El nirvana final (Despedida de Buda y Ananda)



Libre de las cadenas del tiempo diviso el horizonte del silencio, frente al vacío exploro mi conciencia detenida en la quietud de los abismos. Hay lágrimas de belleza en el interior de este alma agotada, en el espacio de los astros de luz, en el corazón de todas las cosas.

Ananda llora mi partida como un niño asustado, quisiera decirle que me acompañe… pero es imposible. El camino final es de uno solo.

-¿Hacia dónde vas ahora, después de tanto tiempo juntos? ¿Por qué me dejas?
-Este es el momento de separarnos, mi querido Ananda. Pero antes quiero decirte algo, serán mis últimas palabras, mi última enseñanza.
-¿Dime qué es? Te escucho atentamente.
-Sé tu propia luz.

Ananda supo en ese instante lo que yo pude entender a lo largo de muchos años de meditación y soledad. Ambos comprendimos, en el abrazo último, que volveríamos a encontrarnos próximamente, allí donde el tiempo no existe y la rueda deja de girar, para siempre.

Estrellas del paraíso

A mi padre

Vive la noche en mis ojos de luna despierta

recorriendo el misterio de lo inconcebible

Vive mi mundo en las estrellas del infinito

a través del sueño y el amor por lo eterno

Vivo en la profundidad de los océanos

atravesando la espesura del tiempo

en busca del esplendor de las luces

El sol calienta mis pupilas de nieve

y la luna enfría la llama de mi corazón

Día y noche, dentro y fuera de mí mismo,

avanzan y se ocultan calmando la herida

del sordo vacío de la existencia

Alguien canta a lo lejos pronunciando mi nombre:

¿es Dios, la muerte, la nada, soy yo mismo?

Alguien canta a lo lejos detrás de la luna

en algún lugar del infinito

donde los hombres no existen

y el tiempo y el espacio se expanden

hacia el frío incontenible

Vuela la razón por ese eco funesto

y oculta su miedo en la esperanza de que el sol

nunca se dé por vencido

Y nunca lo hará, porque está dentro de ti

y tú puedes invocarlo

Nunca lo hará, te lo juro,

porque no hay noche que venza

a la luz de la esperanza

Canta, canta a la luz

y verás el paraíso

más allá del espacio,

allí donde el corazón

vuela con el aire



Albacete, 21-12-2008

El enigma de la vida


La vida es un enigma que se resuelve por sí solo. No hace falta buscar demasiado, está ahí, sin más, frente a nosotros. En el trayecto de nuestros anhelos y deseos siempre ocurre algo que nos hace ver lo que no atisbábamos. Y no era tan complicado, sólo había que estar presente en el ahora, lejos de nuestras cavilaciones internas que hacen desviar la atención de lo que late frente a nosotros: la presencia reveladora del enigma, el fugaz encuentro con la esencia del problema, con la mágica clave.

Sólo hay que estar atento, un segundo acaso de íntimo silencio, para que la vida, una vez más, nos haga comprender que este juego de misterios y de obstáculos se resuelve cuando estamos, verdaderamente, presentes y dispuestos a vivir el enigma, con la atención parcial de un testigo que como un reflejo en el agua, siempre es fiel a devolver la imagen de quien le observa.

Ser desvelado


Con la mirada puesta en el interior
Solamente aspiro a oír el vacío

Con el corazón puesto en el Ser
Invoco latidos de amor
Y sueños de silencio

Con la confianza necesaria
Puesta en la voluntad
Despierto del sueño
Que ya me olvida

Y recuerdo aquello
Imposible de olvidar

Sí, recuerdo sencillamente
Quién soy

El soplo en el sueño
Que serena un nuevo viento
De despierta quietud


Albacete, 22-11-2008

El mundo de la ilusión


Nazco cada segundo en realidades distintas
En otros mundos que se alejan y que apenas
Reconozco como parte de lo que soy

Nazco en la otredad de paraísos derruidos por la memoria
En pedazos de sombras ajenas que susurran mi nombre
Sin conocer mi rostro verdadero ni mi alma

No sé dónde estoy ni a dónde he de ir para representar
Lo que acaso responda tenuemente a la imagen del ser
Que me habita

En este juego de luces y de sombras
Donde la identidad es un espejo deforme
De realidades difusas
Hago gritar a mi voz los destellos de mi alma
Pero inútilmente

