Mística y meditación

La comprensión del Ser es sencilla. No es mental ni intelectual, aunque la mente o el intelecto acaso puedan atisbarlos, en su intento por ‘atrapar’ la esencia que resopla en torno a ellos, en la base misma de su existencia. Más allá de la comprensión aparece la visión, cuando es abandonada la mirada mental y surge la mirada total y unitiva. Se habla del ‘arrobamiento’ místico al referirnos al conocimiento de lo aparentemente imposible de conocer, lo trascendente, lo divino. No hay conocimiento que pueda ser expresado con palabras cuando el conocer supera las dimensiones de su comprensión. Entonces somos absorbidos por la vivencia ‘aniquiladora’, aquella que extingue el ‘ego’, el deseo de (yo) alcanzar algo, y somos, sencillamente, tomados, tocados, arrojados, por esa vivencia sin límites que desborda de paz el río anegado de nuestras mentes, pareciendo un exceso incontrolable que se trasforma en infinita y conciliadora armonía.

La experiencia mística no es una meta, no es un fin a buscar en la meditación, pues ésta quedaría desvinculada de una búsqueda sincera y sin expectativas de por medio. La experiencia mística surge, aparece, cuando el ‘yo’ es abandonado y ‘algo que observa’ se encuentra de pronto frente al Ser, en el Ser, sin saber cómo llegó hasta allí, lleno de gratitud y en la Gracia morando, elevándose a las alturas de su felicidad, en una dicha espontánea que le inunda de paz y amor. No es, como digo, una experiencia, ni otra cosa que probar. Llega cuando el Ser ve abiertas las puertas sinceras del alma que se entrega a su silente llamada. Es el samadhi, el nirvana, el satori, el arrobamiento, o el simple vivir. No es un lugar a donde ir, es la mirada puesta en el Ser, nada más.

Reencuentro pleno

Sólo hay mirada,
contemplación de ti, de mí, de lo abierto y nítido,
de lo veraz, como el tacto de la lluvia
aclarando nuestros rostros con fresco y húmedo nacer.
Lo eterno se despide amando en su nunca irse, en su irse quedando
en lo insondable de nosotros. Se queda cómplice y desnudo
lo real desconocido, el pálpito de la verdad sonora,
el susurro de la interior melodía que nos reconoce y reconocemos.
Todo es reencuentro, abrazo lleno del ahora
en que despertamos nacidos, inocentes, purificados.

La visión total

Dijo el maestro zen Dogen que “nada se aparta ni se queda fuera del universo en este preciso momento”. El ahora es lo que se muestra siempre, lo demás son imágenes en el ahora. Este momento nunca se fue ni hemos de esperarlo, pues, totalmente limpio, trasparente, comprende todo comprender. Hablamos de un ‘comprender’ en su sentido más etimológico, como algo que de forma directa es atrapado (como el koan o acertijo que se nos desvela espontáneamente, al abandonar el intento de comprender), que está ahí, tras el velo de la mente, la vista o los demás sentidos y emociones vinculadas.

Desde cualquier plano la visión es exacta si los ojos miran la verdad del instante que surge. Se habla entonces del correcto mirar, de la visión o contemplación atenta. No hay otra comprensión que el comprender mismo de ‘lo que es’. Así, la flecha que lanza el arquero queda sujeta en el centro de la diana, ‘comprende’ la diana y su atención va directa a ella. Desde el momento en que apunta con el arco y lanza la flecha, ya ha visto, ha ‘aprendido’ la dirección de su intención. No es el arco el que apunta, no es la flecha la que realiza la acción, es la quietud atenta del arquero la que exhala el movimiento certero. “Transforma tu cuerpo entero en visión, hazte mirada”, expresó el poeta místico Rumi. Entonces la distracción, el temor, el mundo ilusorio, no pueden tocarte, porque todos los sentidos están puestos en la verdad que acontece, todo sirve a ello: al ahora.

El arquero es el arco, la flecha, la diana… y al mismo tiempo no es ninguno de ellos, ni él mismo. Esa es la entrada en la vacuidad, el sendero del alma, la ‘nube del no-saber’ a la que se refirió aquel místico anónimo de hace muchos siglos. La nube, siempre clara e impalpable, que recorre el cielo del Ser.

La desnudez de ser

Ya no hay meditador cuando la meditación aparece, la contemplación lo envuelve todo y el meditador desaparece. La mente busca darse identidad a través del lenguaje, de las imágenes, de todo lo que sea capaz de percibir; pero la mente además, cuando descansa en la quietud, sabe no buscarse porque se basta con su vastedad. En el espacio de la conciencia la mente queda desnuda, cristalina, y el testigo vislumbra y se silencia, halla pero se pierde a sí mismo, una y otra vez, como en una danza que el corazón guía hacia lo espontáneo e imprevisible. Entonces tiene lugar la meditación, aquello que no está fuera, que no hay que salir a buscar a ninguna parte. Aparece porque el ego perece, se manifiesta porque la manifestación se hace una con el ser y toda dualidad declina. Quedamos libres, liberados de las vendas que cubren la visión y así podemos ver, sencillamente, lo que al mirar es. Por ello, decimos que la meditación no es una adquisición, sino un completo despojamiento.

Luz de la noche

Es un sueño lo que tocas,
no te esfuerces en tocarlo más.
Si al fin tocases lo intocable
tu mundo sería de piedra,
una piedra más.
Si al fin no tocases
lo que tocarse pudiera,
serías aire y dicha
y eternidad.
La voz del sueño armaría un verso,
el espacio entero un poema
y todo el universo
la obra sin comienzo
que cantan los poetas.
Canta, canta a la noche,
pero no la toques,
que amanecerse pudiera
y el día igual viniere.
Canta, canta a la luz
y ve, sin mirar en ella,
lo que la luz,
de oscura y profunda,
esconde.

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