Un bello suceder, el amor

En el momento en el que la verdad es dicha, muere un poco. Y ese es su bello suceder. Nace, muere… en cada momento, como la respiración; y así experimentamos esa viveza, ese misterio reconciliador que nos certifica una realidad por descubrir, por sentir, por abrazar, por amar.

Esta realidad es la vida, esta vida es la única verdad, la verdad que estamos experimentando, que estamos haciendo nuestra de una manera tan íntima que al cerrar los ojos también está ahí, pues siempre está y ha estado ahí dentro. Ese es su bello suceder, el bello suceder de todo instante que reproduce la esencia de todos los instantes vividos, la esencia de toda existencia.

La verdad es dicha, pero muere un poco. Y vuelve a darse vida en esa respiración que nos llena, que nos confirma. He ahí el acontecimiento que nadie más puede experimentar por nosotros, ese encuentro único, intransferible, del descubrimiento de la verdad, es decir, de aquello que nos libera de toda ignorancia, imposibilidad o limitación. He ahí el acontecimiento que la conciencia descubre, atenta a nada más que a su ser. Porque en ese “nada más” está el todo, ya nada sobra ni resta: el ser es completo y visitar su completitud nos vacía de cualquier carencia con lógica resplandeciente.

No hace falta nada, ni siquiera es necesario intentar evitar lo indeseado, lo que nos molesta, sino que todo es acogido -y aliviado- con abrazo compasivo y transmutado así, integrado en el amor incondicional y observado desde ahí, sanando lo indiscernible hasta ese momento –la causa del dolor- y discernido en consecuencia, con el lenguaje del espíritu. Y en esa armonía de apertura a lo que es, un bello suceder ocurre: se despierta la conciencia del Ser y todo es comprendido mediante la amorosa aceptación, la cual nos hace más grandes y más libres.

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