La contemplación

La contemplación es un mirar con los ojos de lo real todos los fenómenos vivos que suceden, que nos son y nos encaminan -desde la raíz quieta del presente, inmóvil pero creciendo, silente pero germinando la creación- al milagro del ser en todo lo que aparece. Quizás al meditar estemos buscando a Dios, pero sin duda, estamos viendo con los ojos de Dios. Buscamos lo que somos, y al vernos a nosotros viendo, vemos el mundo, emergiendo, perfecto y verdadero, en la mirada nuestra que lo recorre. ¿Así que, dónde buscamos realmente? Aquello que buscamos reside en nosotros, nunca lo perdimos, somos eso que, segundo a segundo de eternidad, siempre ganamos completo. Tú eres los ojos de Dios, que en eterna mirada de luz encienden el mundo de amor.

La eternidad del instante

Si la vida durase un segundo, sería el segundo de nuestra eternidad. Cuando contemplamos un segundo totalmente, representado y actualizando todo el hecho del vivir, cada instante, cada fracción mínima de tiempo es vista con los ojos de la eternidad, del no-tiempo, y entonces nada puede decirse, todo está bien así, porque somos uno con lo que es. Nada falta, nada sobra, la plenitud arriba al punto en que el ahora, quieto, embriagado en lo total sereno y lúcido, es contemplado en lo completo, en la raíz de lo vivo dispuesto y real siendo. La palabra es el espejo, el aire duplicado de la verdad interior, pero el silencio, es el aire mismo reposado y vital que da luz a las palabras o al acto, al surgir o al vaciar lo que soñamos que es nuestro. Al meditar, la vida del ‘yo’ es vista como una película, como un sueño que sucede y que no nos toca, pues no tiene materia ninguna para hacerlo, un sueño bello, misterioso, luminoso, a veces trágico o doloroso, pero sueño, sueño soñado que vemos soñarse y volar en la conciencia.

Andar el camino

La vida es un gran cambio, vida y muerte se entrelazan, de lo muerto nace lo vivo. El crecimiento nos brinda la posibilidad de ganar en sabiduría, de aprender, de corregir y de mejorar; es todo un proceso natural que libera lo que ya no tiene vida, lo que está yermo y ajado, mientras renueva lo que tiende a florecer, a madurar y a enriquecer a los seres. Todos los seres, todas las especies, conforman ese gran árbol con sus numerosas, casi infinitas, bifurcaciones en constante proceso de nacimiento y evolución. La decisiones de la vida, los pasos que llevamos a cabo, presentan esas bifurcaciones que configuran la trama del destino, pero más allá de ello, más allá de la elección y el reto que supone advertir el camino correcto, está la posibilidad de andarlo, donde la voluntad se hace una con la coherencia interna y con la petición del alma que busca encontrarse.

Silencio interior

El silencio interior nos permite bucear en la mente sin implicarnos con ella, dejándola ser solamente. Ello representa el gran paso a la conciencia, al mundo que se manifiesta en la visión del testigo: despojado de todo inmiscuirse en los hechos de la vida, pues suceden por sí solos. Incluso nosotros, lo que pensamos que estamos haciendo, la acción que consideramos la materialización de nuestro ego, está sucediendo por sí sola, por el mero hecho de que el corazón late o de que el aire es respirado en un proceso que trasciende nuestra voluntad individual: es el hecho del vivir el que ocurre. La vida es plena por sí sola, verla vivir, más allá de nuestras exigencias, carencias o expectativas, nos proporciona una libertad desbordante: porque descubrimos la totalidad apareciendo, espontáneamente, en el espacio y espejo de la omnisciente realidad. Y nada hemos de hacer entonces para serlo todo.

La búsqueda encontrada

El corazón siente en profundidad el baile de su dicha, el íntimo resplandor de la respiración, del ser palpitando en cada fibra de sentimiento, en cada infinitud silente del armónico sentir. Todo en el cuerpo se hace uno, integrado, unívoco, resoplando la energía de la conciencia tranquila y reposada. El cuerpo ya no es de nadie, la entidad individual se ha fundido en sus adentros sin tiempo y sin espacio, se ha evaporado en la inmensidad de la verdad callada, desvelada, aclarada en la cristalina estancia de un no-lugar que comprende todos los lugares y tiempos, todos los destinos y estancias, todos los sueños y realidades. El sonido del corazón brilla en el silencio; el Todo está aquí, abrazando, entregando y entregándose, cobijando al Ser.

La palabra, la vibración sagrada de la invocación, de la búsqueda de lo que eres, de la llamada genuina a tu interior perpetuo y deslumbrante, se acalla y penetra, sin voz, sin sombra, sin apariencias… ya liberada, calma y completa, enamorada de la eterna bienvenida a la dicha de tu Ser, a lo profundo de lo profundo, al inenarrable sendero del despertar. El sendero es el ahora. Todo saber se revela desde el más desbordante no-saber. El espíritu se ve, iluminándose. Es ya su amor encontrado, el matrimonio sagrado. Y en el misterio de su alegría primigenia e inocente, el espíritu se reconoce, sonríe y comprende, en lo hermoso de su quietud infinita y omnipresente, que siempre fue lo que es.

La vida que respiras

Vive con tu presencia el ser

que en todo se encuentra.

Respiras en la inmensidad del bosque
las ramas que acaricia el viento, la fragancia
de las hojas serenas, el verde latido
de los árboles
danzando en ráfagas verticales.

Respiras en ti lo que el cielo desenvuelve.

El azul infinito que vence los espacios,
la llama serena del sol que ilumina
esperanzas en la tarde.
El pájaro que canta donde nace la lágrima,
la calma del tiempo cuando ya es de noche.

Respiras en ti lo que el cielo desenvuelve.

El mundo apareciendo en la conciencia,
la flor desnudándose sencilla
bajo su claridad de primavera,
un gesto susurrando dulzura
sobre el vientre de la voz presentida.
El amor llenando lo que vive
con su aroma de más vida palpitante.

Respiras en ti lo que el cielo desenvuelve.

La vida, el mundo, es el hogar de todos los instantes.


Conocerse es ser (3)

La conciencia siempre es ‘lo que es’, lo que queda tras las apariencias que la recorren. Conocerse es ver directamente lo que está siendo, dejando que siga siendo tal como es, pues ya todo resulta en perfección al traspasarse la veda que impone la mente, su forma limitada de percibir, aflorando en virginal libertad la presencia de la sencilla dicha de ser. Entonces deviene la quietud al espíritu y queda la conciencia sola, tranquila, inconmensurable… Eterna en su instante, serena en su infinito.

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