La claridad del presente


La claridad acontece a la conciencia al igual que el sol da luz a todos los objetos y con ello los hace presentes a la vista. La claridad de la conciencia nos despoja de la mente, de sus hábitos de murmullo incesante, y nos pone cara a cara con las cosas: con 'lo que es' en este instante. El presente es una dimensión sin tiempo, la única forma de conocer lo eterno. El presente es todo cuanto es verdadero en esencia, lo demás son solo apariencias que nos sacan de esa dimensión sin tiempo, la cual puede vivirse solo aquí, ahora. No tenemos que hacer nada para el presente aparezca, para que la vida se nos muestre como es. Más bien supone un dejar de hacer, un dejar de buscar por medio de la mente, abandonar toda estratagema y ver la claridad de esto que llamamos 'ahora', en la más pura y limpia trasparencia. En una sencillez que nos desnuda y nos deja tal como somos. Libres, completos. Aquí y ahora.


Escuchar este texto leído por su autor, José Manuel Martínez:

No-ser siendo

La luz que recuerda que eres luz
abre la puerta de lo oscuro y la llena
de un mirar claro y profundo.
Me llamas hoy, en un nuevo día,
levantas un mirar perdido
y lo enciendes con tu milagro
de presencia. Eres conciencia,
dimensión de estar en ti
sin objeto y sin sujeto.
Soy, pero nada hay aquí.
La totalidad y el vacío
son sinónimos de la gracia,
de la eterna felicidad
del no-ser siendo.
Soy el no-ser que escucha
los latidos de la vida.
Soy el ser que no escucha y oye.
El ser que no mira y ve.
No hay conciencia dormida,
ni sueño, ni dolor. Sólo hay ser
reposando su reflejo sobre las aguas.
Ser intocado que respira luz.
Luz no vista respirando visión.
Palabra callada cuyo silencio
es completa voz.

Aquello que siempre eres



Hay algo que siempre está presente, es la consciencia. El hecho de saber que eres, de ser consciente. En ese momento aparece el pensamiento 'yo', el lenguaje, la mente y todo el mundo de las ideas y las dualidades, el conflicto, el temor, el dolor, el placer, etc. Todo esto forma parte del juego del 'yo', del juego de la mente. No importa lo más mínimo que ocurra esto. No hay que esforzarse por cortar con ello, por evitar que las cosas sucedan, por reprender a la mente, etc. Todo lo que hagamos seguirá entrando en ese juego.

Lo único real es que eres, que sabes que eres. Viendo eso comprendemos la realidad primera, intocada y prístina, la realidad fundamental. Sabemos que todo lo que surja después, que todo lo que creamos que somos, que cualquier formulación ya es de la mente. Sin embargo la conciencia no desaparece, es el fondo bajo el que todo sucede, el gran silencio sobre el que nacen todos los sonidos. El gran océano que ve nacer y morir las olas infinitas. El mar está en calma o agitado, pero siempre es el mar. Los sonidos cambian, la melodía siempre es otra, pero el silencio es siempre el punto de partida, el mantenedor de todo, lo único real y constante. Tú eres eso. Tú eres la conciencia que siempre es. La luz de la conciencia. Lo demás no importa, no te preocupes por ello, si sabes que eres.

Sé testigo del milagro de ser. No te esfuerces por ser esto o aquello. Sé lo que eres, nada más. Sé el todo, no te conformes con la parte. Si lo miras bien, afortunadamente, no tienes opción alguna, siempre eres lo que eres. Darse cuenta de esto es lo más evidente que puede ocurrir, es como mirarte en un espejo y ver tu rostro directamente o señalar un árbol y ver el árbol. Mira en tu interior y encuentra aquello que siempre está contigo: la consciencia. Eso que está en ti por encima de todo fenómeno cambiante, eso que está en todo, que todo lo penetra e interpenetra. A esa consciencia total también se le llama felicidad real y completa.

La paz del silencio

El sabio no trata de llegar a ninguna conclusión, a ninguna comprensión intelectual sobre la vida, sino que únicamente vive de lleno el misterio de ser, sabe que no es cuestión desvelarlo y por ello solo mora de forma espontánea en él. Él mismo es ese misterio, experimentando eso ya se conoce por siempre: pues vive lo que él mismo es. En el silencio aparece ese misterio, ahí nada lucha con nada, sólo queda paz eterna, unión total sin dualidad alguna. Cualquier aparente dualidad se disuelve en comunión serena con el silencio. Cuando ya no queda nada por hacer, comenzamos a ser. Ahora mismo puede ser el momento apropiado para ello.

Todo momento presenciado vivamente llama a la quietud en el abrazo hondo del silencio, en la mirada contemplativa que se funde en las cosas; siendo ellas mismas -prodigio presente- la respiración del ritmo natural del mundo y sus instantes. No hay separación en el ser, todo aparece por sí mismo y su acontecer se funde en la visión no-dual. No hay lucha mental, ningún conflicto ni anhelo alguno, pues todas cosas siempre han sido y son lo que son, sin nada que añadir o quitar. Cuando el sujeto, la identidad individual que prefigura la separación, está ausente, no hay objeto al que agarrarse y tiene lugar la libertad total, la unidad, la no-dualidad. La paz del silencio es un vasto océano cuya esencia palpita en el corazón del ser, en la luz brillante de la conciencia.

Amor consciente


El amor es la gran verdad del alma, aquello que sabemos sin necesidad de interrogar a la mente, pues cuando el amor se manifiesta somos nosotros mismos los que mostramos nuestra esencia real, aquella espontánea y genuina que nos comprende. Para amar no hay que hacer ningún esfuerzo, es una fuerza que brota del interior, como el aliento cuando exhalamos. El aire nos llega de forma natural, porque la vida es el corazón de nuestros actos y como tal, es el centro y vitalidad de lo que somos. Aquello que somos no puede buscarse fuera, no puede ser algo que hayamos perdido, pues: ¿qué seríamos entonces si la razón del ser no se halla en este momento en nosotros? Cuando aprendemos a ser nada más que lo que somos, la libertad es plena. Sobra todo esfuerzo, todo intento por forjar una identidad superficial y adquirida. Este aprender, por tanto, es -en verdad- un desaprender: ser uno mismo, tal cual, sin artificios.