En este espacio ilusorio de símbolos melódicos
El canto es un eco -impreciso, perdido, ausente-
De lo efímero
Y mi Yo –baldía identificación- no representa al Ser que soy,
Ni estos versos hablan de un poeta
Ni esta duda saciará respuestas
Ni quedarán evangelios
Que reflejen alguna verdad

Sólo quedará –siempre- el espejo marcando la distancia
Entre tú, y yo, y los otros, y la incomprensión
Y acaso un silencio de cómplice amor

La brújula del despertar (Libertad y destino)


Existir supone ensayar. Y ensayar supone equivocarse, aprender de los errores, corregir y seguir ensayando. Resulta difícil reconocer el equívoco. Podemos caminar inconscientemente por un sendero incorrecto, finalmente nos damos cuenta, cuando nos percatamos de que ese sendero no nos lleva a ningún sitio, de que solamente nos está produciendo sufrimiento, ansiedad, desorientación existencial. Entonces tratamos de encarrilar, de advertir los pasos mal dados para encauzar el tránsito. Nunca es tarde, ni siquiera cuando la fatiga nos impide el ánimo para desentrañar la madeja de la confusión.


Nunca es tarde si mantenemos, aunque sólo sea, un ápice de confianza.


No hay pasos baldíos completamente, todo nos muestra una enseñanza, incluso el error, o quizás el error sobre todo. El error nos muestra la certeza de nuestra naturaleza humana más instintiva. Aquella que nos conduce a equivocarnos en pos de nuestro beneficio superviviente, egoísta. El instinto del deseo nos lleva a querer aquello que nos producirá un placer instantáneo, son los sentidos los que dirigen la mente hacia el deseo, no la conciencia.


La conciencia queda dormida cuando despiertan los sentidos.


Para los budistas la mente, como la vista o el oído, no deja de ser un órgano más de percepción. Un agregado (artificial) de nuestra naturaleza (real). Los sentidos tienen una función proyectiva-objetual. Es decir, hay ojo para aprehender los objetos visuales, hay oído para aprehender los objetos sonoros… Nuestra naturaleza humana (samsárica) no es más que una estructura interior diseñada para organizar (percibir, samjna) lo exterior. Y de esa percepción surge una conciencia (vijnana) de los objetos eternos. Una memoria, un reconocimiento, una interpretación. Un error.


Recuerdo ahora el método budista para la correcta visión: la cuarta Noble Verdad o del Óctuple Sendero. El método para la liberación a través de la visión correcta. La forma de adelantarse al error, la forma de ir directos a la verdad. Pero esta visión correcta, en su teoría, no deja de ser puro idealismo, pura teoría. Un código ético-fenomenológico cuya puesta en práctica comprende un inmenso mar también lleno de dicotomías ensayo-error. Este inmenso mar se llama ‘dhyana’ (meditación).


Sin embargo así son los caminos del mundo, nadie nos puede asegurar que siguiéndolos lleguemos al destino correcto, porque, finalmente, siempre es uno mismo, uno solo (y sus circunstancias) el que camina. Y solamente él tiene la brújula de su alma.


Es bonita esta libertad, no hay por qué tener miedo a perderse. Mirando hacia dentro la brújula siempre nos vuelve a marcar el camino, mirando hacia dentro nunca nos olvidamos de que el camino del corazón sigue latiendo… inmenso, intenso, verdadero.




VÍDEO: El sol del bodhisattva (Poema budista)




AUTOR DEL TEXTO Y REALIZACIÓN: JOSÉ MANUEL MARTÍNEZ SÁNCHEZ
MÚSICA: WAH!




EL SOL DEL BODHISATTVA

El viento nace profundo desde el silencio del horizonte,
camina tu corazón los pasos de la vida y de la muerte
en un mismo segundo, en una misma eternidad,
en un solo latir fugaz e inconquistable.

Tu corazón es ese viento que palpita
y lo hace surgir todo
desde la nada.

Caminas lejos de las sombras,
como un soldado que no teme al mañana
ni al frío cautiverio de ser el dueño
de lo efímero.

Vives sin prisa en una guerra que no temes,
porque la materia del temor no te reconoce
y aplacas la ira de los injustos regalando
tu silencio.

Lo das todo a cambio de nada y por eso
te has ganado a ti mismo. Eres el Buda
de la entrega, del amor que no desespera
recompensas. Tu entrega es tu regalo,
y tu corazón un tesoro que todos buscan
afuera. Tú vives dentro, y como la luz,
te proyectas de inmediato en lo oscuro,
otorgando claridad y destellos de pureza.

