martes, 22 de septiembre de 2009

La experiencia del Ser en la meditación

En la meditación hay una comprensión muy espontánea a la hora de progresar hacia el espacio de la no-mente. Lo primero, es que se disuelve la concepción misma del espacio como limitación de la consciencia. La mente divide y la no-mente multiplica hasta que se abraza la esencia misma de la multiplicidad, esto es, la infinitud. Es por esto que resulta inadecuado hablar, definir, en este ámbito de libertad absoluta. Llamarlo experiencia ya es limitar su contenido, pues toda experiencia requiere unos instrumentos perceptores, que en el cuerpo físico, están limitados a los sentidos, y en el cuerpo mental a los pensamientos. Nosotros percibimos el pensar y nos identificamos con este, pero, ¿acaso conocemos la razón exacta que motiva un tipo de pensar y no otro? Al mirar desde la consciencia, todo proceso tiene su llegar y su partida, sin que obstruya la percepción no motivada del hecho fenoménico. Franklin Merrell-Wolff prefiere llamar a la experiencia del despertar o del nirvana: “Reconocimiento”. Dijo lo siguiente relatando su propio despertar a la consciencia: “Fue un Despertar a un Conocimiento que podría denominar: Conocimiento por medio de la Identidad”. Vemos aquí que la identidad se desprende como un conocimiento esencial de la pura Realidad.

Cuando dejamos de reducir el conocimiento a la concreta experiencia que inconscientemente buscamos o anhelamos, y nos abrimos totalmente a todo lo que es, con la atención no dirigida, sin objeto alguno, entramos en la consciencia múltiple, en la llamada experiencia extática, o de unión total con el Uno. Ahí puede ocurrir cualquier fenómeno, pero la Identidad no depende de ellos. Ahí puede experimentarse la felicidad más absoluta, pero la Identidad no se esfuerza por controlar –aumentar o disminuir- esa emoción, sentimiento o pensamiento. Todo está y no está, porque ya es reconocido, ocurre sin el deseo de que ocurra, porque el deseo es necesidad, carencia, y esta felicidad siempre ha estado, no se va ni llega, somos uno con ella ahora y siempre. Krishnamurti relata así una vivencia de realización: “¡Había una calma tan honda en el aire y en mí…!, la calma que existe en el fondo de un lago profundo e insondable. Como el lago, presentía que mi cuerpo físico, con su mente y sus emociones, podía agitarse en la superficie; pero nada, absolutamente nada podía perturbar la paz de mi alma”. A pesar de los cambios aparentes que nos suceden y que incluso nos trastornan negativamente, podemos reconocer la paz absoluta del alma, intocada por nada, inalterable como la ley cósmica siempre creativa e increada que rige todos los acontecimientos.

El Katha-Upanishad dice lo siguiente: “Aquello por lo cual uno percibe lo que habita en los sueños y lo que habita en el estado de alerta como al grande y al eterno Ser, el sabio no se aflige”. Y también nos dice: “El conocimiento del Ser no nace ni muere”. Nos damos cuenta de la invulnerabilidad del conocimiento último, indefinible como concepto, pero definido como realidad reconocible en la valiosa y siempre presente Consciencia, que da luz y perenne florecer al Ser en que somos todo lo que se puede ser y no ser.

lunes, 21 de septiembre de 2009

La experiencia del amor


No tiene nada de raro lo que digo:

el no ser nada y serlo todo a un tiempo.

Robert Adams


Ser todo y ser nada al mismo tiempo, así es la experiencia real del amor. En la entrega al todo experimentamos el surgimiento del vacío del ego, que trasciende lo ordinario mostrándose directamente al corazón, a través de un rayo de dicha resplandeciente. Somos nada en la entrega, somos todo al recibir la luz de la sincera apertura. Gratitud, felicidad consciente, al participar de ese amor que todo lo impregna donde no hay átomo que quede fuera de tal experiencia de humilde dicha.

