Misterios cotidianos

La brisa de la gracia divina sopla para todos,
pero para sentirla tenemos que desplegar la vela.
Ramakrishna


Estar abierto al misterio nos ayuda a percibir el instante como algo impredecible. Supone tener la confianza de que algo nuevo puede pasar, esa certidumbre inquieta de aceptar lo inesperado como signo necesario de nuestro aprendizaje vital. Estar encerrados en convicciones perennes nos aleja de la comprensión de aquello que suponemos distinto o impropio de nosotros. Pero nada nos es ajeno, todo cuanto vemos a nuestro alrededor nos concierne, nos toca de lleno.

La voluntad de acercarse a esa región inhabitada que se nos presenta en el escenario de nuestra existencia es el primer paso para comenzar a establecer un vínculo de conocimiento con lo extraño. Nosotros elegimos que el vislumbre de lo extraño se convierta en luz acompañante o en sombra despedida. Pero –al menos- es legítimo y casi obligado acercarse –aunque sólo sea pasando inadvertidamente de largo- por el foco del enigma, sin llegar a cegarnos.

En el saber científico hay que experimentar lo que en principio es sólo una hipótesis. En el saber de la vida acostumbramos a construir teorías de las hipótesis, desde la distancia, con sólo una sospecha, sin ningún indicio irrefutable. Por ello, el misterio siempre será misterio, pero algo cambia en nuestra manera de abordarlo cuando nos dirigimos a observar su geografía.

Cuando queremos ver el secreto descubrimos nuestro amor por la vida, nuestro anhelo de experimentar más allá de lo conocido, en busca de nuevos continentes de enigmas y quimeras. Cuando algo nos sorprende, cuando algo sacude el esquema rígido de nuestras vidas, es porque estamos en buena disposición –como un niño, como un joven aprendiz lleno de vida- y se produce una auténtica revolución interior. No hay que tener miedo. Porque el verdadero misterio no deslumbra, ilumina.

Oración de Gratitud

(Dedicado a Babaji)

En el aire que respiro
veo la luz silenciosa
y el sonido certero
del amor Tuyo

En Ti, mi Dios,
descanso con gratitud y sosegado,
lleno de dulces melodías interiores
que bañan mi conciencia
de quietud pura y confortable

Por Ti, mi Señor,
hay verdad en la entrega,
paraíso en la renuncia,
visión en la noche oscura
y destellos de gozo
calmos y constantes

Tan real como la luz del sol
es el amor cálido y fiel
en que me arropas
cuando entrego mi esperanza
y todo cuanto soy
al bondadoso fulgor
de Tu Sagrado Nombre

Sea así, siempre, mi Señor,
el amor que siento por Ti
una llamada hacia las puertas
de Tu misterio.

Porque oigo Tu voz y Tu gracia
en cada latido que en Ti respiro
y en cada segundo de alegría
en que contigo amanezco.

Sea así, por siempre, mi Señor,
Tu voz y mi palabra
dichosamente
encontradas.

Conciencia, iluminación y energía vital


La conciencia es un universo; su sol es el amor.
Henri Fréderic Amiel

El sol de la vida abre nuestros corazones. El hálito de la respiración nos sumerge en la vivencia consciente de nuestro ser, nos alimenta de energía vital e inspira una realidad animada en la que habitamos tratando de hallar aquello que nos conecta con un estado más pleno de nuestra existencia.

La conciencia es una verdad sin límites, un tesoro del hombre que canaliza sombras vedadas y luces detenidas. La conciencia pone en movimiento el renacer de lo que somos, instante a instante, nos transporta al conocimiento e interpretación del mundo, integrados en el lenguaje o en el silencio, la capacidad de comprensión se expande y nos arroja al encuentro con el paraíso de nuestra identidad.

Todo instante, todo movimiento, todo fenómeno, es una revelación. Lo infinito cognoscible se destila en la quietud del saber. Supimos cosas increíbles a lo largo de nuestra vida, buenas o no tan buenas, que nos cambiaron por siempre, que nos hicieron ser otros. Se abrió una nueva dimensión del percibir, un nuevo paradigma de interpretación que en su crecimiento y renovación constante hizo de nosotros asumir la virtud de la experiencia.