Siendo solamente, comprendemos en el corazón -sin necesidad de palabras y argumentos- que ahí reside la verdad, que la totalidad ha sido siempre esa verdad presente. El amor es la fuerza inmediata que nos presenta tal verdad. Amando, a uno mismo, a los demás (al ser sin distinciones), recobramos consciencia de nuestra verdadera sustancia integradora, aquella que está unida eternamente a lo que ella Es; la verdad, la luz del corazón: la vida consciente, el amor...
Ver en vídeo, leído y realizado por José Manuel Martínez Sánchez:

La consciencia autoevidente

Vivir conscientemente quiere decir estar en la vida. "Eres el ser que sabe que es", la realidad de la existencia es consciencia pura, correspondencia natural con lo que acontece. El ahora está vacío porque todo es natural en él, el mundo es armonía en el momento en que es visto con clara mirada, imperturbable, llena de presencia. Tus ojos son el ser, tu cuerpo es el ser, tu respiración es el ser; y todo lo que aparece es el ser. Eso es la unidad, el sustrato -la Esencia-, aquello que está presente siempre bajo cualquier fenómeno transitorio. Aquello que siempre permanece es lo que eres, lo demás son apariencias. Tú eres la Esencia, el Amor, aquello que es buscado fuera se encuentra en ti, dentro. Dentro y fuera son conceptos, pero la dimensión unitiva del ahora consiste en la vivencia consciente del mundo. "Yo soy el ser que sabe que es", esta constatación espontánea es fruto de la Consciencia, la más íntima realidad, el más grandioso tesoro que nos muestra que ya somos lo que buscamos. Este es el gran misterio, aquello que no puede ser descifrado por la mente pero sí realizado por el ser, pues es su naturaleza real.

Luz de la conciencia

Meditar es encender la luz de la conciencia, arribar a la claridad del ser y a la verdad de aquello que somos. Accedemos al principio de todo, al origen y a la esencia de la vida. Cada instante de meditación es el comienzo del comenzar, la contemplación del aire en el alma, del aire en el ahora, del amor. Meditar significa un fundirse en el espacio de la totalidad, en la gracia de lo amplio, en la gracia de lo eterno. Lo que acontece no puede narrarse ni describirse por medio del lenguaje; acontece un océano sin tiempo, una dicha profunda bañada por el aroma de lo cierto. Tiene lugar el encuentro, el regreso al hogar verdadero. Tiene lugar la entrega al Ser, el ofrecimiento de la parte a su todo inconmensurable, donde el alma -en su realidad de unión inseparable- es el origen sin fin de la bienaventuranza, la compasión y la felicidad que deviene de Ser Uno con la luz de la conciencia y el amor.

Siempre tú

Sucedió que la luz estaba en el mundo
los ojos de alguien se encendieron
y vio creado el cielo y los mares
la espuma sobre las piedras
y la sombra bajo la noche desplegada
Sucedió que era aliento lo que hablaba
latido el paso de sus sueños
esencia la raíz envuelta de sus giros
Cambiaba la voz al ser deseo
vigía de sus satélites cercados
agua de sus senderos embebida
Toda la noche fue redimida
al verte ser luz de tus tinieblas
Saliste del dolor, amada mía
cruzando las brisas
despertando, amaneciendo
Te amé por los mil nombres que tuviste
y aún te quiero, voz de mi silencio
silencio de mis voces
Amé al amor, a tu rostro de infinitos
a tu juego de escondite y reencuentro
de olvido y bíblico recuerdo
En el agua del Ganges
o en el aroma del incienso
en la claridad de un destino
o en los ojos del águila distante
En todo y en ti siempre en ti
mi corazón se ha inclinado
incesante


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La visión interior

La meditación, en primer término, supone un proceso de purificación o eliminación de los obstáculos que impiden al ser mostrarse a sí mismo, siendo luego el trabajo un trascender los límites del pensamiento para conectar con lo Absoluto, Sí-Mismo, No Dualidad o Ser no condicionado. Es la entrada a la visión interior, el acceso a “formas” interiores que corresponden a otro espacio y a otro tiempo distinto al que captamos ordinariamente, el otro espacio es el infinito y el otro tiempo es la eternidad. ¿Y cómo la mente puede alcanzar ese estado tan extraordinario? Porque deja de ser mente al reconocerse como conciencia.

A partir de ahí se va hacia dentro, y ya no es la mente la que se reconoce como conciencia, sino la propia conciencia ante sí misma. Ese es el primer proceso de evolución de la conciencia, el reconocimiento de una identidad mucho mayor que el “yo”, la del ser; después se inicia un ir hacia dentro que revierte el proceso en desidentificación, esto es, ocurre la liberación de cualquier identificación (que supone una libertad aún mucho mayor), ya que este proceso descrito, como Ramesh Balsekar señala, “no se refiere a la evolución de ningún tipo de identidad, no hay tal cosa como una identidad”. Si no, volveríamos a aferrarnos a algo que creemos ser que somos y he ahí otra vez la egoicidad.

El Yo soy queda despojado de identidad, porque se baña en la totalidad silente de la verdad indescriptible, esa que nace antes del mismo sentimiento de Yo soy; y en ese misterio hallado sencillamente aparece lo que es. Hablamos así de la visión interior: la del ser que es.

Meditación trascendental

Es trascendental aquello que va más allá de la medida. En la vivencia espiritual la escala pronto deja de tener sentido pues se trasciende todo sentido de medir lo que en sí mismo ya es altura sin límite: la entrada a la conciencia. Trascender deriva de trans-scandere: “más allá de la escala”. La mente fija patrones trazados de medición (meditar deriva de medir) y el hecho trascendental consiste precisamente en el abandono de esa lógica establecida de los hechos. Por tanto, aunque meditar derive de medir ciertamente hablamos de desmedir, de soltar, de ampliarse continuamente fuera de toda medición previa, dejando que la realidad sea lo que tenga que ser. Wittgenstein ya dedujo que el propio sujeto era el hecho trascendental y místico, al no hallar otra forma “lógica” de definirlo.

La libertad de meditar

Meditar implica abrazar la libertad, igual que si abrazáramos el aire, supone ser uno con el todo, ser capaces de ser sin partir o ir hacia un fin en particular, ser solamente por el hecho de ser, vivir solamente por el hecho de vivir. Sin nada a cuestas, sin el peso del pasado o del futuro, la presencia del ahora es el hecho de la libertad. No hay nada que buscar para el hallazgo de la totalidad, entonces, el buscador comprende que él mismo era el esfuerzo de la búsqueda, la energía que miraba constantemente hacia fuera en busca de algo se estabiliza en sí misma al ver claramente el motivo, la razón, de su búsqueda: uno mismo. Y en esa toma de conciencia, natural y espontánea, uno ya ha encontrado lo que buscaba y queda, por tanto, liberado de toda búsqueda.

