Quietud creativa

Al pasar de ser meros integrantes de la apariencia (pasivamente movidos por la fenomenología que los pensamientos imaginan protagonizar) y al asentarnos en la quietud como veedores del Todo en todas las cosas, unificadores de la realidad, sin duda alguna hemos llegado a la Fuente, en la que el veedor es lo visto, donde ya no queda nada que no sea Él y donde todo, sin excepción, forma parte de su ser: siempre completo, autosuficiente. Entonces un ser gozoso aparece, despierto en la quietud -sin esfuerzo alguno- de su conciencia plena, creativamente espontánea y natural.

La fuente del ser es pura, silente y armoniosa. De ella nace todo. El “yo real” no es movido por ilusión alguna, es siempre completo y no necesita de más. Es ser-conciencia-felicidad en todo momento, porque vive integrado con la totalidad. En su silencio experimenta el ser, se da cuenta del mismo, es continua presencia de sí gozando de su esencialidad. Y ese silencio dichoso es el amor mismo: el “yo real”.

Despertar

Reconozco el rumor del mañana
y las sombras del ayer,
por eso vivo en el ahora.
Reconozco a la luna y a las estrellas,
por eso duermo mirándolas
cuando ellas cantan
soñando a la luz de su conciencia.
Y esa misma luz me despierta
al apagarse la noche,
quedando el día cubierto
de amados resplandores.

Conocimiento místico

“El conocimiento de lo absoluto”, como expresó Swami Vivekananda, “es absoluto en sí mismo […] es realización plena”. Cualquier conocimiento meramente teórico y especulativo no puede expresar la dimensión de tal realización: que es un vivir en el ser desde el ser, una completa interiorización del estado de amor divino, esto es, del estado del amor mismo. Pues, ¿no es el amor a Dios un amar al Amor mismo, un amor en todo y para todo? ¿No es el amor místico un sentir la maravilla en todas las cosas como si todas esas cosas fueran una sola?

La experiencia mística aparece en un destello de conciencia, en presencia súbita de gozo, allí donde la vida mora en su hogar íntimo, inspirada y avivada por el aire que el amor desprende al realizarse en lo más hondo del corazón, en la raíz de lo posible y profundo. Y aspirando a él, al amor, nos vaciamos enteros para llenarnos nuevamente de la luz que nunca desluce, en la libertad que proporciona el saberse vivo al mirar con tales ojos luminosos el fulgor que se refleja en todo lugar y en toda conciencia.

Conciencia silente

Más allá de la mente, la conciencia silente es ese océano en calma que da hogar al beatífico despertar del ser en toda su extensión. Con tan solo un simple darse cuenta de tan magnánima esencia, estamos ahí, de repente, en ella, por el hecho mismo de que nunca estuvimos en otro sitio más que en ese lugar del Todo. El lugar del no-lugar, el Sí mismo, la Consciencia; el “yo soy” experimentando de lleno su verbo en infinitivo e infinito: Ser.

Amor sin barreras

Cuando la vida se hace una, cuando no necesitamos de la mente para construir al “yo”, aparece la experiencia del “yo real”: aquel que no necesita de nada para existir, sino que es existencia auténtica en todo momento. La más grande sencillez de la experiencia muestra la esencia de lo que somos, pues en ella se realiza, sin medio o apoyo secundario alguno. Llegar ahí, de forma directa, es también el paso más sencillo que podemos dar, y quizá el más valiente (ya que supone abandonar el ego, con todos sus deseos de devenir) teniendo lugar la conciencia de presencia, aquella que se integra con la realidad universal en donde todos los fenómenos están surgiendo al ritmo de la vastedad del misterio interior, el gran descubrimiento silente: la esencia nuestra; el origen que da luz a todo y al que nos unimos como amante y amado fundidos en el Amor mismo.

La vivencia del amor es lo que verdaderamente nos hace plenos, pues consiste en vivir aquello que somos.

Testigo de la conciencia

El testigo no interviene, simplemente observa. No elige lo que observa, sino que es en lo que acontece. Él no se mueve, permanece continuamente en la quietud pura y aunque los fenómenos se muevan en torno a él, nada perturba su quietud, su estática vigilancia. Con todo parece moverse, en conmovedor éxtasis, pero siempre desde su centro inconmovible. Realmente parece actuar, pero sin perturbarse, sin que el acto modifique su calma intrínseca, la cual va ligada a su esencia. Su conciencia da luz a todas las cosas y así nunca se deslumbra, pues esa luz parte de él (de su ser) y la oscuridad se borra a su paso, sin poder tocarle. Él es el gran testigo, el faro que alumbra a la conciencia.

Instante descubierto


El buen caminante no deja huella tras de sí.
Tao Te King

Casi un segundo para ver cuán despierto está el mundo,
este mundo que vengo soñando día tras día
entre neblinas y apuros del tiempo.

No me paré a observar
la aislada melodía que resuena en sus adentros,
el susurro del aire tocando un incierto presente
o la paz de los almendros junto al riachuelo de nieve.

Pero hoy, entre mis manos perplejas, en ojos nuevos,
todo recobra un color nunca visto antes.

Es el presente, es el mundo insólito
agitando mi vientre, mis penumbras,
mis soledades difusas, la honda preocupación
del instante.

Todo, hoy, se ha vaciado en la espaciosidad
de este universo múltiple que se expande
al eco sin límite de sus potencias.

En silencio incontestable, de rubor primero,
con mis pasos doy señal al olvido
y todo se borra y es inútil el presagio,
pero no el asombro.

Soy un habitante de la incertidumbre
cuyas lágrimas rocían la emoción de ser vivo,
desprovisto de equipaje y de amor fulminado
por este instante descubierto que es toda mi existencia
y mi único futuro.

Dulce es la calma del no-saber.

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