Todo está completo, no se puede pedir más, porque la vida está siendo vida, y el corazón late al ritmo de la verdad que proyecta. En el amor no hay petición sino constante ofrenda. No hay condición sino confianza sincera. Hay unión total, sin diferencias. Hay realidad realizada en comunión, sin apariencias. Hay la vivencia del ser en un lance hacia la pura comprensión de que ya no queda nada más por pedir, pues en ese equilibrio eterno todo y nada se funden en un renacer constante de belleza y verdad aconteciendo.


jueves, 17 de septiembre de 2009

Pensar en no pensar

Aquello que la conciencia conoce la mente no puede descifrarlo, a pesar de los símbolos, los mundos del discurso y paradigmas del lenguaje -con los que el pensamiento juega- resulta quimérico nombrar claramente las palabras del espíritu, las letras del aire. La mente es energía constante y cambiante, espejo de la realidad y rostro de la misma. Cuando conseguimos desapegarnos de la mente, verla desde afuera, sin implicarnos y sin que nos implique, llega un acercamiento directo al pensar silencioso, una curiosa paradoja que deja de serlo cuando la voluntad se torna en conjunción de presencia y acto. En la presenciada presencia de nuestra conciencia de estar (voluntad) el acto va encaminado a ser siempre reflejo de la identidad de su ser. Y es en el silencio donde el ser, libre de ilusiones, se conoce a sí mismo; porque está frente a sí mismo, frente al ritmo y la armonía de su potencia originaria, la fuente de su energía naciente y no nacida: su conciencia.

Leemos en la Bhagavad Gita: “La mente es rebelde e inquieta, pero se la pone bajo control con la práctica perseverante y el desapego”. Para apaciguar tal rebeldía es conveniente llevar una y otra vez a la mente a un silencio sereno y para que en tal acto no exista conflicto es prioritario comprender que la dualidad se alimenta con el apego y que la unidad, la libertad más allá de todo conflicto y dualidad, se encuentra en el desapego hacia esa energía de la mente que busca una y otra vez conocerse por medio de elaboraciones. Pero, una vez que llega el gran discernimiento de que el ser es completo por sí mismo y que estar –reposar- en él supone vivir –realizar- esa completitud, ¿qué más podemos querer elaborar a partir de esa certeza tan simple y grandiosa? Simple, porque está en nosotros y sin esfuerzo alguno podemos instalarnos en ella. Grandiosa, porque al instalarnos ahí el ser abraza su totalidad unitiva. Desde esta posición tan inequívoca e ilimitada, cito a Schopenhauer, “todo suceso de la vida se acepta como una manifestación de su poder”. Una visión realista, nada especulativa ni fantástica, un estar en el mundo, aquí y ahora, atento, integrado y fundido con todo lo que sucede, en su exacto acontecer.

La meditación, como puede deducirse, no es un acto aislado que llevamos a cabo en circunstancias concretas, encerrados en una habitación, a oscuras del mundo, sino que es el tomar conciencia de una actitud vital que se corresponde con estar siempre lo más cerca de nosotros que podamos. Es decir, la actitud más natural posible, ser lo que somos. Y así nuestra energía vital, sosegada, integrada en su ser, alcanza su estado de creatividad más pleno. El pensamiento, sin duda, es necesario, la razón es necesaria, pero, como todo, hasta cierto punto, sabiendo dónde están sus límites, no dándole más de lo que nos pueda ofrecer. Finalmente, llegamos a la conclusión de que a través de lo sencillo se resuelve lo más complejo. Parece arduo quizás llegar a ese silencio natural, domeñar al pensamiento, fuir en la vacuidad de la no mente y estar con ella sin embargo, conociéndola en su estado original de donde surge lo naciente. Nos llega la pregunta y con ella el enigma, por ello, conviene no perderse en los recovecos de esos enigmas por elucubraciones sin fin, que solamente consiguen agotarnos más. Elegir la respuesta sencilla nos aventura la vivencia profunda, nos da la clave correcta que ciertamente siempre hemos sabido. Así, leemos en el Shobogenzo del maestro Dogen: “Sentaos inmóviles en el estado de quietud de la montaña. Pensad en no pensar. ¿Cómo se piensa en no pensar? No pensando”. Y otra vez volvemos al silencio.

