lunes, 31 de agosto de 2009

El maestro interior

El maestro interior, es decir, uno mismo, sabe –ante todo- que su relación con Dios –en última instancia- ha de ser directa, sin intermediarios. Esto puede darse como examen de conciencia, experiencia mística, revelación, intuición; o de otras múltiples formas. De esta manera, llegará a una conexión más pura con la verdad. El maestro interior tiene la última palabra. Él es quien procesa la información obtenida, él es quien interpreta, capta, concibe la verdad que le han intentado trasmitir. Él es el único que puede tomarla como verdadera o dejarla a un lado. Su conciencia.

Pero quizá no convenga distinguir entre tú, yo, el otro… pues todos somos uno, el Uno. “Sólo aquello que el Uno quiere puede ser en verdad agradable para cualquiera”, dijo Krishnamurti. No importa si yo me equivoco o si es el maestro “exterior” quien se equivoca. O si yo acierto o mi maestro acierta. Se trata –únicamente- de ver claramente, de distinguir lo real de lo irreal. El verdadero maestro es Yo, Brahman.

A menudo los buscadores espirituales hacemos esta petición procedente de una upanishad: “Condúceme de lo Ilusorio a lo Real, de la Oscuridad a la Luz, de la Muerte a la Inmortalidad”. La búsqueda está presente en el buscador, hasta que finalmente se disipa el sentimiento de búsqueda, incluso de ser el buscador. “Yo soy”, sencillamente nos decimos, sobran los atributos.

Más allá de las fronteras de la ilusión está la realidad, abierta e infinita. ¿Cuándo veremos claramente la realidad? ¿Seguimos esperando a despertar? ¿Creemos que nunca lo conseguiremos? ¿O que, sí, algún día, pero lejano, llegará la iluminación? Posponer es un error, sólo hay presente, sólo desde el presente actuamos y aprendemos. Sólo desde el presente llegaremos al despertar espiritual, a la iluminación, a la liberación. ¿Entonces, a qué esperamos? ¿Por qué dejamos para mañana lo que podemos hacer hoy?

En verdad, no hay enseñanza que aprender. No hay ningún guión preestablecido de la realidad, de la verdad. Todo se está haciendo. Todo está surgiendo en este mismo instante, nuevo y total. No hay ningún dharma que no sea lo que yo estoy viendo ahora. En el capítulo I de la Ribbhu Gita leemos esto: “No hay ningún dharma, ninguna pureza, ningún concepto de verdad, ningún miedo. Puesto que sólo el Brahman es, ten la certeza de que no hay ningún no-Sí mismo”. Y esto otro: “El Gurú, en verdad, no existe; verdaderamente, no hay ningún discípulo. Puesto que sólo el Brahman es, ten la certeza de que no hay ningún no-Sí mismo”.

Ten la certeza de que tú eres tu verdadero maestro, de que solamente tú puedes conocer a Dios, a Brahman, y no necesitas de más intermediarios que tu propia conciencia puesta en observancia. Si tienes alguna duda, pregúntate que haría el Maestro en tu lugar. ¿Qué harías ahora si participases claramente de la Conciencia de Brahman, del Maestro?

En el “Ken Upanishad” leemos: “Si crees conocer bien al Brahman, entonces sabes muy poco de él, porque la forma de Brahman que ves como condicional en todos los seres no es más que una nimiedad. Así pues, deberías indagar más sobre el Brahman. Yo no creo conocerle, ni creo no conocerle, y no obstante le conozco. El que sabe que Él es distinto de lo conocido y de lo desconocido, ése Le conoce”. Es, y, la comparación es mínima, como intentar conocer el universo mirando la inmensidad que ante nuestros ojos se descubre. Más allá de lo que nuestros ojos ven del universo se esconde una inmensidad excepcional. Lo mismo ocurre a mucha mayor escala si cabe con Dios. Si nosotros somos Brahman, si el universo es Brahman, si aquello que ni siquiera concebimos que forme parte del universo -porque lo desconocemos- es Brahman, entonces, al menos, la humildad de conocedor de lo divino puede guardar silencio y enamorarse –en rapto místico- del misterio de su Amor. “Aquel que Le realiza [dice el Ken Upanishad] en cada latido (bodh) de conocimiento y consciencia, ése alcanza la inmortalidad”. La luz del conocimiento brilla intensa en el corazón de quien la realiza. Llegamos a la Luz y la certeza se proclama. No hace falta convencernos –ni que nos convezcan- de ello. En cada respiración, en cada latido del ser, cuando la Unidad se manifiesta, se disipa todo sentimiento de dualidad. No hay elección. No hay mal ni bien enfrentados. El camino correcto está por encima de la moral, de la ética. Es un camino sagrado. No sé trata de definir, de conceptualizar, de llegar a una teoría legítima y lógica de Dios. Se trata de vivirlo intensamente. De experimentarlo. Y esa experiencia no te la puede dar ningún otro maestro que no sea el Maestro (Dios, Brahman, Babaji, el Padre, el Amado, etc.)

