Realización espiritual

Todos los seres humanos somos sostenidos por un ritmo idéntico, el del corazón. Ese centro vital que susurra vida en su continuo latir. El conocimiento interior pasa por la escucha atenta de lo que somos: cuerpo y mente, emociones, conciencia, cualquier fenómeno presenciado. Conocerse es realizar el ser que nos anima. Tenemos la presencia fijada a nosotros, aunque reposa en la libertad de ser escuchada. Y cuando es escuchada, el mundo viene certero, intocado, como un océano profundo e inmóvil donde habita una superficie cambiante y en movimiento, de aire y de sonoras formas que van y vienen al ritmo de su ahora, impermanente pero real al contemplarse. La mente es como un río, a veces su corriente parece arrastrarnos, pero al observarla uno ve pasar el río, tranquilamente, hasta que se calma y llega fundiéndose con el océano, al centro sosegado de su plenitud. Más allá de la superficie se encuentra lo profundo, lo aparente ignoto, el alto descender a lo real. A esta sublime entrada a lo profundo puede llamársele el conocimiento de lo absoluto. Es realización plena, conocimiento vivenciado.

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