El ser no condicionado

Ni tiempo, ni espacio, ni movimiento… He ahí la naturaleza del ser no condicionado. Sin nombre, ni forma, sin sueños ni divisiones del nombre ni de la forma. Sin reposo ni urgencia, inconmovible y activo, fijo y suspendido, en todo sujeto y a nada preso, como una ola del mar, apasionada en su extinción. He ahí la naturaleza del ser no condicionado. Tenso en el reposo, reposado en la resistencia. Estable entre las inclemencias, clemente y compasivo ante el odio o el sufrimiento, como una llama de cobijo o un súbito frescor de ternura, acompasando silencios y palabras, cumbres y abismos más allá del vértigo o del azar sin respuesta. Ni tiempo, ni espacio, ni movimiento… No hay condición alguna para el ser que mueve libre las alas en su perfecto instante de vida.

En la cumbre del ser y la conciencia que le atestigua, todo ya está hecho. La luz de la verdad no declina, y el alma del viento conoce por siempre el canto de su dicha naciente. He ahí la naturaleza. He ahí el ser no condicionado que alumbra la morada profunda de la conciencia. Sin estado posible que lo separe de su estatura inefable, porque unificado en todos no está en ninguna parte; y en todas presente.

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