Conciencia plena


La muerte es un sueño
en el que la individualidad se olvida;
todo el resto del ser tiene su despertar,
o, mejor, no cesa de estar despierto.
Arthur Schopenhauer

En la constante sensación de “yo soy” la persona se va despojando de su individualidad, de sus identificaciones, porque ve que lo que permanece es esa constante verdad, perciba lo que perciba, esté donde esté, sienta lo que sienta. Más allá de esos fenómenos, de esas apariencias de realidad, subyace la realidad última y primera, la sensación de ser. Esta, nos acompaña durante toda la vida.

¿Y quién siente que “yo soy”? El testigo o la presencia de eso. El que nunca cambia, el que siempre ve al ser allá donde mire (pues se halla consigo mismo).

Al identificarnos como algo separado de la Realidad Total, el individuo, que se ve a sí mismo diferente del resto, experimenta la egoicidad, lo que inevitablemente le trae el sufrimiento, que no es más que el deseo de plenitud. Ese olvido de nosotros como Esencia Primera, como verdad con todo unificada, experimenta desde que nace el deseo de liberación de tal sentimiento de separación (al igual que el río –separado de los demás ríos- camina hasta fundirse en su inmenso mar, al que llegan todos los ríos).

El yo se busca a sí mismo y en ese buscar siempre encuentra algo más grande, pues es su naturaleza y su fuente la conciencia plena, un Yo oceánico capaz de acoger a la pequeña gota extraviada y de decirle: tú eres Yo, siempre lo fuiste.
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