Silencio interior

Cuando vemos la vida con los ojos del pensamiento creamos una historia, nos unimos a una cierta experiencia y surge un nuevo apego; mientras que en el silencio interior, en el cultivo de la no-mente, uno renace en todo momento, con los ojos de la conciencia, en cada respiración, en cada instante de ser (y se convierte en el Ser mismo, aquel que siempre ha sido y será, aquel que simplemente “es”). Uno se abre –de esta forma- a lo nuevo –a lo no nacido- (a lo eterno), y se siente a sí mismo inéditamente, bañándose en el fresco ahora purificador; y es, nada más.

Sobre el amor

Cuando el amor aparece en nuestra vida se desprende como una bendición que nos llena de gratitud hacia toda la existencia. Nuestra esencia es el amor, somos, sin duda, por encima de todo, eso, aquello que amamos y hallamos en el fondo del corazón: el infinito interior, la conciencia universal representada en nosotros, al igual que un átomo representa a todos los átomos o una gota de agua a todas las gotas que cayendo con la lluvia se funden en el mar: siendo el ser completo en el océano de su totalidad. Lágrimas de amor se deslizan hacia nosotros mismos, hacia la vida, hacia el mundo en que fluimos y que nos fluye en lo más profundo del alma, en esa dicha divina que llamamos amor.

Experiencia de la felicidad

La vida puede ser experimentada como un continuo descubrir cuando todo lo que queda es presente. El pasado nos entrega informaciones (recuerdos) que empañan la vivencia del ahora, que nos llena de miedos prefabricados, de complejos, culpas o juicios subjetivos acerca de la realidad. Pero la realidad no tiene una historia propia, no se basa en su memoria sino en su espontánea aparición. Por ello, cuando vivimos en la raíz misma del ahora, vacíos de pensamientos, del yo limitativo, nuestra percepción del hecho se ensancha infinitamente. Aquietar la mente supone entrar al ser, tener conciencia del ser; y esto trae automáticamente la felicidad. Aquietar la mente significa abandonar todo proceso mental, todo pensamiento. Significa ser testigos de lo que sucede, experimentando ese ser que va más allá de nosotros mismos, que deja de diferenciarse, que cesa de dividirse continuamente entre el sujeto (yo) y el objeto (lo visto como lo otro). Entonces –en la quietud imparcial y atentamente presenciada- aparece la conciencia de totalidad, de unidad, de felicidad y de amor. Pues no hay felicidad que no tenga su seno en el amor y no hay amor que no se experimente como pura felicidad, como pura unidad eterna.

Audio: Charla de José Manuel Martínez Sánchez sobre el texto de Osho: "¿Cómo hallar la luz?"


Aquí está el audio de la reunión del grupo Café Esotérico celebrada el pasado domingo 7 de marzo de 2010 en el Centro Artemisa de Albacete. En este encuentro, José Manuel Martínez Sánchez comentó el texto de Osho: "¿Cómo hallar la luz?".

Aire

Caminas el silencio de las rosas
entre aromas que amanecen.
Amante del viento,
te estremeces
en éste su sonido fresco y constante.
Pálpito de la noche,
miras el ocaso
con el deleite renovado
de igualarte a la claridad
de sus estrellas.
Pálpito del día,
el alba reaparece a través tuyo
abrazando al sol
en fiel saludo de hallazgo.
Guardas el perfume
que acaricia el tiempo
en el ahora
y todo es la misma y múltiple
maravilla del sonido fragante:
el sabor, el tacto,
la luz y la conciencia
llenando lo que eres
de más ser rebosante.
Y ya todo te respira,
porque tú eres, eres el aire,
el aire siempre rebosante.

Realización espiritual

Todos los seres humanos somos sostenidos por un ritmo idéntico, el del corazón. Ese centro vital que susurra vida en su continuo latir. El conocimiento interior pasa por la escucha atenta de lo que somos: cuerpo y mente, emociones, conciencia, cualquier fenómeno presenciado. Conocerse es realizar el ser que nos anima. Tenemos la presencia fijada a nosotros, aunque reposa en la libertad de ser escuchada. Y cuando es escuchada, el mundo viene certero, intocado, como un océano profundo e inmóvil donde habita una superficie cambiante y en movimiento, de aire y de sonoras formas que van y vienen al ritmo de su ahora, impermanente pero real al contemplarse. La mente es como un río, a veces su corriente parece arrastrarnos, pero al observarla uno ve pasar el río, tranquilamente, hasta que se calma y llega fundiéndose con el océano, al centro sosegado de su plenitud. Más allá de la superficie se encuentra lo profundo, lo aparente ignoto, el alto descender a lo real. A esta sublime entrada a lo profundo puede llamársele el conocimiento de lo absoluto. Es realización plena, conocimiento vivenciado.

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