La búsqueda callada

Buscar, por medio de la mente, es una cuestión de discurso y -como tal- éste se mantiene cerrado en sus propias significaciones e interpretaciones, en sus propias creencias y búsqueda de resultados condicionados por la lógica de su discurrir. Pero existe una búsqueda que va más allá de la mente: la búsqueda callada. Aquella que toma el sendero del silencio para profundizar, desde el abismo de su no-saber, hacia aquello desconocido, que no se puede nombrar o que renunciamos a nombrar, viendo de este modo aquello que existe en lo más recóndito de nosotros.

Al entrar en la búsqueda callada, renunciamos a dar nombre, a aferrarnos a una forma, para abrazar a todo el ser desde el ser, libre de etiquetas y de sombras acostumbradas. Supone olvidarse de todo para avanzar, sin agarrarnos del brazo de la mente (ese mapa de creencias que programa nuestro recorrido) y así dar un paso sincero, valiente y completo, por esa región sin tiempo que llamamos ‘ahora’, sin antes ni después, nada más que posada –desposada- en el instante presente que supone todo lo que somos, el acontecimiento siempre inexplorado y en continua viveza del estar siendo. La búsqueda callada es el vehículo más propicio para visionar la conciencia, donde el testigo desaparece y sólo queda lo que es visto: nosotros y el mundo en un mismo plano.

La contemplación

La contemplación es un mirar con los ojos de lo real todos los fenómenos vivos que suceden, que nos son y nos encaminan -desde la raíz quieta del presente, inmóvil pero creciendo, silente pero germinando la creación- al milagro del ser en todo lo que aparece. Quizás al meditar estemos buscando a Dios, pero sin duda, estamos viendo con los ojos de Dios. Buscamos lo que somos, y al vernos a nosotros viendo, vemos el mundo, emergiendo, perfecto y verdadero, en la mirada nuestra que lo recorre. ¿Así que, dónde buscamos realmente? Aquello que buscamos reside en nosotros, nunca lo perdimos, somos eso que, segundo a segundo de eternidad, siempre ganamos completo. Tú eres los ojos de Dios, que en eterna mirada de luz encienden el mundo de amor.

La eternidad del instante

Si la vida durase un segundo, sería el segundo de nuestra eternidad. Cuando contemplamos un segundo totalmente, representado y actualizando todo el hecho del vivir, cada instante, cada fracción mínima de tiempo es vista con los ojos de la eternidad, del no-tiempo, y entonces nada puede decirse, todo está bien así, porque somos uno con lo que es. Nada falta, nada sobra, la plenitud arriba al punto en que el ahora, quieto, embriagado en lo total sereno y lúcido, es contemplado en lo completo, en la raíz de lo vivo dispuesto y real siendo. La palabra es el espejo, el aire duplicado de la verdad interior, pero el silencio, es el aire mismo reposado y vital que da luz a las palabras o al acto, al surgir o al vaciar lo que soñamos que es nuestro. Al meditar, la vida del ‘yo’ es vista como una película, como un sueño que sucede y que no nos toca, pues no tiene materia ninguna para hacerlo, un sueño bello, misterioso, luminoso, a veces trágico o doloroso, pero sueño, sueño soñado que vemos soñarse y volar en la conciencia.

Andar el camino

La vida es un gran cambio, vida y muerte se entrelazan, de lo muerto nace lo vivo. El crecimiento nos brinda la posibilidad de ganar en sabiduría, de aprender, de corregir y de mejorar; es todo un proceso natural que libera lo que ya no tiene vida, lo que está yermo y ajado, mientras renueva lo que tiende a florecer, a madurar y a enriquecer a los seres. Todos los seres, todas las especies, conforman ese gran árbol con sus numerosas, casi infinitas, bifurcaciones en constante proceso de nacimiento y evolución. La decisiones de la vida, los pasos que llevamos a cabo, presentan esas bifurcaciones que configuran la trama del destino, pero más allá de ello, más allá de la elección y el reto que supone advertir el camino correcto, está la posibilidad de andarlo, donde la voluntad se hace una con la coherencia interna y con la petición del alma que busca encontrarse.

Silencio interior

El silencio interior nos permite bucear en la mente sin implicarnos con ella, dejándola ser solamente. Ello representa el gran paso a la conciencia, al mundo que se manifiesta en la visión del testigo: despojado de todo inmiscuirse en los hechos de la vida, pues suceden por sí solos. Incluso nosotros, lo que pensamos que estamos haciendo, la acción que consideramos la materialización de nuestro ego, está sucediendo por sí sola, por el mero hecho de que el corazón late o de que el aire es respirado en un proceso que trasciende nuestra voluntad individual: es el hecho del vivir el que ocurre. La vida es plena por sí sola, verla vivir, más allá de nuestras exigencias, carencias o expectativas, nos proporciona una libertad desbordante: porque descubrimos la totalidad apareciendo, espontáneamente, en el espacio y espejo de la omnisciente realidad. Y nada hemos de hacer entonces para serlo todo.

La búsqueda encontrada

El corazón siente en profundidad el baile de su dicha, el íntimo resplandor de la respiración, del ser palpitando en cada fibra de sentimiento, en cada infinitud silente del armónico sentir. Todo en el cuerpo se hace uno, integrado, unívoco, resoplando la energía de la conciencia tranquila y reposada. El cuerpo ya no es de nadie, la entidad individual se ha fundido en sus adentros sin tiempo y sin espacio, se ha evaporado en la inmensidad de la verdad callada, desvelada, aclarada en la cristalina estancia de un no-lugar que comprende todos los lugares y tiempos, todos los destinos y estancias, todos los sueños y realidades. El sonido del corazón brilla en el silencio; el Todo está aquí, abrazando, entregando y entregándose, cobijando al Ser.

La palabra, la vibración sagrada de la invocación, de la búsqueda de lo que eres, de la llamada genuina a tu interior perpetuo y deslumbrante, se acalla y penetra, sin voz, sin sombra, sin apariencias… ya liberada, calma y completa, enamorada de la eterna bienvenida a la dicha de tu Ser, a lo profundo de lo profundo, al inenarrable sendero del despertar. El sendero es el ahora. Todo saber se revela desde el más desbordante no-saber. El espíritu se ve, iluminándose. Es ya su amor encontrado, el matrimonio sagrado. Y en el misterio de su alegría primigenia e inocente, el espíritu se reconoce, sonríe y comprende, en lo hermoso de su quietud infinita y omnipresente, que siempre fue lo que es.