martes, 15 de septiembre de 2009

La conciencia, luz de todas las cosas

El tiempo lo toca casi todo, el cuerpo que conocemos hoy está cambiando continuamente, muriendo y naciendo a cada instante. La conciencia es lo que nunca nace ni muere, es aquello que no depende de nada y que sin embargo está en todo. No conviene confundir conciencia con mente y pensamiento, pues estaríamos habitando el territorio del lenguaje, de las diferenciaciones. Hablamos de una conciencia más allá (supraconciencia), ni grosera ni sutil, no hay conceptualización alguna que la abarque, llamémosla únicamente Eso.

Escribió el poeta Garcilaso de la Vega, concluyendo uno de sus más bellos sonetos: “Todo lo mudará la edad ligera / por no hacer mudanza en su costumbre”. Pues ya su costumbre es la mudanza, el tiempo, como dijimos al principio, que nos lleva de la infancia a la juventud, a la madurez, a experiencias de nosotros, en definitiva, que en ocasiones, aparentemente, nos muestran que aquello que fuimos dista radicalmente con aquello que somos ahora, al atravesarnos esa “edad ligera”, que en un abrir y cerrar de ojos hace del tiempo una experiencia contundente de impermanencia.

¿Cómo hablar de una conciencia no tocada por el tiempo ni por las circunstancias que lo acompañan, que no son sino agregados del ser que somos y que van componiendo nuestro ego? Todo ello conforma esa experiencia accidental de las cosas, que se torna en conocimiento, sabiduría, destreza, carácter, personalidad, individualidad, etc. Gaudapada desarrolla, en sus comentarios a la Mandukya Upanishad, ese cuarto estado (turiya) de no dependencia que va más allá y que a la vez comprende a otros tres sí dependientes: la vigilia, el sueño con ensueños y el sueño profundo sin ensueños. Dice así: “Turiya es conocido como la fuente omnipenetrante de todo lo que es”. En esta visión no-dual de la realidad, donde reconocemos una fuente totalizadora que sin embargo no puede conocerse conceptualmente sino por la propia experiencia de la presencia pura en ella, advertimos una verdad liberadora, que acaso podemos intuir con el limitado pensamiento, en la que nos damos cuenta de que es posible despojarse de todo lo que nos somete, de que es posible experimentar la libertad más pura sin ningún esfuerzo siquiera, pues ya está presente en nosotros, es, precisamente, aquello que somos lo que tenemos que presenciar. El presenciador es el presenciar.

Hay algo inefable en todo esto, una forma de estar presente que es plenitud auténtica, sin separaciones, sin grados. Pues quien alcanza el grado último, ¿qué más puede alcanzar? ¿Quien ve claramente lo que es, qué otra cosa puede dejar por abarcar su mirada? Gaudapada llama a este tipo de yoga “Asparsha Yoga”, el yoga sin contacto. El yoga de lo inefable. ¿A qué otra cosa puede unirse el yoga, que es unión en sí, si no es a sí mismo? ¿A qué otra cosa podemos unirnos si no es a la unión misma? Dice Gaudapada: “El yoga intangible (Asparsha Yoga) es dificil de alcanzar por todos los yoguis. Los yoguis le temen. Sienten temor por aquello que es (realmente la esencia del) no-miedo”. Tememos quedar suspendidos en el vacío, pero el vacío, en sí mismo, se sostiene en su equilibrio. Esa es la llegada a la presencia pura de la conciencia.

