La brújula del despertar (Libertad y destino)


Existir supone ensayar. Y ensayar supone equivocarse, aprender de los errores, corregir y seguir ensayando. Resulta difícil reconocer el equívoco. Podemos caminar inconscientemente por un sendero incorrecto, finalmente nos damos cuenta, cuando nos percatamos de que ese sendero no nos lleva a ningún sitio, de que solamente nos está produciendo sufrimiento, ansiedad, desorientación existencial. Entonces tratamos de encarrilar, de advertir los pasos mal dados para encauzar el tránsito. Nunca es tarde, ni siquiera cuando la fatiga nos impide el ánimo para desentrañar la madeja de la confusión.


Nunca es tarde si mantenemos, aunque sólo sea, un ápice de confianza.


No hay pasos baldíos completamente, todo nos muestra una enseñanza, incluso el error, o quizás el error sobre todo. El error nos muestra la certeza de nuestra naturaleza humana más instintiva. Aquella que nos conduce a equivocarnos en pos de nuestro beneficio superviviente, egoísta. El instinto del deseo nos lleva a querer aquello que nos producirá un placer instantáneo, son los sentidos los que dirigen la mente hacia el deseo, no la conciencia.


La conciencia queda dormida cuando despiertan los sentidos.


Para los budistas la mente, como la vista o el oído, no deja de ser un órgano más de percepción. Un agregado (artificial) de nuestra naturaleza (real). Los sentidos tienen una función proyectiva-objetual. Es decir, hay ojo para aprehender los objetos visuales, hay oído para aprehender los objetos sonoros… Nuestra naturaleza humana (samsárica) no es más que una estructura interior diseñada para organizar (percibir, samjna) lo exterior. Y de esa percepción surge una conciencia (vijnana) de los objetos eternos. Una memoria, un reconocimiento, una interpretación. Un error.


Recuerdo ahora el método budista para la correcta visión: la cuarta Noble Verdad o del Óctuple Sendero. El método para la liberación a través de la visión correcta. La forma de adelantarse al error, la forma de ir directos a la verdad. Pero esta visión correcta, en su teoría, no deja de ser puro idealismo, pura teoría. Un código ético-fenomenológico cuya puesta en práctica comprende un inmenso mar también lleno de dicotomías ensayo-error. Este inmenso mar se llama ‘dhyana’ (meditación).


Sin embargo así son los caminos del mundo, nadie nos puede asegurar que siguiéndolos lleguemos al destino correcto, porque, finalmente, siempre es uno mismo, uno solo (y sus circunstancias) el que camina. Y solamente él tiene la brújula de su alma.


Es bonita esta libertad, no hay por qué tener miedo a perderse. Mirando hacia dentro la brújula siempre nos vuelve a marcar el camino, mirando hacia dentro nunca nos olvidamos de que el camino del corazón sigue latiendo… inmenso, intenso, verdadero.




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