La visión interior

La meditación, en primer término, supone un proceso de purificación o eliminación de los obstáculos que impiden al ser mostrarse a sí mismo, siendo luego el trabajo un trascender los límites del pensamiento para conectar con lo Absoluto, Sí-Mismo, No Dualidad o Ser no condicionado. Es la entrada a la visión interior, el acceso a “formas” interiores que corresponden a otro espacio y a otro tiempo distinto al que captamos ordinariamente, el otro espacio es el infinito y el otro tiempo es la eternidad. ¿Y cómo la mente puede alcanzar ese estado tan extraordinario? Porque deja de ser mente al reconocerse como conciencia.

A partir de ahí se va hacia dentro, y ya no es la mente la que se reconoce como conciencia, sino la propia conciencia ante sí misma. Ese es el primer proceso de evolución de la conciencia, el reconocimiento de una identidad mucho mayor que el “yo”, la del ser; después se inicia un ir hacia dentro que revierte el proceso en desidentificación, esto es, ocurre la liberación de cualquier identificación (que supone una libertad aún mucho mayor), ya que este proceso descrito, como Ramesh Balsekar señala, “no se refiere a la evolución de ningún tipo de identidad, no hay tal cosa como una identidad”. Si no, volveríamos a aferrarnos a algo que creemos ser que somos y he ahí otra vez la egoicidad.

El Yo soy queda despojado de identidad, porque se baña en la totalidad silente de la verdad indescriptible, esa que nace antes del mismo sentimiento de Yo soy; y en ese misterio hallado sencillamente aparece lo que es. Hablamos así de la visión interior: la del ser que es.

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