En el romanticismo se usaba una palabra muy bella: lo sublime. Hemos de ver claramente lo que significaba esa palabra. Muchos la identificamos con una belleza máxima, indefinible. ¿Pero qué producía precisamente esa belleza? Estaba producida por lo grandioso, por ese temor al abismo de la noche y sus misterios, a aquello que desborda la razón y el sentimiento humano. Ese temor tan romántico -véase Poe, Bécquer, Maupassant- a los espíritus, a lo desconocido, en definitiva, al gran abismo de la vida: la muerte. Todo ello configuraba una sensación de encantamiento, de goce estético, irracional, pero vivamente experimentado. ¿A quién no se la han puesto alguna vez los pelos de punta al vivir una situación que le desborda? A todo eso se le llama “sublime”. Jean Paul Sartre, apuntó la gran metáfora del existencialismo, habló de que el vértigo que realmente acontecía al hombre que miraba bajo sus pies un precipicio era precisamente la posibilidad de tirarse. A eso se le llama responsabilidad y libertad existencial, existencialismo.

Pero ya hemos superado todo eso. La posibilidad real de la meditación ha de superar cualquier limitación existencial, puesto que el ser primero es y luego existe, en la meditación se aprende a ser, y al realizar ese aprendizaje comprendemos que existimos por el solo hecho de ser, los límites se traspasan, la conciencia se asoma a la gran fuente de la Conciencia, a lo eterno, que no está más allá sino muy aquí, en el segundo sin segundo de pura presencia. Patanjali termina el primer capítulo de sus Yoga Sutras, donde se habla del samadhi, refiriéndose al gran estado de “interiorización completa sin semilla” (nirvija samadhi), donde toda impresión latente surgida del conocimiento intuitivo (prajna) es también borrada, purificada, y surge así la gran experiencia totalmente no nacida.

Suspendámonos pues en ese yoga inefable sin miedo a caernos. Las muletas sirven para ayudarnos a andar cuando no podemos hacerlo correctamente, pero hay que tener cuidado y no quedarnos siempre con el apoyo artificial, con la excusa de no estar todavía preparados. Seamos como el niño que toma la bicicleta por primera vez, algo asustado por si se cae, pero sin parar de pedalear, consciente de esa estabilidad necesaria que surge espontáneamente al iniciar su pedaleo. ¿Puede haber libertad mayor que esa? Una vez tomado el control sólo hay que dejarse llevar por el equilibrio natural de las cosas. Ser espontáneo también significa saber danzar con lo aprendido, con la técnica. Sentir que lo aprendido siempre ha estado con nosotros, que el paso siguiente que demos surge del paso anterior; y fluye y renace y se transforma en un nuevo y ligero acontecer.

“La experiencia misma de que usted existe es turiya”, dijo Nisargadatta. Ese estado de puro ser en la conciencia, en ti mismo, es lo que te hace proseguir tu camino con la certeza de que paso a paso hallas tu destino. ¿Acaso no es ya bella por sí misma, autosuficiente, la experiencia directa de descubrir al ser en la existencia? Sin duda que sí. La experiencia interior (la soledad o aislamiento trascendental necesario en la meditación) ha de entenderse sencillamente como una no dependencia de los objetos externos, pero ello no impide que abramos los ojos a todo lo que el dharma, el fenómeno continuo de la verdad del ser, nos presenta. Cuando el foco está bien dispuesto, bien estabilizado, deviene la conciencia justa, bien discernida, de lo enfocado. Escribió Sor Juana Inés de la Cruz en su “Primero Sueño”: “Ilustraba del Sol madeja hermosa, que con luz judiciosa de orden distributivo, repartiendo a las cosas visibles sus colores iba, y restituyendo entera a los sentidos exteriores su operación, quedando a luz más cierta el mundo iluminado y yo despierta”. Despertemos pues a la luz del mundo, con el solo acto de contemplarla, de contemplar el orden de todas las cosas, en la luz de todo, en la luz nuestra, que es, no hay duda, luz de todas las cosas.


sábado, 12 de septiembre de 2009

Manantial de conciencia

En tu espacio, maestro verdadero

que arropa mi destino sin segundo,
encuentro resguardo auspicioso
para un vivir directo
al compás de la verdad.

