La experiencia mística


Cuando ya todo es un sentir constante, una visión entregada, sin restricciones, un aliento unido con lo Absoluto, el corazón brilla placentero, conociéndose en una observación unitiva, donde cuerpo, mente, emociones y espíritu brotan por sí mismos, sin esfuerzo alguno, expectantes del instante y de la gozosa semilla que recogen en esta vivencia que parece eterna, en la que tiempo y lugar no tienen cabida.

El cuerpo está en no se sabe dónde, iluminado por un sol de percepciones inauditas. La mente ha sido penetrada por el vacío, un silencio único que parece sinfonías angélicas. Las emociones se multiplican y evaporan en cuestión de segundos, para volver a sentir otra oleada de sutiles sensaciones incontrolables.

Y el espíritu… el espíritu se llena de lo inmenso, en un éxtasis de gratitud, inconmensurable, de gracias derramadas y de verdades reveladas. El Ser, en definitiva, todo uno, comprende su dimensión infinita, sublime, indescriptible; y descansa dichoso sabiendo que se ha entregado a la más alta experiencia posible, que solamente podrá ser rebasada por la siguiente.

No hay duda, como sentenciase Lope de Vega, “esto es amor”; y “quien lo probó lo sabe”. Mejor guardar entonces el silencio de la espera inquieta y mágica de los amantes, pues, ya lo dijo Kabir: “¿De qué sirven las palabras
cuando el amor ha embriagado el corazón?”.


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