Ser lo que somos

La luz del acontecer puede sembrar la eternidad, hacer del tiempo y su continuidad un único momento, una íntima y única verdad, asentada en sí misma. Puede entonces el alma encontrarse siempre con lo que ella es, ¡qué gran liberación es esa! Saberse alma el alma, expresar su naturaleza de modo preciso, sin limitaciones de ningún tipo. Qué certeza tan real ser lo que somos. Vivir en la unidad, desplegando y mostrando ese rostro total de la verdad interior. Una voz conectada al corazón, directamente, dando su calor, como antorcha de virtud, a la vida, alumbrando el camino por recorrer, sea cual haya de ser la senda, pues en el amor no causal que surge del conocimiento del ser, es el amor mismo esa senda.

No hay camino para la duda o el temor (se quedan atrás) cuando lo que somos se sabe luz directa y acontecimiento ante cualquier acción que realiza. La acción, entonces, ya no es elección, sino la expresión misma del ser que la lleva a cabo, en su desapego actuante, en su hacer sin hacer. Esa es la espontaneidad virtuosa de quien no olvida en ningún momento escucharse a sí mismo y ser fiel compañero de esta voz que del interior recibe, su voz, unánime consigo. Una voz sencilla y limpia que nace con el mundo cuando el mundo nace, es decir, en todo ahora, a la vez que el mismo instante.

Noche serena

En noche de luz serena
camino hacia alguna parte,
no busco el atajo ni un
destino señalado,
simplemente comparto
la senda encontrada
con el río y la montaña,
con la luna y con el aire.

No dualidad

¿Quién soy yo? Yo soy el que observa y lo observado es lo que soy. No hay separación, todo es conciencia. Asimismo, la conciencia no depende de lo observado ni del observador para existir, no se fundamenta en ello. Descansa sin mácula en la imperturbabilidad. Es su naturaleza ser libre: es la libertad; en su intocada, atemporal y lúcida transparencia. No está atada a ningún objeto concreto de la percepción, sino que es la revelación de la totalidad. Y esa apercepción es la del ser, la del instante, de donde surge el fulgor de la conciencia ilimitada, aquí y ahora, en la conciencia de “Yo Soy”. ¿Y dónde se encuentra ese conciencia original, libre y completa? No hay que buscarla -el movimiento aquí no tiene lugar- solamente hay que presenciarla, pues está aquí mismo, donde tú estás. Esa conciencia eres tú.

Renacimiento

En la luz del mundo he visto tus claros ojos
y me he bañado en su verdad.
Ojos que a esta realidad envuelven
regalando su inmenso latir.
Vida, que de naciente frescura nos lleva
milagros entre flores, abrazos del viento.
Todo es signo y mensaje en esta tranquila noche
donde la luz usada renace con el día.
Signo del tiempo encendido, del clamor
de un silencio que habla la verdad con su misterio.
Vida, verdad, renacimiento.

Un bello suceder, el amor

En el momento en el que la verdad es dicha, muere un poco. Y ese es su bello suceder. Nace, muere… en cada momento, como la respiración; y así experimentamos esa viveza, ese misterio reconciliador que nos certifica una realidad por descubrir, por sentir, por abrazar, por amar.

Esta realidad es la vida, esta vida es la única verdad, la verdad que estamos experimentando, que estamos haciendo nuestra de una manera tan íntima que al cerrar los ojos también está ahí, pues siempre está y ha estado ahí dentro. Ese es su bello suceder, el bello suceder de todo instante que reproduce la esencia de todos los instantes vividos, la esencia de toda existencia.

La verdad es dicha, pero muere un poco. Y vuelve a darse vida en esa respiración que nos llena, que nos confirma. He ahí el acontecimiento que nadie más puede experimentar por nosotros, ese encuentro único, intransferible, del descubrimiento de la verdad, es decir, de aquello que nos libera de toda ignorancia, imposibilidad o limitación. He ahí el acontecimiento que la conciencia descubre, atenta a nada más que a su ser. Porque en ese “nada más” está el todo, ya nada sobra ni resta: el ser es completo y visitar su completitud nos vacía de cualquier carencia con lógica resplandeciente.

No hace falta nada, ni siquiera es necesario intentar evitar lo indeseado, lo que nos molesta, sino que todo es acogido -y aliviado- con abrazo compasivo y transmutado así, integrado en el amor incondicional y observado desde ahí, sanando lo indiscernible hasta ese momento –la causa del dolor- y discernido en consecuencia, con el lenguaje del espíritu. Y en esa armonía de apertura a lo que es, un bello suceder ocurre: se despierta la conciencia del Ser y todo es comprendido mediante la amorosa aceptación, la cual nos hace más grandes y más libres.

Reiki

El Reiki es un tesoro cuya llave para abrirlo está en nuestras manos, posándolas en nuestro ser la energía nos sana inteligentemente, con su sabio amor. Es una ofrenda a la vida, la ofrenda de quien se siente agradecido por el regalo que la vida le ha dado. Vivimos la experiencia de la sanación, del ser volviendo a su ser, la experiencia de la vida gestándose en su armonía coordinante.