Un viaje en el que nunca perdemos lo esencial, aquello con lo que ya vinimos, es la vida. Una conciencia recobrada, en el sentido de la reminiscencia platónica, y una conciencia activa, agente, generadora, en el sentido de Anaxágoras. La razón –entendimiento, ‘nous’- genera el tiempo, como argumentaron los idealistas; y el tiempo –dirá Ockam- genera la verdad. Lo que existe es tal porque lo vemos, lo que conocemos es lo existente y lo desconocido no existe en la conciencia, en el centro individual del universo: uno mismo. Conocer es recordar, en el plano de la conciencia cósmica, porque siempre ha estado ahí.

La conciencia individual se va fundiendo con la conciencia total, cósmica o eterna. Caminamos en busca de un tesoro perdido, al encuentro de nuestra identidad completa: la ‘supraconsciencia’. El espíritu nunca muere, leemos en la Bhagavad Gita; es inmutable. La conciencia de la muerte y el cambio forma parte de ‘maya’, la ilusión, aquello que trae el mundo fenoménico ordinario de la vida física. El camino espiritual consiste en volver a conectar con nuestra parte eterna, con lo Eterno. La iluminación es el estado –o sustrato- del ser esencial, totalmente conectado con la Fuente. Un estado puro, original, de conciencia plena.

Nuestra energía vital es potencialmente infinita. En Reiki distinguimos entre energía vital y energía universal. La canalización es el paso de la energía universal a través de nuestra energía vital. Sin embargo, esta distinción es inexacta pues ambas energías son la misma, como una gota de agua del océano y el océano en toda su extensión. Nosotros somos esa gota que forma parte de ese Todo y que en Él es indistinguible.

La ilusión del ‘yo’ (ego), nos hace olvidarnos de ese mar en el que fluimos al unísono con la existencia múltiple del cosmos. Nombre y forma (‘nama’ y ‘rupa’) son inquisitivos, nos animan a negar esa indistinción, quizá por temor, y a camuflarnos con identidades ilusorias. Tiempo y espacio forman parte, al segmentarlos, de esa confusión que nos desliga de la Fuente. Tiempo y espacio son Uno en consonancia.

El aliento vital, (energía, chi, prana…), es la conexión entre el uno ilusorio y el Todo. La respiración es la raíz que arraiga al ser con la vida. Un fenómeno que descubrimos al hacernos conscientes del proceso, totalmente, y que finalmente deja de ser fenómeno y pasa a llamarse Eso. Pasa a ser algo de nuestro interior que no ocurre, sino que es, ha sido y será, por siempre.

Al comprender el proceso de la iluminación en toda su extensa realidad, nos damos cuenta de que siempre estuvimos ahí y que –quizás- vimos la película del recuerdo de nuestro propio olvido. Así, finalmente, el olvido se disipa, y volvemos a ser el que somos, el que siempre hemos sido.

Con humildad y con amor el avance es tan intenso que la rapidez del viaje nos colma de bendiciones, gratitud y felicidad. El arduo viaje se torna en dicha al comprender que somos hijos del sol del amor. Criaturas que aprendieron el sufrimiento como viaje iniciático hacia una gracia purificada y sanadora. Criaturas preparadas para sanar el sufrimiento de sus prójimos con la misma dedicación y alegría que la posibilidad de sanarse a uno mismo, porque al sanar a nuestro prójimo la fuerza de la compasión hace que nuestro prójimo nos sane a nosotros. El amor es recíproco y desinteresado. La reciprocidad no es un motor que hemos de activar sino que se activa por sí solo al actuar de forma consciente con la humildad generosa del amor sin condiciones.

Dirá Swedemborg que “la conciencia es la presencia de Dios en el hombre”. La dicha de la existencia consciente es el oro derramado a lo largo de nuestro camino. Así que solamente tenemos que dar forma al oro y entregar sortijas de amor y verdad. Una vida consciente –y coherente con esa consciencia- es un billete hacia la inmortalidad. La ofrenda da sentido a lo que hacemos, la gratitud da sentido a lo que tenemos y la vida –por sí misma- da sentido a lo que somos.

El camino espiritual de la meditación y el silencio



“El silencio es la oración”, reza el Atma Puya Upanishad. Y, realmente, poco más necesitamos para llegar al conocimiento de lo esencial. En una oración ordinaria, verbal, nos escuchamos a nosotros mismos; son las palabras, el lenguaje, lo que desea comunicar con lo Supremo. Y el lenguaje está limitado, es un instrumento para usar entre humanos, pero no para comunicar con lo divino.