En ti me refugio,
asiento mi viveza,
entrego mis causas
y efectos.

Todo uno me doy
a la fuente
que quita la sed
y otorga sus aguas
por siempre
a la totalidad.

Manantial de conciencia,
sea tu luz mi única morada.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

Vivir el ahora

Viviendo el momento presente -de forma completa, en plena atención- se logra comprender la eternidad. Cuando sólo hay lo que existe en este momento, nuestra acción se convierte en un no-hacer, en un dejarse llevar, en espontaneidad absoluta. Nos dice el Tao Te King: “Pocas cosas bajo el cielo son tan instructivas como las lecciones del Silencio y tan beneficiosas como los frutos del No-Hacer”. El Tao es el movimiento mismo de las cosas, poniendo la conciencia ahí, sin tratar de mover nada a nuestra manera forzada; y sólo de esta manera es posible fluir con la vida: en la danza espontánea que deviene del instante presenciado en el momento en que sucede, pues no hay otra presencia que el presente.

El recuerdo es el camino que toma el olvido una vez que se desvanece el presente culminando su ruta hacia ninguna parte. El recuerdo también es un acto presente que se pone ante nuestros ojos para tomar conciencia de que nada permanece, dejando su huella ser difuminada por el viento del olvido hasta que finalmente la borra, tal que la luz borra la noche y la amanece. Vivir en el ahora supone vivir completamente, haciendo nada más que lo que ha hacerse, comprendiendo nada más que lo que debe comprenderse y no aquello que interpretamos que ha de verse. Revisar lo vivido es como recordar la fragancia de la rosa, su esencia ya no es real, el contacto directo se ha perdido y con ello su verdad.

Escribió Vicente Huidobro: “Por qué cantáis la rosa ¡oh, Poetas! Hacedla florecer en el poema”. Pues la rosa misma es ya la canción, la vida misma es la canción; y florece a cada instante. ¿Por qué perdernos ese instante glorioso llevando la mente a otra parte que en verdad no existe? De todo esto nos han hablado los grandes sabios de nuestro tiempo, nos lo han ‘recordado’ una y otra vez, porque nuestra memoria, a pesar de todo, olvida continuamente, pues la mente está fijada ineludiblemente al presente, a lo real que acontece. Es su estado natural.

No hay verdad más allá de la comprensión directa de las cosas, esa comprensión nacida directamente de la vida. Krishnamurti lo expresó mejor: “La verdad está en la comprensión, sólo puedes verla si sabes verla en tu vida”. La vida es el auténtico laboratorio del científico del espíritu, su vida misma, su vida aconteciendo en su ser, fundiéndose lo vivido en la luminosa eternidad de lo simultáneo, en la luminosa percepción sin timón perceptor, dejando que guíe el barco el viento y las olas del ser.

martes, 8 de septiembre de 2009

El conocimiento directo del Ser

Ya no queda nada por conocer, nada que conseguir mañana. En este mismo momento la libertad está a tu alcance, la conciencia está en ti y puedes descansar en ella, en la infinitud simultánea de la no discriminación, de la no dualidad. Cuando el pensamiento se aquieta surge el verdadero conocimiento, se accede a un grado superior de experiencia directa del conocimiento (vijnana) en el que todo es comprendido a través del contacto con lo real, con lo que es.

