El milagro de existir

Existe la certidumbre de la vida oscilante, el nunca regresar al mismo sitio y el ver los años pasar por diversos mundos paralelos que se integran en la única vivencia real que podemos poseer: el ahora. Pero también esta posesión constante se trueca en ilusoria al escaparse como la arena entre las manos, dejándonos entre la duda y en la espera de una nueva verdad tangible que llevarse a la experiencia. Todo vuelve al silencio del olvido: las estructuras, los modos y reglas, hábitos y pasiones instaladas, melancolías y sueños de futuro: todo varía, se transforma imperceptiblemente hasta que un día descubrimos que transitamos territorios diferentes, imágenes que volver a poblar de interpretaciones y nuevas sabidurías aceptadas como actuales premisas para configurar un rumbo certero hacia lo que esté por venir.

Así va pasando el tiempo, hasta que el silencio rimado con la presencia atenta del proceso de existir, sentir, pensar o percibir se vuelven uno con el ser que habita todos los fenómenos de la experiencia propia y posible. Chuang Tse expresó lo siguiente: “El Cielo, la Tierra y yo nacimos al mismo tiempo; y toda la vida y yo somos uno”. Esta comprensión, advertimos finalmente, envuelve todo entendimiento en un único ritmo que configura toda la experiencia, llegando así la dicha de la sabiduría perenne, viendo que nada puede faltar, que somos todo lo que es, que siempre hemos sido ese ser que habita el Ser que se manifiesta en el camino, otorgándonos ser partícipes del milagro de la creación, experimentando en nosotros todo ese milagro. Siendo, en conclusión, nosotros, el gran milagro que se ha de descubrir: que está ya en nosotros, totalmente accesible, abiertamente realizable, abarcándolo todo. En cualquier parte se está expresando el milagro de existir.

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