia. Así nace el sufrimiento, al identificarnos con lo que creemos ser, cuando esta falsa identificación nos gusta nos dejamos llevar por el placer, un placer momentáneo y con sabor a vacío. Cuando esta falsa identificación no nos gusta, que es consecuencia de lo anterior, de descubrir que aquello que pensábamos que éramos se marcha, termina y queda la carencia, aparece el dolor, el apego y la desdicha. Este ir y venir, forma parte del juego de la mente y sus opuestos en constante intercambio. Sin embargo, más allá de eso, de esa ilusión temporal, hay alguien mucho más grande, un testigo inalterable del espacio de la conciencia, que es constante, puro y completo. Si intentamos identificarnos, apegarnos a eso, ya estamos entrando en la falsa identificación, puesto que aquello que es real e ilimitado, constante dicha y verdad, queda reducido y limitado al pasarlo por el filtro de la mente condicionada.
Una mente dispuesta a nacer a cada segundo, en el ahora, en la pulsión del instante, es una mente iluminada por la inteligencia, el foco de la luz de la consciencia que nos permite discernir lo real de lo irreal, lo que somos de lo que no somos. Una mente así es sencillamente una mente natural, aquella que no está desorientada por sus condicionamientos externos, sino que vive en armonía consigo misma, dirigida espontáneamente por el corazón, raíz y alma de sus actos auténticos, con su sabor propio, desde el aliento de su íntima verdad. Solo hay que dejar de buscar fuera la imagen que nos refleje y comprender con el amor que todo lo que hay fuera es luz y espejo nuestro, mirada y vislumbre abierto de nuestra alma latiendo de vida, serena al reconocer en todo su aroma y hogar, constantemente fresca y renovada por su autenticidad: conciencia de amor dándose a sí misma y expandiendo su aroma en todas direcciones, de forma natural, al ser, solo ser, lo que siempre es, la luz del ahora que todo lo ilumina con la verdad del ser.

Texto en audio, leído por José Manuel Martínez:

Amor y silencio

Hay una voz para el amor que deslumbra en su lúcida expresión, una voz que se abre a los cielos de la conciencia toda, atisbando el universo en el instante, más allá de cualquier límite imaginario, en su esplendor más puro y confirmado. Esa voz, esa certeza del entendimiento y del amor, es el silencio, la expresión del todo contenido, del todo continente. Silencio que es luz de las verdades, imagen de lo inimaginable, el infinito mismo hallándose, desplegándose en el misterio de la verdad interior.

Visión de lo real

Aquello a lo que trates de aferrarte no será real, no te lo podrás llevar contigo, forma parte de la ilusión, del sueño del deseo. Tu vida sólo es este momento, a él pertenece, en él se asienta. Pero este momento no es nada que podamos adquirir, no tiene una sustancia propia, su naturaleza es irse, siempre irse y nunca quedarse. A ello se denomina en el budismo: impermanencia. Aferrarse a algo que se va constantemente sin duda es lógico que provoque sufrimiento, pues tal aferramiento, como dijimos, es una ilusión, un deseo de pertenencia de algo que no existe, para alguien que tampoco existe: tu ego. Creer que eres alguien, un cuerpo y un nombre concreto también es erróneo, es el error básico. Este cuerpo no es de nadie. La mente dice que es suyo, que le pertenece, y el cuerpo sin embargo desde que nace se está yendo, a pesar de que la mente intente atraparlo a través del pensamiento. ¿Y de quién es la mente? Si no hay cuerpo, si no hay nombre, ¿a quién llama la mente constantemente? Y algo más importante, ¿dónde se encuentra la mente si el cuerpo que busca nunca es permanente? En ningún lugar, aparece y desaparece sin dejar rastro. Si intentas observarla, callado, atento, ves que no está. Cuando la mente calla, la vida total aflora. Cuando estás presente, la mente desaparece, la distracción, lo dual, queda fuera, pues tú te haces uno con lo que es, con lo que realmente está sucediendo. Al ver esto descubres lo impermanente, el río fluyendo constante, y con ello lo eterno se manifiesta: la conciencia. El ser que siempre es, a pesar de todo cambio y sin ningún esfuerzo. Por eso se dice que el ser es perfecto, porque está siempre aquí y ahora, porque es lo que verdaderamente siempre eres.
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