La percepción de la totalidad

A menudo aparece la cuestión de si en la meditación hay que enfocar la mente de una determinada forma, si hay un modo correcto, el más correcto, de hacerlo. Yo considero que no. La meditación, que es el acceso a la libertad más pura, ¿cómo podría limitar un modo de acción preestablecido? Sin embargo, hay, por decirlo así, consejos, de meditadores que basándose en su propia experiencia, apuntan ciertas orientaciones, no para tomarlas al pie de la letra sino para que comprobemos por nosotros mismos la efectividad de la misma, y de serlo, que la apliquemos en nuestra meditación, siempre con libertad y espontaneidad, sin sometimiento alguno. En el Kausitaki-Upanishad leemos: “El prana es el Brahman”. Esta percepción directa y natural (la del aire que respiramos) nos lleva al reconocimiento de que ello nos da la vida y que por tanto el aire es la vida, el dios o el Brahman. Meditar desde el aliento vital fue también la técnica sublime con que el Buda se iluminó. Como señala Ajahn Buddhadasa: “la vigilancia a través de la respiración nos permite completar cualquier verdad natural importante mientras inspiramos y espiramos”. Añadimos una nueva palabra: vigilancia. Que equivale a atención (sati). Que equivale a meditación (dhyana). A ser conscientes de lo que ocurre y podemos experimentar.

En el upanishad citado leemos también: “Yo soy el prana con naturaleza de conocimiento”. Brahman es el prana, luego yo también lo soy, puesto que experimento constantemente el prana. Esta percepción constante del aliento vital nos lleva sin duda al nirvana. ¿Cómo dirigir un barco sin timón? Estando en nosotros, en lo que en nosotros acontece es estar en el prana, mirar desde el prana. De esa percepción primera se llega a todo lo demás. En el Anapanasati Sutra, Buda nos enseña a respirar mientras nos damos cuenta del propio cuerpo, de nuestros sentimientos y mente; y de la atención a lo que ocurre, al efecto de ello: la impermanencia y cesamiento de cada inhalación y exhalación, y de cada ciclo de respiración. Vemos, ciertamente, desde nosotros, que algo comienza para terminar y que algo termina para volver a comenzar.

He aquí un pensamiento de Sri Shankaracharya: “El hombre sabio, en la grandeza de su conocimiento y discriminación espiritual, ve el Si mismo como la única realidad, y considera: yo soy Brahman”. Al conocer lo real, discriminamos lo que es sin necesidad de acceder a lo que no-es, la ilusión de la mente no tiene ya lugar en el hombre despierto, que despierta a la visión de su ser natural. Subido en esa visión natural observa los objetos superfluos que pueden originarse siendo espectador sapiente de su necesaria cesación, de su vacuidad. En el ascenso y descenso del prana, no cabe caída alguna, cuando el espectador sube y baja, conscientemente, con él (con su respiración). Shankaracharya habla del hombre ignorante, quien piensa yo soy el cuerpo; y del hombre inteligente, que piensa yo soy un alma individual unida con el cuerpo; pero es el hombre sabio el que ve más allá, quien sabe que tanto el hombre-materia como el alma individual son la misma ilusión. El hombre sabio participa del prana que lo anima todo, y su ánima no puede estar por tanto separada, sino serlo todo. He aquí uno de los misterios de la percepción, aparentemente limitada por el foco, pero realmente abierta a la totalidad.

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