Dichosa quietud

Es en la quietud donde reposa lo absoluto, hallándose la mente apaciguada y serena, recogida en un bello ensimismamiento de claridad. Pero la quietud necesita de un destello de movimiento para que aflore el ritmo espiritual (la respiración), pues como expresa una frase taoísta: “La quietud en la quietud no es la verdadera quietud” (Ts'ai Ken t'an). Yin necesita de yang como la noche del sol para poder completar su círculo perfecto de vida. No hablamos de una quietud circunstancial sino de una quietud que asume lo circunstancial de las cosas, elevándose sobre ellas. Es decir, a pesar del ruido de afuera (el mundo) o de dentro (la propia mente) es posible reposar en -observar desde- la quietud intrínseca que todo lo impregna y en la cual penetramos fácilmente a través de la meditación.

Nunca puede ser difícil llegar a la quietud, porque el meditador comprende que ya está allí y solamente tiene que posarse sobre ella, al igual que se posa la cabeza sobre una suave almohada. Esa almohada de agradable quietud es el aire que respiramos, el aliento vital con el cual conectamos conscientemente. Como dijo Peter Matthiesen: “En este preciso aliento que ahora tomamos yace el secreto que todos los grandes maestros tratan de transmitirnos”. La respiración nos conecta con la vida, alimenta al espíritu en este viaje de mortal ritmo aéreo, comprendiendo, que es con ella, con la respiración, con quien partimos inmortales hacia ese mar de lo eterno que es el fluir del alma en su dichosa quietud meditativa.

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