El mundo y yo somos uno

La verdad es cierta en este instante en que todo se hace uno. El mundo y yo nos mezclamos como dos gotas de agua en el océano de la existencia. Nada hay que esté fuera del pulso de la vida, y recorro sobre su ritmo estaciones de silencio sonoro que me hacen comprender y conocer la voz secreta que graba la conciencia en los instantes de la contemplación ecuánime, vacía, no enturbiada por nada, segundo a segundo liberándose, haciéndose por momentos más clara y simple.

Todo es simultáneo y agradablemente sencillo. El despertar nunca quedó lejos. Abro los ojos y despierto a la vida, como a una suave canción con la que fluyo sin temor, guiado por la armonía y los compases de su perfección desvelada que envuelve en su continuidad y nos va transformando con su rotunda diversidad de acordes y enigmas del sonido, cobrando dentro de mí la exacta proporción de su maravilla.

No hay esfuerzo en la comprensión. El río está calmado. Nada hay que me impida bañarme en él. Y vivir esa experiencia con la única intención de estar en ella, sin otra distracción que ese momento en que fluyo y me expando en la realidad de mi ser integrándose con el mundo.

Ya nunca podré olvidarlo: el mundo y yo somos uno.
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