En el “Atma Bodha”, Adi Shankara manifiesta que “sólo a causa de la ignorancia el Ser aparece como finito. Cuando la ignorancia es destruida, el Ser, que no admite ninguna multiplicidad, revela verdaderamente su Ser por Sí Mismo, como el sol cuando las nubes se apartan”. En esa Unidad manifiesta de todas las cosas, interiores como exteriores, vemos más allá de sentimientos de agrado o desagrado, pues se elimina toda identificación egoísta. En el trabajo basado en la acción consciente para habitar en el estado de unidad (kriyayoga) nos limpiamos de impurezas e ilusiones, ignorancias, apegos e insatisfacciones, entregando nuestro trabajo, nuestro servicio, nuestras ofrendas, a la Conciencia Superior, para regresar a ella, como quien regresa a su hogar, tal que Ulises, después de la batalla épica, para volver a reinar el Yo, el Atman, con la sabiduría de la experiencia, pero, sobre todo, con la sabiduría de haber seguido siempre una voz interior cada vez más sonora y profunda, que nos desveló el camino hacia nosotros mismos, hacia el Ser, hacia la Verdad.

jueves, 27 de agosto de 2009

La percepción de la totalidad

A menudo aparece la cuestión de si en la meditación hay que enfocar la mente de una determinada forma, si hay un modo correcto, el más correcto, de hacerlo. Yo considero que no. La meditación, que es el acceso a la libertad más pura, ¿cómo podría limitar un modo de acción preestablecido? Sin embargo, hay, por decirlo así, consejos, de meditadores que basándose en su propia experiencia, apuntan ciertas orientaciones, no para tomarlas al pie de la letra sino para que comprobemos por nosotros mismos la efectividad de la misma, y de serlo, que la apliquemos en nuestra meditación, siempre con libertad y espontaneidad, sin sometimiento alguno. En el Kausitaki-Upanishad leemos: “El prana es el Brahman”. Esta percepción directa y natural (la del aire que respiramos) nos lleva al reconocimiento de que ello nos da la vida y que por tanto el aire es la vida, el dios o el Brahman. Meditar desde el aliento vital fue también la técnica sublime con que el Buda se iluminó. Como señala Ajahn Buddhadasa: “la vigilancia a través de la respiración nos permite completar cualquier verdad natural importante mientras inspiramos y espiramos”. Añadimos una nueva palabra: vigilancia. Que equivale a atención (sati). Que equivale a meditación (dhyana). A ser conscientes de lo que ocurre y podemos experimentar.

En el upanishad citado leemos también: “Yo soy el prana con naturaleza de conocimiento”. Brahman es el prana, luego yo también lo soy, puesto que experimento constantemente el prana. Esta percepción constante del aliento vital nos lleva sin duda al nirvana. ¿Cómo dirigir un barco sin timón? Estando en nosotros, en lo que en nosotros acontece es estar en el prana, mirar desde el prana. De esa percepción primera se llega a todo lo demás. En el Anapanasati Sutra, Buda nos enseña a respirar mientras nos damos cuenta del propio cuerpo, de nuestros sentimientos y mente; y de la atención a lo que ocurre, al efecto de ello: la impermanencia y cesamiento de cada inhalación y exhalación, y de cada ciclo de respiración. Vemos, ciertamente, desde nosotros, que algo comienza para terminar y que algo termina para volver a comenzar.

He aquí un pensamiento de Sri Shankaracharya: “El hombre sabio, en la grandeza de su conocimiento y discriminación espiritual, ve el Si mismo como la única realidad, y considera: yo soy Brahman”. Al conocer lo real, discriminamos lo que es sin necesidad de acceder a lo que no-es, la ilusión de la mente no tiene ya lugar en el hombre despierto, que despierta a la visión de su ser natural. Subido en esa visión natural observa los objetos superfluos que pueden originarse siendo espectador sapiente de su necesaria cesación, de su vacuidad. En el ascenso y descenso del prana, no cabe caída alguna, cuando el espectador sube y baja, conscientemente, con él (con su respiración). Shankaracharya habla del hombre ignorante, quien piensa yo soy el cuerpo; y del hombre inteligente, que piensa yo soy un alma individual unida con el cuerpo; pero es el hombre sabio el que ve más allá, quien sabe que tanto el hombre-materia como el alma individual son la misma ilusión. El hombre sabio participa del prana que lo anima todo, y su ánima no puede estar por tanto separada, sino serlo todo. He aquí uno de los misterios de la percepción, aparentemente limitada por el foco, pero realmente abierta a la totalidad.

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