Vivir naciendo

La vida es el enigma de lo soñado
y la verdad abierta despertando,
es el viento que camina por el rostro
en brisa interior de flor renovada.
Aquí, allá, en el aroma de lo perenne fugitivo,
vivir es ser morada de un instante, eco de un temblor,
color de un ensueño que resopla.
Vivir, morir... Ser sombra de la luz y luz en la sombra
de los instantes. Clareando lo dormido, llevando conciencia
a todo refulgir que pase: atisbando lo sereno, anunciando
lo siempre llegado. Vivir es ser morada de la vida,
descubrir en nuestra mano la llave callada del secreto,
a cada paso, a cada aire, a cada atisbo, presentir
lo que es nuestro en un vibrar de nadie y en todo.
La vida es un no saber qué es la vida,
dejando dulce suspiro y una eterna certeza
que nos hace sentir amanecidos, como hijos del misterio.

Claridad del silencio

Subyace algo muy profundo en el silencio, una apertura llena de claridad que corrobora al espacio su inmensidad latente. Esta inmensidad puede ser vista en la propia conciencia, como paisaje y orbe interior reposando en lo ilimitado. El silencio es escenario de la creación misma, de todo acontecimiento, a través de su no-hacer. Es el corazón secreto de las cosas, el motor invisible de todo nacer. Al estar con él, al no olvidar su ausente presencia, su pacífica compañía, la conciencia es capaz de ver el ir y venir de los fenómenos sin ser tocada ni modificada, pues no hay nada que tocar ni cambiar cuando se reposa en la desbordante perfección de lo que es. La presenciación asentada en el silencio es completa por naturaleza y desde ahí uno ya es y puede ver lo que siempre ha sido: este momento que sucede, conteniendo el momento solo del suceder en la claridad del silencio, colmando la raíz misma del tiempo y del no-tiempo, en una dimensión única y plena: la del Ser.

Más allá del ego

¿Cómo podría conllevar esfuerzo la meditación? Es muy habitual que la primera vez (o las muchas primeras veces) que nos sentamos a meditar la mente no se siente con nosotros. La mente quiere volar hacia el ego, necesita reafirmar su existencia de alguna forma y por medio de la identificación se da identidad. Pero todo ello forma parte de la ilusión del ‘yo’, de un ‘yo’ individual, separado, que inevitablemente sufre por ello, porque en el fondo de su devenir, busca la unidad. En el aquí, llevando el ego al ahora, éste es despojado de su egoicidad, pues queda sólo la pura observación sin nombre ni forma que poseer, sin distinción alguna entre el veedor y lo visto, en la conciencia no-dual. Llevar el ego al ahora no implica movimiento, solamente es presencia instantánea y, por tanto, intrínsecamente liberadora. El ego queda desmontado cuando el testigo silente aparece, ahí no hay nada que hacer, salvo ser. Si el ego aparece, simplemente se ve aparecer, como las olas, y cuando se va, simplemente, se ve desaparecer. Así, de forma pacífica, sin luchar con nada, todo queda pacificado en el ancho y profundo océano del ser, donde distintos fenómenos aparecen y desaparecen como gotas de un mar infinito e imperturbable que siempre es.

Ahora es el único momento

Al encender la mecha del silencio, estalla la paz. Allí donde miremos, ya sea dentro o fuera de nosotros mismos (¿acaso puede mirarse fuera?) es el alma lo que vemos. El alma todo lo comprende, pues está en todas las cosas, sin diferencia, sin separación. Consagrarse a la unidad de la vida, a la integración del universo en el punto más íntimo de tu corazón, es comprometerse con el misterio, que como semilla del árbol sagrado, sirve los frutos de su verdad omnipresente. El pan que tomamos y que nos alimenta es como el aire que respiramos o el poema que nos hace volar como sensibles aves de lo etéreo. Meditar no es algo que quede fuera del vivir, no es algo que sólo hacemos con la reverencia excepcional de un acto sagrado. Meditar es vivir. Y el acto sagrado, el más sagrado de todos, es vivir. Sin esfuerzos, sin obstáculos que la mente se ponga, vivir, meditar, es sencillamente estar ahí, donde ahora estamos. Valora este preciso momento como un fruto que otorga el alma y tomarás el fruto más sagrado que la vida pueda darte. Así es cada segundo de conciencia, cada instante de compromiso con la verdad incesante del ahora, cada atenta mirada al Dios que habita en ti. Obsérvalo con todo tu sincero ser y Él te sonreirá tan amorosamente que imprimirá en ti una sonrisa eterna. Hazlo ahora, no lo dejes para luego, porque ‘luego’ no existe. Esta es la verdadera comprensión que ha de instalarse en nosotros, no de modo intelectual sino, sencillamente, de modo vivencial.
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