Esta energía que sentimos, en la que fluimos y por la que nos adentramos, es la misma que sustenta a todo el universo, al espíritu de la Conciencia. Al recibir la energía, al dárnosla, en esa receptividad generosa, sincronizamos con el ritmo natural que es causa y efecto de toda existencia.

Cooperamos con la luz que circunda el mundo, viajamos en ella, en una sinergia que es principio activo de todo entendimiento espiritual de lo que somos. Reiki es la energía vital espiritualizándose, tomando consciencia de su ser, haciéndose una con toda la Creación. Y en el claro latir de su esencia vemos la dicha que de ella brota, al sentirla.

La verdad del amor

Hay una verdad que sobrepasa todo sufrimiento, es el amor. Una verdad que supera los límites del ego: la libertad. Amor, paz, libertad… no son sólo palabras, ni mucho menos un sueño. Son una realidad. Palabras que nacieron del interior del ser humano y que ahí se encuentran todavía. Nunca se han ido ni se irán porque forman parte de lo que somos. Es lo que –en efecto- somos. Estas palabras, estos sentimientos, se hacen reales cuando son vivenciados. Cuando juntos podemos entenderlos, mostrarlos y compartirlos. Comparte lo que eres y tu ser se reunirá con el Ser que todos somos. La respuesta está dentro, no fuera, dentro se confirma, tras la pregunta sincera y sin condiciones. Cuando no pedimos nada y es el amor quien nos mueve, entonces éste nos responde. Nuestro propio ser es quien nos da la respuesta que acaso nunca olvidamos del todo. Por eso la reconocemos, porque siempre se halló resguardada en nuestro interior.

Libertad interior

¿Puede el hombre sentirse libre interiormente? ¿No padecer constantemente la censura de las circunstancias exteriores, de las creencias y prejuicios, de las normas impuestas explícita e implícitamente? ¿Puede una persona sentirse libre en esta sociedad? La respuesta se atisba contradictoria porque a primera vista parece que no depende de nosotros. Parece que depende más de las circunstancias del entorno que de uno mismo. Pero la libertad no es algo que pueda verse o tocarse, sino que opera en el interior, conformando nuestros actos y pensamientos, haciéndolos que surjan espontáneos o por el contrario coartados, cohibidos. De nosotros depende que el próximo acto que arrojemos al mundo surja de verdad, del interior del ser, o salga ya frustrado, reprimido. Es posible que eso lo hayamos aprendido, que la sociedad nos imponga veladamente la autocensura necesaria para una convivencia preestablecida. Las condiciones son tan sutiles que apenas podemos darnos cuenta de las cadenas que nos sujetan. Sin embargo, sí que depende de nosotros el darnos cuenta de ello, el no acostumbrarnos al silencio impuesto y preservar esa parcela interior que nada ni nadie pueda tocar, que es la libertad interior. Si la cuidamos, si advertimos su valor, si crecemos en ella y por ella, veremos que brotará espontáneamente, al unísono con nuestros actos, con nuestros pensamientos y emociones. Entonces comienza la transformación, el acto creativo del ser reconciliándose con su naturaleza esencial.

La meta divina

Haber llegado. Ser en este momento todo lo que uno necesita para ser. Frente a la meta divina anduvimos mucho tiempo, buscando aquí y allá, sin sentirnos nunca preparados del todo. Pero fue una ilusión nada más, la conciencia sabe que tiene la meta ahí enfrente. La mira… y ha entrado en ella, ha salido de la dualidad del querer conseguir aquello que no posee. Porque, definitivamente, no queda nada por poseer. En el desprendimiento del ego se gana lo divino. Cuando la mente se detiene, se libera de todos sus deseos exteriores y comprende que lo tiene todo en su interior, que no queda nada por alcanzar, que el Todo es el brillo interno, el aire vivo que da luz a la conciencia.

Descubre a Dios en tu corazón y éste ya nunca dejará de latir.

Cualquier geometría divina adolece de su eco superior. Cualquier intento de dar forma a lo informe e indefinible, es vano. Pero aún así podemos recibir la eclosión definitiva que nos informa de la grandeza ilimitada, hacernos uno en los múltiples gestos del espíritu: señales vistas y sentidas en todo lo que nos rodea. Y entonces, conocemos, con toda certeza, el despertar a lo divino. Porque ya somos Eso y eso es ya Todo.

Abrirse a la divinidad es ver lo divino en todas las cosas, ver así, a través de esa melodía, el fenómeno de vida tal como es, sin apariencias. Para ello cualquier esfuerzo es inútil, al igual que si nos esforzamos en la calma o en el silencio. No hay esfuerzo en el desprendimiento, en la visión pura, entregada, directa.

Sin otro hilo que el instante y la total atención puesta en él, tejemos la auténtica realidad con la materia divina, haciendo de esa tarea un nacimiento perenne, cuya tela forja el manto que cobija a nuestro espíritu.

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