La vida que respiras

Vive con tu presencia el ser

que en todo se encuentra.

Respiras en la inmensidad del bosque
las ramas que acaricia el viento, la fragancia
de las hojas serenas, el verde latido
de los árboles
danzando en ráfagas verticales.

Respiras en ti lo que el cielo desenvuelve.

El azul infinito que vence los espacios,
la llama serena del sol que ilumina
esperanzas en la tarde.
El pájaro que canta donde nace la lágrima,
la calma del tiempo cuando ya es de noche.

Respiras en ti lo que el cielo desenvuelve.

El mundo apareciendo en la conciencia,
la flor desnudándose sencilla
bajo su claridad de primavera,
un gesto susurrando dulzura
sobre el vientre de la voz presentida.
El amor llenando lo que vive
con su aroma de más vida palpitante.

Respiras en ti lo que el cielo desenvuelve.

La vida, el mundo, es el hogar de todos los instantes.


Conocerse es ser (3)

La conciencia siempre es ‘lo que es’, lo que queda tras las apariencias que la recorren. Conocerse es ver directamente lo que está siendo, dejando que siga siendo tal como es, pues ya todo resulta en perfección al traspasarse la veda que impone la mente, su forma limitada de percibir, aflorando en virginal libertad la presencia de la sencilla dicha de ser. Entonces deviene la quietud al espíritu y queda la conciencia sola, tranquila, inconmensurable… Eterna en su instante, serena en su infinito.

Conocerse es ser (2)

¿Quién es el que se da cuenta de que “yo soy”? Éste, ese veedor del ser, no está tocado por la mente, es continua consciencia del ser siendo. Éste que se da cuenta, siempre de forma natural, siempre por el mero hecho de estar aquí y ahora, es la conciencia del mundo en nosotros, la visión de los sentidos, del habla, del pensar, del no-pensar. Todo transcurre tras el reflejo de la consciencia, testigos de su transcurso. Ella no hace, sólo ve, ella es completa, todo aparece y se muda en la pantalla infinita, permanente de la conciencia: pero nada forma parte esencial de ella, aunque sólo por ella todo acontece. Aquel que se da cuenta no puede ser señalado, no puede ser buscado, ¿cómo buscar al buscador, si él mismo es lo buscado? Así pues, darse cuenta del que se da cuenta implica el conocimiento de todo lo que es necesario ser conocido: la conciencia de que soy.

Conocerse es ser (1)

Conocerse a uno mismo implica abandonar la imagen que uno tiene de sí, pues no somos una idea mental, no somos una representación ilusoria a nivel psicológico. Conocerse a uno mismo supone dejar de lado toda identificación, entrando de lleno en la tierra pura y trascendental de la esencia no-condicionada y no-definida (pues todo lo definido queda condicionado por su definición). Lo que somos no puede ser nombrado por la mente, pero puede advertirse al contemplar que no somos la mente. En esa contemplación un espacio amplísimo se abre, más allá de cualquier intento de conocer, en la mera estancia atenta de la no-mente, del silencio.

La puerta hacia ti

Todos los problemas son del ego. Vienen al identificarse con ellos, al pensar que esos problemas nos pertenecen. Pero, ¿quién es el que se identifica? Si indagamos en ello, descubrimos que no hay nadie allí, que el ego se llama a sí mismo, pero no hay nadie que lo llame. Viendo que todo aquello que llega no es nuestro, que son solamente fenómenos cambiantes y sin sustancia alguna, la libertad empieza a tener lugar. Una libertad que se experimenta al dejarse ser, al soltar los lazos de la búsqueda de identidad y de sentido. Abandonar la búsqueda supone la resolución natural del comprender que ésta no puede ser un deseo de ganar algo, de poseer una verdad, sino, al contrario, el hallazgo de la profunda liberación de la necesidad de adquirir algo para ser.

Al perder todo lo que es del ego, ganamos todo lo que verdaderamente es. Esta ganancia, y no es paradoja, sucede en el despojamiento. Toda necesidad de adquisición, es el ego. Saber que no hay nada que ganar o perder, que somos siempre lo completo, el océano de la conciencia, el todo en vez de la parte, es ver que al ser lo que somos trascendemos cualesquiera limitaciones por medio de la conciencia integradora de la unidad total. No hay un sendero para ello. Tú eres la puerta de entrada y esa puerta al hogar del ser se abre a ti mismo. Tu hogar siempre está contigo, en el corazón, en tu interior sagrado.

Ya vives en el paraíso

Este instante es tu morada. Si buscas el paraíso, míralo aquí, en este preciso momento. No puede estar en otro lugar, no es un concepto, ni una idea, ni una visión proyectada. El único espacio que representa el paraíso vive en tu corazón, late contigo en el ahora. Este instante de búsqueda es también el final de la misma, este instante significa completamente el lugar del hallazgo, la entrada perpetua al espacio interior, real y visible, de tu paraíso más certero: la conciencia. Darse cuenta de que hay un buscador que desea llegar a la meta suprema, a la iluminación, a la liberación de todo sufrimiento, es darse cuenta de la esencia misma del ego (o, mejor dicho, de su falta de esencia propia: siempre cambiante, impermanente), es darse cuenta de que hay una mente llena de energía indagando continuamente para sí, buscándose, llamándose; y por encima de ella, de la mente, del ego limitador, estás Tú, la esencia real e infinita de todo, el testigo puro y silente, que observa la manifestación de la vida. Ese testigo, esa conciencia, es la felicidad misma, el paraíso, el espacio eterno de la verdad. Fija tu atención ahí, en el que ve, en el que observa, en el que Es.

Ese que es, en su ser ya está completo, ese que es no necesita de nada, pues ya es todo. "Yo soy, yo soy, yo soy...", repítelo cuantas veces quieras, date cuenta de ello, date cuenta de que eres, y sé, sé, sé... Tu vida será pura dicha, auténtica eternidad, porque habrás conocido tu paraíso, en el que siempre has estado, en el que siempre serás lo que eres. Una vez que estés ahí, la búsqueda será también una ilusión, ya no tendrá lugar, porque vivirás en un total encuentro contigo mismo. Recuérdalo, ese paraíso sólo podrás verlo aquí y ahora: porque eres Tú.

