Misterios cotidianos

La brisa de la gracia divina sopla para todos,
pero para sentirla tenemos que desplegar la vela.
Ramakrishna


Estar abierto al misterio nos ayuda a percibir el instante como algo impredecible. Supone tener la confianza de que algo nuevo puede pasar, esa certidumbre inquieta de aceptar lo inesperado como signo necesario de nuestro aprendizaje vital. Estar encerrados en convicciones perennes nos aleja de la comprensión de aquello que suponemos distinto o impropio de nosotros. Pero nada nos es ajeno, todo cuanto vemos a nuestro alrededor nos concierne, nos toca de lleno.

La voluntad de acercarse a esa región inhabitada que se nos presenta en el escenario de nuestra existencia es el primer paso para comenzar a establecer un vínculo de conocimiento con lo extraño. Nosotros elegimos que el vislumbre de lo extraño se convierta en luz acompañante o en sombra despedida. Pero –al menos- es legítimo y casi obligado acercarse –aunque sólo sea pasando inadvertidamente de largo- por el foco del enigma, sin llegar a cegarnos.

En el saber científico hay que experimentar lo que en principio es sólo una hipótesis. En el saber de la vida acostumbramos a construir teorías de las hipótesis, desde la distancia, con sólo una sospecha, sin ningún indicio irrefutable. Por ello, el misterio siempre será misterio, pero algo cambia en nuestra manera de abordarlo cuando nos dirigimos a observar su geografía.

Cuando queremos ver el secreto descubrimos nuestro amor por la vida, nuestro anhelo de experimentar más allá de lo conocido, en busca de nuevos continentes de enigmas y quimeras. Cuando algo nos sorprende, cuando algo sacude el esquema rígido de nuestras vidas, es porque estamos en buena disposición –como un niño, como un joven aprendiz lleno de vida- y se produce una auténtica revolución interior. No hay que tener miedo. Porque el verdadero misterio no deslumbra, ilumina.
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