En el Yoga Vasishtha leemos: “Aquél que comprende que todo el universo no es realmente sino conciencia y permanece calmado, es protegido por la armadura de Brahman; es feliz”. Esta profunda comprensión no se expresa en palabras, su expresión es el cambio mismo de la conciencia, la revolución del ser traspasado por su experiencia directa con la identidad que verdaderamente le expresa. No se trata de negar la realidad ordinaria, tampoco de aceptarla, no es necesaria ninguna actitud, ninguna elección, solamente se trata de ser, de fundirse, de estar absorbido por lo que quiera que acontezca. Desde esta esencial vivencia del ahora, sin mí ni los otros, pero en mí y en todos, la mente se asienta en su discernimiento (viveka), en su inteligencia (budhi), en la realidad del estado despierto, consciente, de la unidad.

El Buda, en su estado meditativo que le llevó al despertar, se fundió con la respiración, con el espacio ilimitado, con la conciencia ilimitada, con la nada, hasta llegar, tras estas absorciones, al estado perfecto de “ni percepción ni no percepción”. En este estado de ecuaniminidad y vacuidad completa, que ni siquiera ha de llamarse estado -pues está más allá de cualquier modificación- extinguió su conciencia individual en la felicidad suprema, indescriptible, del nirvana.

Dirá Nagarjuna: “Cuando la conciencia ha encontrado y se ha aposentado en su destino, entonces la personalidad psicosomática (nama-rupa, nombre-forma) queda impregnada de ella”. Esta conciencia advertida no hay que buscarla fuera, está en nosotros, es ella realmente quien nos reconoce, desde lo más profundo del corazón, donde el amor no puede borrarlo el olvido y el reencuentro es inevitable, pues todo exiliado busca constantemente su hogar, su origen, hasta que lo encuentra. Como al despertar de un sueño comprendemos que éste no fue real, así, en el despertar a la Conciencia Aboluta, al Sí-mismo, a Brahman, a Dios… comprendemos también que esta vida ha sido una ilusión; y así, en esta realidad, superamos las limitaciones del ego y nos asentamos de nuevo en la conciencia de Brahman, en nuestra conciencia más allá de cualquier restricción, absolutamente embarcada en la libertad del ser.

Ya no hay fronteras, ya no queda nada por conocer. Yo soy lo conocido. Yo soy eso. Yo soy, indago en mí desde Mí, desde el Sí. Esta indagación (atma vichara), de puro contacto real, de puro acercamiento, de puro desvelamiento, no tiene límites posibles, la dicha es Dicha constante e infinita. El conocedor me conoce, y en esa entrega, yo ya no soy el que conoce ni lo conocido, soy eso, el Conocimiento, la Conciencia. Oigamos de nuevo el Yoga Vasishtha: “Meditamos en ese Ser inmutable, nuestra realidad, cuya beatitud surge en la mente a causa del estrecho contacto entre el que ve y lo visto”. Sigamos, pues, meditando. Disolviendo cada vez ese estrecho cerco, hasta fundirnos, completamente, en lo que somos y siempre hemos sido: nosotros mismos.

sábado, 5 de septiembre de 2009

Atman

El silencio me habla de lo eterno,

desvela el no ser entre palabras de aire

y su luz me nombra, en la armonía callada del viento,

suavizando, anudando la comprensión total

de lo incomprensible. Y despierto al misterio

y abrazo su conocimiento inabordable,

y en ese no saber, en esa nube sin término,

descubro que ya nada me queda por conquistar

porque soy yo el conquistado, en este rapto de silencio.

Porque soy el alma que su reino alumbra sin recelo, entregada,

imbuida, en este sueño claro que va a dar a la Conciencia.

viernes, 4 de septiembre de 2009

La concentración de la mente

La mente acostumbra a vagar en sus pensamientos, generando actividad, movimiento. Una fuerza, un impulso, quizá llegado del karma, mueve la mente avivando una trayectoria que, como al pedalear un rato la bicicleta y después soltar los pedales, sigue su curso por sí sola. Entonces, si además el trayecto se torna cuesta abajo, el pensamiento, como la bicicleta, se nos vuelve ingobernable, el impacto del freno repentino podría ser desastroso. La mente genera y genera nuevos impulsos, dialoga con ellos, se involucra constantemente en esos monólogos interiores que sacuden la quietud mental, quietud ausente en ese nivel, pero presente en lo más profundo (lo subyacente). El pensamiento es regenerador. Un solo pensar sobra para poner en marcha todo el engranaje del movimiento mental, un nuevo impulso y la velocidad aumenta, el discurso se recobra. Entonces, ¿qué hacemos para instalarnos en la quietud sin conflictos de este tipo?