La experiencia de ser

“Una experiencia que se inspira en el tiempo, que tiene continuidad, deja de ser una experiencia”, apuntó Krishnamurti en su diario. Toda experiencia es un suceder, ocurre cuando es y más allá de eso solamente queda la memoria de la experiencia, el aroma de lo vivido, pero la flor tuvo lugar en el ahora de su florecer, en su aroma apareciendo. Todo es experiencia, incluso la memoria, experiencia interior de imágenes y recuerdos, que atraviesa el centro de la impresión vital del tiempo en la rememoración. Sin embargo, en su proceder, la memoria deja de lado la experiencia directa y objetiva del presente y lo que está teniendo lugar frente a nosotros pasa como una nube en el cielo de la presencia. La experiencia que no es presenciada, que no se hace consciente, pasa invisible, sin sustancia. Perder eso, vivir en el tiempo, significa inspirarse en el reflejo de lo que es, en una ilusión.

Darse cuenta de que uno es, es todo lo que hace falta para entrar en la vida desde su totalidad. A partir de la conciencia “Yo soy” advenimos al mundo sin las ataduras de una identidad o de un deseo encubierto de realidad. A partir de la conciencia “Yo soy” el tiempo ya no es necesario para buscar la continuidad, pues la realidad ya está presente y la conciencia de nosotros se sabe como todo lo que podemos dar. “¿Quién soy yo?” será la pregunta fundamental, y ahí comienza la indagación, presenciando la experiencia completamente, desde la verdad más íntima y profunda que podamos hallar: que somos.

Lo que el ahora nos revela

Algo nace en el ser, en lo más profundo, que revela todas las cosas. Cuando miramos dentro de nosotros, sin temor a lo que podamos encontrar (o sabiendo que no hay por qué evitar ese temor naciente), totalmente abiertos y receptivos a esa mirada sincera, se produce una conexión puramente esclarecedora, la conexión con lo que siempre fuimos, mediante el solo observar, sin interpretar o seleccionar lo que miramos, nada más que atentos a lo que pasa en nosotros en ese momento tan real que es el ahora. Pues lo real somos nosotros, ése que siempre ve, que siempre ha sido el veedor y que se descubre una y otra vez en el ahora como la misma cosa, intocada y sin tiempo.

En el ahora, la vida ilimitada y pura del ser se confirma, se ve siendo, aparece, y nosotros en ella, de nosotros a ella, con ella, en un único suceso de ‘presencia’. Lo profundo en el ser puede revelarse en una especie de instante eterno, en una forma de espacio que no necesita del tiempo cuando hay la observación espiritual. Lo interior está aquí, tal que el corazón, latiendo y presente como raíz del vivir, del sentir, del ser. Y para mirar en lo interior sólo se requiere mirarse a uno mismo tal y como se es: en la observación directa y sin dirección que el ahora desnuda y eterniza.

Presencia de lo que es

Vivir es ser. Vivir de forma consciente es ser y no vivir de forma consciente también es ser. Todo es conciencia siempre. De modo que, ¿hay algo que pueda no estar bien? ¿Queda algo por alcanzar, algo que quede fuera de lo que es? La existencia es completa, el existir está siendo a cada momento, sin que precise de nosotros o de nuestra atención para que sea lo que es. Estemos donde estemos, hagamos lo que hagamos o pensemos lo que pensemos, será siempre lo que es. ¿Dónde está entonces el problema? ¿Por qué deseamos adecuar las cosas a nosotros y a nuestros deseos? Aún así, la libertad es completa.

La vida está siendo vivida tal y como ha de ser vivida, es decir, como es. Sólo la mente crea el conflicto, pero la mente tampoco es el conflicto, simplemente es algo que está ahí, como todo lo demás. Anhelar la liberación es otro conflicto de la mente, la ilusión de una cárcel que no es real, de unos muros que no existen, algo que nosotros llamamos 'muros' pero que igualmente podríamos llamar 'inmensidad'. Al cesar en el intento de la búsqueda, incluso -y sobre todo- de la búsqueda de la liberación, comprendemos que no queda nada por buscar o lograr, y vemos claramente que la libertad ya no es una expectativa de la mente, que ya no es una ilusión perdida en la isla de los conceptos, sino la más evidente realidad. A eso lo llamamos consciencia. Presencia de lo que es.

Vivir naciendo

La vida es el enigma de lo soñado
y la verdad abierta despertando,
es el viento que camina por el rostro
en brisa interior de flor renovada.
Aquí, allá, en el aroma de lo perenne fugitivo,
vivir es ser morada de un instante, eco de un temblor,
color de un ensueño que resopla.
Vivir, morir... Ser sombra de la luz y luz en la sombra
de los instantes. Clareando lo dormido, llevando conciencia
a todo refulgir que pase: atisbando lo sereno, anunciando
lo siempre llegado. Vivir es ser morada de la vida,
descubrir en nuestra mano la llave callada del secreto,
a cada paso, a cada aire, a cada atisbo, presentir
lo que es nuestro en un vibrar de nadie y en todo.
La vida es un no saber qué es la vida,
dejando dulce suspiro y una eterna certeza
que nos hace sentir amanecidos, como hijos del misterio.

Claridad del silencio

Subyace algo muy profundo en el silencio, una apertura llena de claridad que corrobora al espacio su inmensidad latente. Esta inmensidad puede ser vista en la propia conciencia, como paisaje y orbe interior reposando en lo ilimitado. El silencio es escenario de la creación misma, de todo acontecimiento, a través de su no-hacer. Es el corazón secreto de las cosas, el motor invisible de todo nacer. Al estar con él, al no olvidar su ausente presencia, su pacífica compañía, la conciencia es capaz de ver el ir y venir de los fenómenos sin ser tocada ni modificada, pues no hay nada que tocar ni cambiar cuando se reposa en la desbordante perfección de lo que es. La presenciación asentada en el silencio es completa por naturaleza y desde ahí uno ya es y puede ver lo que siempre ha sido: este momento que sucede, conteniendo el momento solo del suceder en la claridad del silencio, colmando la raíz misma del tiempo y del no-tiempo, en una dimensión única y plena: la del Ser.

