La eternidad del instante

Si la vida durase un segundo, sería el segundo de nuestra eternidad. Cuando contemplamos un segundo totalmente, representado y actualizando todo el hecho del vivir, cada instante, cada fracción mínima de tiempo es vista con los ojos de la eternidad, del no-tiempo, y entonces nada puede decirse, todo está bien así, porque somos uno con lo que es. Nada falta, nada sobra, la plenitud arriba al punto en que el ahora, quieto, embriagado en lo total sereno y lúcido, es contemplado en lo completo, en la raíz de lo vivo dispuesto y real siendo. La palabra es el espejo, el aire duplicado de la verdad interior, pero el silencio, es el aire mismo reposado y vital que da luz a las palabras o al acto, al surgir o al vaciar lo que soñamos que es nuestro. Al meditar, la vida del ‘yo’ es vista como una película, como un sueño que sucede y que no nos toca, pues no tiene materia ninguna para hacerlo, un sueño bello, misterioso, luminoso, a veces trágico o doloroso, pero sueño, sueño soñado que vemos soñarse y volar en la conciencia.

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