El silencio mental, estable, supone un trabajo excepcional, pero de inigualable valor cuando se logra. La primera regla es no entrar en lucha con el pensamiento, no formar la dualidad ruido-silencio, no mantenernos en ese combate infructífero. Hay que vencer la dualidad. No es necesario ese diálogo represivo con la mente.

Razonable es, ante ese desequilibrio, encontrar un punto de equilibrio, una base sólida hacia la cual llevar toda esa energía mental. A esto se llama concentración, dhârâna, en sánscrito; que llevará, según Patañjali a la meditación (dhyâna) y a la absorción profunda (samâdhi), cuyo perfeccionamiento y uso apropiado de cada uno de ellos es llamado: samyama, control mental. (Yoga Sutras, III, 4).

Y un punto (objeto) básico que observar es la respiración, el aliento. Algo que sucede sin que nosotros lo provoquemos, siendo, por tanto, una energía espontánea, como la vida misma. La respiración tiene un ritmo, una vitalidad musical. Un suceder coordinado, inteligente. En el texto budista-taoísta T’ai-yi Kin-hua tsong che (Tratado de la Flor de Oro del Uno Supremo) leemos lo siguiente: “Sin hacer rítmico el aliento resulta imposible alcanzar el secreto más profundo”. La energía generadora de pensamientos nos distancia del aliento y observamos luego que el ritmo pierde su armonía. Al observar el aliento, al hacernos uno en él, recordamos su ritmo latente, ese manantial de paz sobre el cual reposamos la mente. Leemos también en el Tratado citado: “Tras un trabajo consecuente de cien días, la luz se vuelve pura: entonces puede emprenderse el trabajo con el Fuego del espíritu”. En este texto se nos dan dos objetos de concentración: la respiración (como base) y el entrecejo (como centro al que enfocar la energía, “campo de fuerza y de luz”). Ya sea el entrecejo, el corazón, todo el cuerpo, todos los chakras, de forma simultánea o escalonada, de forma selectiva o enfocando la concentración en el punto que se manifieste en forma de dolor, sensaciones, percepciones, etc. La clave de esto es la capacidad que tenemos para ser dueños de nuestra propia energía y que no sea ella la dueña de nosotros. Entender la capacidad propia –con la atención- de establecer el foco, y reposar ahí, penetrando –conociendo en profundidad- la vasta intensidad de luz que el foco desvela. Actuar al observar, al apuntar la mirada, pero ser pasivos en el proceso de observar, como espectadores. Activos al impulsar el arco. Pasivos al mirar el recorrido de la flecha.

Con la respiración enfocada en atención constante (la acción de la no-acción), dejamos de reimpulsar el movimiento del pensamiento (de la distracción) y mantenemos su quietud controlando los impulsos mentales, sin forzar, recordando solamente -cuando perdamos la atención- que debemos volver a establecernos ahí, en la quietud enfocada. Así el silencio mental se convierte en un bálsamo de paz absoluta, de dicha meditativa capaz de desvelarnos nuestra naturaleza original, de llevarnos a ella. La contemplación permanente, como se nos advierte en el Tratado de la Flor de Oro, es fluida y sutil: “La contemplación fijante es necesaria: produce la fijación de la iluminación”. Fluida y sutil, su centro es la libertad más pura, una libertad inteligente, es decir, amorosa. “Por eso [leemos en este Tratado] los discípulos deben tender a ello con corazón sincero”.

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