Más allá del ego

¿Cómo podría conllevar esfuerzo la meditación? Es muy habitual que la primera vez (o las muchas primeras veces) que nos sentamos a meditar la mente no se siente con nosotros. La mente quiere volar hacia el ego, necesita reafirmar su existencia de alguna forma y por medio de la identificación se da identidad. Pero todo ello forma parte de la ilusión del ‘yo’, de un ‘yo’ individual, separado, que inevitablemente sufre por ello, porque en el fondo de su devenir, busca la unidad. En el aquí, llevando el ego al ahora, éste es despojado de su egoicidad, pues queda sólo la pura observación sin nombre ni forma que poseer, sin distinción alguna entre el veedor y lo visto, en la conciencia no-dual. Llevar el ego al ahora no implica movimiento, solamente es presencia instantánea y, por tanto, intrínsecamente liberadora. El ego queda desmontado cuando el testigo silente aparece, ahí no hay nada que hacer, salvo ser. Si el ego aparece, simplemente se ve aparecer, como las olas, y cuando se va, simplemente, se ve desaparecer. Así, de forma pacífica, sin luchar con nada, todo queda pacificado en el ancho y profundo océano del ser, donde distintos fenómenos aparecen y desaparecen como gotas de un mar infinito e imperturbable que siempre es.

Ahora es el único momento

Al encender la mecha del silencio, estalla la paz. Allí donde miremos, ya sea dentro o fuera de nosotros mismos (¿acaso puede mirarse fuera?) es el alma lo que vemos. El alma todo lo comprende, pues está en todas las cosas, sin diferencia, sin separación. Consagrarse a la unidad de la vida, a la integración del universo en el punto más íntimo de tu corazón, es comprometerse con el misterio, que como semilla del árbol sagrado, sirve los frutos de su verdad omnipresente. El pan que tomamos y que nos alimenta es como el aire que respiramos o el poema que nos hace volar como sensibles aves de lo etéreo. Meditar no es algo que quede fuera del vivir, no es algo que sólo hacemos con la reverencia excepcional de un acto sagrado. Meditar es vivir. Y el acto sagrado, el más sagrado de todos, es vivir. Sin esfuerzos, sin obstáculos que la mente se ponga, vivir, meditar, es sencillamente estar ahí, donde ahora estamos. Valora este preciso momento como un fruto que otorga el alma y tomarás el fruto más sagrado que la vida pueda darte. Así es cada segundo de conciencia, cada instante de compromiso con la verdad incesante del ahora, cada atenta mirada al Dios que habita en ti. Obsérvalo con todo tu sincero ser y Él te sonreirá tan amorosamente que imprimirá en ti una sonrisa eterna. Hazlo ahora, no lo dejes para luego, porque ‘luego’ no existe. Esta es la verdadera comprensión que ha de instalarse en nosotros, no de modo intelectual sino, sencillamente, de modo vivencial.

Mística y meditación

La comprensión del Ser es sencilla. No es mental ni intelectual, aunque la mente o el intelecto acaso puedan atisbarlos, en su intento por ‘atrapar’ la esencia que resopla en torno a ellos, en la base misma de su existencia. Más allá de la comprensión aparece la visión, cuando es abandonada la mirada mental y surge la mirada total y unitiva. Se habla del ‘arrobamiento’ místico al referirnos al conocimiento de lo aparentemente imposible de conocer, lo trascendente, lo divino. No hay conocimiento que pueda ser expresado con palabras cuando el conocer supera las dimensiones de su comprensión. Entonces somos absorbidos por la vivencia ‘aniquiladora’, aquella que extingue el ‘ego’, el deseo de (yo) alcanzar algo, y somos, sencillamente, tomados, tocados, arrojados, por esa vivencia sin límites que desborda de paz el río anegado de nuestras mentes, pareciendo un exceso incontrolable que se trasforma en infinita y conciliadora armonía.

La experiencia mística no es una meta, no es un fin a buscar en la meditación, pues ésta quedaría desvinculada de una búsqueda sincera y sin expectativas de por medio. La experiencia mística surge, aparece, cuando el ‘yo’ es abandonado y ‘algo que observa’ se encuentra de pronto frente al Ser, en el Ser, sin saber cómo llegó hasta allí, lleno de gratitud y en la Gracia morando, elevándose a las alturas de su felicidad, en una dicha espontánea que le inunda de paz y amor. No es, como digo, una experiencia, ni otra cosa que probar. Llega cuando el Ser ve abiertas las puertas sinceras del alma que se entrega a su silente llamada. Es el samadhi, el nirvana, el satori, el arrobamiento, o el simple vivir. No es un lugar a donde ir, es la mirada puesta en el Ser, nada más.

Reencuentro pleno

Sólo hay mirada,
contemplación de ti, de mí, de lo abierto y nítido,
de lo veraz, como el tacto de la lluvia
aclarando nuestros rostros con fresco y húmedo nacer.
Lo eterno se despide amando en su nunca irse, en su irse quedando
en lo insondable de nosotros. Se queda cómplice y desnudo
lo real desconocido, el pálpito de la verdad sonora,
el susurro de la interior melodía que nos reconoce y reconocemos.
Todo es reencuentro, abrazo lleno del ahora
en que despertamos nacidos, inocentes, purificados.

La visión total

Dijo el maestro zen Dogen que “nada se aparta ni se queda fuera del universo en este preciso momento”. El ahora es lo que se muestra siempre, lo demás son imágenes en el ahora. Este momento nunca se fue ni hemos de esperarlo, pues, totalmente limpio, trasparente, comprende todo comprender. Hablamos de un ‘comprender’ en su sentido más etimológico, como algo que de forma directa es atrapado (como el koan o acertijo que se nos desvela espontáneamente, al abandonar el intento de comprender), que está ahí, tras el velo de la mente, la vista o los demás sentidos y emociones vinculadas.

Desde cualquier plano la visión es exacta si los ojos miran la verdad del instante que surge. Se habla entonces del correcto mirar, de la visión o contemplación atenta. No hay otra comprensión que el comprender mismo de ‘lo que es’. Así, la flecha que lanza el arquero queda sujeta en el centro de la diana, ‘comprende’ la diana y su atención va directa a ella. Desde el momento en que apunta con el arco y lanza la flecha, ya ha visto, ha ‘aprendido’ la dirección de su intención. No es el arco el que apunta, no es la flecha la que realiza la acción, es la quietud atenta del arquero la que exhala el movimiento certero. “Transforma tu cuerpo entero en visión, hazte mirada”, expresó el poeta místico Rumi. Entonces la distracción, el temor, el mundo ilusorio, no pueden tocarte, porque todos los sentidos están puestos en la verdad que acontece, todo sirve a ello: al ahora.

El arquero es el arco, la flecha, la diana… y al mismo tiempo no es ninguno de ellos, ni él mismo. Esa es la entrada en la vacuidad, el sendero del alma, la ‘nube del no-saber’ a la que se refirió aquel místico anónimo de hace muchos siglos. La nube, siempre clara e impalpable, que recorre el cielo del Ser.

