Experiencia de la felicidad

La vida puede ser experimentada como un continuo descubrir cuando todo lo que queda es presente. El pasado nos entrega informaciones (recuerdos) que empañan la vivencia del ahora, que nos llena de miedos prefabricados, de complejos, culpas o juicios subjetivos acerca de la realidad. Pero la realidad no tiene una historia propia, no se basa en su memoria sino en su espontánea aparición. Por ello, cuando vivimos en la raíz misma del ahora, vacíos de pensamientos, del yo limitativo, nuestra percepción del hecho se ensancha infinitamente. Aquietar la mente supone entrar al ser, tener conciencia del ser; y esto trae automáticamente la felicidad. Aquietar la mente significa abandonar todo proceso mental, todo pensamiento. Significa ser testigos de lo que sucede, experimentando ese ser que va más allá de nosotros mismos, que deja de diferenciarse, que cesa de dividirse continuamente entre el sujeto (yo) y el objeto (lo visto como lo otro). Entonces –en la quietud imparcial y atentamente presenciada- aparece la conciencia de totalidad, de unidad, de felicidad y de amor. Pues no hay felicidad que no tenga su seno en el amor y no hay amor que no se experimente como pura felicidad, como pura unidad eterna.

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