‘Oración’ (del lat. oris-ratio: ‘la boca que razona’) podría definirse como “la razón expresada por medio de la boca o de las palabras” y ‘palabra’ (del lat. parábola gr. Parabolé: ‘compración’, ‘símil’) no es más que una imagen que suplanta al objeto, es decir, un presupuesto subjetivo de lo real.

Por tanto, el acceso a lo real se nos escapa al ser interiorizado en lenguaje, como entendería Lacan, lo real no-es, o no puede comprenderse. Lo real es la nada.

He aquí una palabra, ‘nada’, de gran trascendencia filosófica, convertida en un ‘ismo’ por autores como Schopenhauer o Nietzsche. Y es que el nihilismo supone la gran desembocadura del pensamiento filosófico moderno y posmoderno. El ‘ismo’ de la existencia, según Sartre, radica en la aceptación de la nada frente a lo trascendente o metafísico. Recordemos la obra clave sartriana de la formulación del existencialismo: “El ser y la nada”.

¿Qué puede hacer el ser frente a la nada? ¿Qué puede hacer ‘algo’ frente a algo que es ‘nada’? ¿Qué puede explicarnos que de la nada surja algo? ¿Qué sentido tiene ser algo para ser luego ‘nada’?

Aquí tenemos la gran dicotomía del sentido de la existencia: idealismo-materialismo. Lo esencial frente a lo accidental.

El ser-esencial de Parménides frente al ser-accidental de Heráclito. El ‘todo es’ frente al ‘todo cambia’.

El budismo asigna dos cualidades de la existencia que niegan la esencia. La característica del no-ser o no-alma (anatman) y la impermanencia (anitya).

El budismo no habla de la nada sino del vacío (sunya). Véase el Sutra del Corazón. Y hay una gran diferencia. La nada es intransitable, pero en el vacío se puede entrar, afortunadamente.

[continúa...]

Leer el artículo completo en: http://www.slideshare.net/jmjosnop/el-camino-espiritual-de-la-meditacin-y-el-silencio

Palabras de Maitreya



1

He nacido en el amor. Soy hijo del amor. Mi Padre canta a la nada y a los vientos de nadie. Mi Padre canta a los vientos para que el mundo no enmudezca ni derrame lágrimas de desconsuelo.
Hoy he llorado. He llorado por el mundo. He llorado por las lágrimas del mundo.
Hubo un tiempo en que siempre era de día. No existía la noche ni el temor a la noche. No existía la oscuridad ni las sombras. El Sol era el corazón de mi Padre y no había nada que pudiera ocultarlo.
¿Quién canta ahora –tan de cerca- esa canción oscura que Le hace llorar?
Viajo ahora hacia esa oscuridad callada, para llenarla de luz y amor, para aliviar el llanto compasivo de mi Padre.
Viajo ahora hacia la tierra del dolor, para sembrar en ella las semillas de la esperanza.

2

El corazón escucha latir tu regreso, Maitreya.
Se ha dicho que somos lo mismo, se ha escrito
que eres la presencia del Atman hecho luz,
una luz que brilla en tu mirada transparente.
Maitreya, con tu venida, por fin he de ser idéntico a ti,
ya mi nombre ilusorio quedará atrás...

3
Yo no tengo nombre, pero Maitreya me llaman.
Yo llamo a Maitreya, porque yo no tengo nombre,
y a él escucho, cada día, cada instante, en todos los nombres.
Cada rostro, cada mirada anuncia el nuevo día.
Cada instante es el instante del despertar.
El despertar de Maitreya.
El despertar de quien no tiene nombre.

...

Despertar de la conciencia mística


Él me muestra el mundo tal como es, dirige mis pasos lentamente por el camino del amor, me guarda entre sus brazos de luz y calor y me enseña la quietud del silencio, el soplo misterioso de la vida, la honda exhalación del ser en reposo y consciente de su crepúsculo interior.

Él camina a mi lado, dentro y fuera del aire del mundo, en suave armonía, con la paz de haber llegado al destino final del sagrado enigma. Él agita mi dolor y lo transforma en gratitud, en comprensión.

Su presencia vibra en beatitud, Su palabra callada dice verdades supremas, Su sonrisa aquieta el desasosiego y transforma la fatigada búsqueda en sublime llegada a la casa del ser, sin lenguaje, sin palabras, con la certidumbre inexplicable y revelada del íntimo e infinito existir.


Entradas al azar

Entradas populares