La desnudez de ser

Ya no hay meditador cuando la meditación aparece, la contemplación lo envuelve todo y el meditador desaparece. La mente busca darse identidad a través del lenguaje, de las imágenes, de todo lo que sea capaz de percibir; pero la mente además, cuando descansa en la quietud, sabe no buscarse porque se basta con su vastedad. En el espacio de la conciencia la mente queda desnuda, cristalina, y el testigo vislumbra y se silencia, halla pero se pierde a sí mismo, una y otra vez, como en una danza que el corazón guía hacia lo espontáneo e imprevisible. Entonces tiene lugar la meditación, aquello que no está fuera, que no hay que salir a buscar a ninguna parte. Aparece porque el ego perece, se manifiesta porque la manifestación se hace una con el ser y toda dualidad declina. Quedamos libres, liberados de las vendas que cubren la visión y así podemos ver, sencillamente, lo que al mirar es. Por ello, decimos que la meditación no es una adquisición, sino un completo despojamiento.

Luz de la noche

Es un sueño lo que tocas,
no te esfuerces en tocarlo más.
Si al fin tocases lo intocable
tu mundo sería de piedra,
una piedra más.
Si al fin no tocases
lo que tocarse pudiera,
serías aire y dicha
y eternidad.
La voz del sueño armaría un verso,
el espacio entero un poema
y todo el universo
la obra sin comienzo
que cantan los poetas.
Canta, canta a la noche,
pero no la toques,
que amanecerse pudiera
y el día igual viniere.
Canta, canta a la luz
y ve, sin mirar en ella,
lo que la luz,
de oscura y profunda,
esconde.

No hay hacedor


No hay esfuerzo en la meditación. Al ver esto, la luz aparece sola. Sólo sé consciente de ti, respira, observa todo tu ser, déjate llevar, sencillamente, de forma natural, y todo llega. A veces sentimos que conocerse a uno mismo puede resultar una tarea ardua y costosa, pero es precisamente todo lo contrario. Cuanto más impedimentos pone nuestra mente, más nos alejamos de esa sencilla realidad que consiste en establecerse únicamente en el ahora con todo el ser. No tenemos que hacer nada, la vida funciona sola, hagamos o no hagamos lo que pensamos que tenemos que hacer, el hacer es sólo una ilusión que creemos realizar, es la ilusión del ego, la de un ‘alguien’ que realiza.
El ser siempre está ahí y observarlo, sentirlo, respirarlo, es ya la mayor realización. Posiblemente somos muy exigentes, se espera una trasformación radical, unas circunstancias completamente idóneas para lograr el anhelo de la felicidad, pero todo eso no es real: la única cosa idónea es que tú estés presente en este momento, despierto en ti mismo y consciente de lo que sucede. Si eres consciente, eres libre; y si eres libre nada te puede impedir ser lo que eres: ahora, aquí, en este preciso momento.

Siendo lo que el Ser es

En la meditación el silencio aparece como realidad esencial en que nos ubicamos, pues lo sereno hace ahí morada y el ser encuentra su reposo natural, sin sufrir los habituales reclamos de la mente. Es muy probable, si la paz interior no se ha estabilizado aún, que surjan frecuentes distracciones. La actitud a tomar en ese momento marcará el porvenir de los momentos siguientes. Si nos identificamos con la distracción -supongamos, un determinado pensamiento- nos iremos yendo -sin darnos cuenta- del estado meditativo; pero si observamos, indiferentes al pensamiento, el silencio como morada segura y pacífica, la mente podrá aquietarse de nuevo, hacerse trasparente para la conciencia: dejando el espacio abierto al presente calmo y silencioso del Ser en su toda infinita presencia. No hay nada que buscar sino contemplar al Ser morando silente alrededor nuestro y en la propia mente. Él está con nosotros en todas partes, sólo hay que comprender que siempre ha estado ahí y que nunca dejará de estarlo. Así que, ¿de qué preocuparse? Usted es el Ser que le acontece a cada instante y el silencio es el espacio sagrado en donde surge pleno y radiante. No hay dualidad: ambos, usted y el Ser, son la misma cosa. Al comprenderlo, el velo desaparece y se muestra la rosa tal cual es.

Creatividad y libertad

La creatividad va unida a lo que somos, el hecho mismo de ser ya es una obra de arte que no deja nunca de nacer. Cada día se torna distinto, conforma una pequeña vida plena en sí misma donde aprendemos algo nuevo, adquirimos más conciencia, nos hacemos más verdaderos. Todo se compenetra cuando mantenemos una atención consciente. Lo que verdaderamente necesitamos, buscamos o queremos entender se va resolviendo, cuando la búsqueda es sincera, sin intereses ni condiciones de por medio, abierta a ver el camino mirando a la realidad directamente y sin prejuicios, sin querer cambiarla o manipularla, solamente con una firme voluntad de comprensión. Entonces resulta completa la calma, profunda y libre, al ser lo que somos del modo más natural, creadores espontáneos naciendo al presente. Una calma que también puede llamarse auténtica libertad.

Calma y entrega

En el acceso al interior la calma de la mente es la gran apertura. Al calmarse la mente ésta se puede adherir sin esfuerzo a la presencia integradora de todo fenómeno en la realidad imparcial y receptiva del ser, ecuánime en su apertura a “lo que es”, a la aparición continua y directa del ahora, aprendiendo uno a liberarse de los conflictos que interfieren en la experiencia directa de la realidad.

¿Cómo llegar a ese estado, podríamos preguntarnos? Cualquier esfuerzo resulta innecesario, solamente añadiría tensión y eso nos alejaría. Encontrar la calma supone dejar de lado todo intento, supone una cierta renuncia, una entrega, una confianza en el ahora, rendidos a él como en un plácido sueño atento, que nos encuentra y en el que encontramos con el mero hecho de respirar, de ser, de movernos, de ver, de sentir, etc. Cada instante puede ser –es- ese encuentro auténtico con la calma interior cuando nos convertimos en el instante mismo, plenamente vivido.

Alma de la tierra

Lo auténtico, lo hermoso
vive en ti como flor
de la tierra. Alma,
cúspide del origen,
envoltura secreta,
vuelas a lo alto
encumbrada
por tu hálito.
Plácida, completa,
abres el círculo
de la noche abierta.
Manantial y sincera,
cantas humilde
a la breve primavera.
Tierra amante, escogida
entre tantas estrellas,
te haces una en tu paraíso
y múltiple en las cosas bellas.
Tienes mi amor en tu canto,
mi flor en tu jardín dorado,
mi entusiasmo en tu altura.
Un sollozo te olvida
y tú le muestras el milagro
de ser siempre tuya
en lo hondo nuestro.
Te vemos en tu tierra hermosa
de amor venida,
de amanecer llegada
y nunca ida.
Contigo la luz colorea
el bálsamo del viento
y el matiz de los sentidos.
En ti se mece y profunda
el gesto sencillo, la palabra hermana.
Desde el primer sabor
viniste como amante y morada
y te adentraste en nosotros como el aire:
de amanecer llegada
y nunca ida.
Alma nuestra, alma de tierra,
eres el alma
de la tierra entera.


Poema recitado:

"Alma de la tierra", Voz, texto y realización: José Manuel Martínez Sánchez.
Música: "Sarabande", Handel.

El buda que hay en ti

La historia de Buda nos habla de nosotros mismos, de la propia historia interior del hombre, de un hombre que se trata con profundo respeto, que busca encontrarse porque se ama y porque quiere cuidar lo que hay dentro de él, porque sabe que el sufrimiento, el egoísmo o el odio nada le aportan y que esa liberación anhelada es sencillamente un acto de amor, el límpido acto de amor hacia el ser que sabe que vive en él así como en todos (al puro ser, no al sentimiento de individualidad –no hay tal atman: anatman- sino al ser en todo) por eso Buda predicó ese encuentro con la conciencia, predicó esa forma de estar en el mundo completamente en armonía, consigo mismo y con los demás, completamente aquí, ahora, y no en otro lugar, abierto a la verdad que se traduce de la contemplación no enturbiada por nada, directamente fijada en lo que está aquí (el dharma).

En el Isha Upanisad encontramos estas bellas palabras: “Quien ve en todos los seres al yo y al yo en todos los seres, a nadie odia”. Es así que el amor no conoce de destinatarios concretos sino que es el amor por si mismo el que se revela en todo acto hacia dentro o hacia fuera, es su propia personificación, donde entramos nosotros, ellos, aquellos y todos los seres, es la identidad auténtica con lo Absoluto, con el Brahman. Leemos en el Brihad Araniaka Upanisad: “Hay identidad entonces entre el Atman, el yo individual, miel de todos los seres, y Brahman”, una identidad total con lo sin nombre, aquello que es todo y nada o ni todo ni nada, la verdad interior, inmaterial, pero viva, consciente, en el corazón de los hombres: el amor compasivo. Qué bella verdad la que trae el conocimiento, el despertar. Sólo nos queda añadir entonces, como expresa el Dammapada: “Feliz es el nacimiento de los Budas”.

Quietud creativa

Al pasar de ser meros integrantes de la apariencia (pasivamente movidos por la fenomenología que los pensamientos imaginan protagonizar) y al asentarnos en la quietud como veedores del Todo en todas las cosas, unificadores de la realidad, sin duda alguna hemos llegado a la Fuente, en la que el veedor es lo visto, donde ya no queda nada que no sea Él y donde todo, sin excepción, forma parte de su ser: siempre completo, autosuficiente. Entonces un ser gozoso aparece, despierto en la quietud -sin esfuerzo alguno- de su conciencia plena, creativamente espontánea y natural.

La fuente del ser es pura, silente y armoniosa. De ella nace todo. El “yo real” no es movido por ilusión alguna, es siempre completo y no necesita de más. Es ser-conciencia-felicidad en todo momento, porque vive integrado con la totalidad. En su silencio experimenta el ser, se da cuenta del mismo, es continua presencia de sí gozando de su esencialidad. Y ese silencio dichoso es el amor mismo: el “yo real”.

Despertar

Reconozco el rumor del mañana
y las sombras del ayer,
por eso vivo en el ahora.
Reconozco a la luna y a las estrellas,
por eso duermo mirándolas
cuando ellas cantan
soñando a la luz de su conciencia.
Y esa misma luz me despierta
al apagarse la noche,
quedando el día cubierto
de amados resplandores.

Conocimiento místico

“El conocimiento de lo absoluto”, como expresó Swami Vivekananda, “es absoluto en sí mismo […] es realización plena”. Cualquier conocimiento meramente teórico y especulativo no puede expresar la dimensión de tal realización: que es un vivir en el ser desde el ser, una completa interiorización del estado de amor divino, esto es, del estado del amor mismo. Pues, ¿no es el amor a Dios un amar al Amor mismo, un amor en todo y para todo? ¿No es el amor místico un sentir la maravilla en todas las cosas como si todas esas cosas fueran una sola?

La experiencia mística aparece en un destello de conciencia, en presencia súbita de gozo, allí donde la vida mora en su hogar íntimo, inspirada y avivada por el aire que el amor desprende al realizarse en lo más hondo del corazón, en la raíz de lo posible y profundo. Y aspirando a él, al amor, nos vaciamos enteros para llenarnos nuevamente de la luz que nunca desluce, en la libertad que proporciona el saberse vivo al mirar con tales ojos luminosos el fulgor que se refleja en todo lugar y en toda conciencia.

Conciencia silente

Más allá de la mente, la conciencia silente es ese océano en calma que da hogar al beatífico despertar del ser en toda su extensión. Con tan solo un simple darse cuenta de tan magnánima esencia, estamos ahí, de repente, en ella, por el hecho mismo de que nunca estuvimos en otro sitio más que en ese lugar del Todo. El lugar del no-lugar, el Sí mismo, la Consciencia; el “yo soy” experimentando de lleno su verbo en infinitivo e infinito: Ser.

Amor sin barreras

Cuando la vida se hace una, cuando no necesitamos de la mente para construir al “yo”, aparece la experiencia del “yo real”: aquel que no necesita de nada para existir, sino que es existencia auténtica en todo momento. La más grande sencillez de la experiencia muestra la esencia de lo que somos, pues en ella se realiza, sin medio o apoyo secundario alguno. Llegar ahí, de forma directa, es también el paso más sencillo que podemos dar, y quizá el más valiente (ya que supone abandonar el ego, con todos sus deseos de devenir) teniendo lugar la conciencia de presencia, aquella que se integra con la realidad universal en donde todos los fenómenos están surgiendo al ritmo de la vastedad del misterio interior, el gran descubrimiento silente: la esencia nuestra; el origen que da luz a todo y al que nos unimos como amante y amado fundidos en el Amor mismo.

La vivencia del amor es lo que verdaderamente nos hace plenos, pues consiste en vivir aquello que somos.

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