Los otros miran el sol directamente, cegándose,
irremediables. Tú no miras nada, sólo buscas
tu alma en el viento, el viento en el viento,
y siempre el sol aparece detrás tuyo, dirigiéndose
a donde tu mirada le lleve, buscando su luz en ti.

Vida más allá de la vida


¿Queda el impacto eterno del silencio en la herida de la muerte? Nadie sabe y pocos se atreven a contestar. Proponer que exista algo más allá de lo que somos -físicamente- supone aventurarnos a la imaginación, trasladar el intelecto a un campo epistemológico cuya lógica y objetividad conceptual puede superar lo común; e incluso violar la legitimidad de los actos racionales. Pero, ¿qué otra pregunta más importante que esa puede hacerse el hombre respecto a su destino?



La verdadera propuesta filosófica para este siglo XXI, tan crítico para la supervivencia de la especie humana, debería ser esa, esto es, la pregunta por el destino 'postfísico' del ser humano, si es que lo hubiera. Establecer un discurso científico-filosófico sobre las posibilidades de la supervivencia del espíritu en el hombre. Empresa difícil, sobre todo al hablar de discurso científico, pero no por ello irrealizable, teniendo en cuenta la multitud de teorías astrofísicas que los científicos han imaginado superando a los clásicos de la ciencia-ficción.

Estaríamos hablando de la dimensión meta-antropo-física del ser humano. Heidegger condenó al Ser al tiempo que le marca la existencia ordinaria, lo mismo hicieron Nietzsche, Sartre, Ciorán y tantos otros escépticos negativos. Hasta ahora, en general, ha sido la comunidad religioso-espiritual la que ha deseado salvar al hombre de su dimensión temporal prefijada por su condición biológica; y, en la mayoría de los casos han descrito un devenir marcado por premios o castigos, pecados y actitudes morales correctas... poniendo a la altura de chiste una cuestión harto trascendental.

La psicóloga Susan Blackmore ha repetido con gran convicción que no existe la conciencia, que somos seres diseñados para la supervivencia y nada más; algo así como los monos pero con hipotecas y seguridad social. El concepto de Dios y el miedo (dos palabras muy similares) han convertido este tema en una cuestión de buenos o malos, de fe ciega y pueril aferrada a lo ya prescrito por lo supuestamente 'sagrado', quedando implícita la incapacidad de llegar más allá por medio de la razón-intuición como propondría Descartes.

El miedo impide cuestionar lo que una determinada comunidad establece como lo correcto y verdadero. Así, la filosofía occidental del espíritu ha sido un compendio de postulados cristianos o semitas, sin otra finalidad que la defensa de su sistema religioso (incuestionable e indudable).

Quizá la literatura más valiosa a este respecto -por su amplia concepción de la idea de Dios- ha sido la que ha desarrollado la tradición del yoga advaita. Y es ésta, además, la que mejor puede concebir un intelecto sano, no dañado por los prejuicios de su sistema moral y social.

Probablemente, es mi punto de vista, la primera obligación moral del hombre sea la de dudar de toda verdad 'establecida' por todos como 'verdadera' y así tratar de ir más allá, desde un papel en blanco, limpio, libre de márgenes impuestos, para empezar a tachar, emborronar todo lo que pase por nuestra razón lógica-creativa, y quizá salga de ahí, no la respuesta definitiva, pero sí el comienzo de otra pregunta que otra razón lógica-creativa se vea obligada -moralmente- a responder.

Otra nueva refutación del tiempo


Buda dijo "Aes dhammo sanantano": "Sólo una ley lo rige todo, una ley eterna". Es cierto, la fuerza del 'dharma' lo abarca todo, comprende la pura esencia de la realidad. A menudo nos cuesta aceptar que el tiempo es una ilusión, un ignoto transcurrir donde nuestra memoria va marcando lo perdido con las señales de la melancolía y la nostalgia: el hiriente anhelo del regreso a nuestra Ítaca perdida. Esa es, precisamente, la etimología de la palabra griega 'nostalgia'. 'Nostos' significa 'regreso' y 'algos' dolor. La nostalgia es el dolor que produce el no poder regresar a lo que una vez sentimos como nuestro.

La ley de la vida nos enseña a ir aceptando lo perdido, a reconocer que el tiempo pasado es una pura ficción, algo que no tiene identidad ni existencia. Mirar atrás resulta como mirar a una nada que la semiótica de nuestra imaginación ha ido llenando de símbolos e impenetrables metáforas de lo que una vez fue. Ir hacia el recuerdo supone duplicar deformando aquello que tuvo presencia y negamos dar por perdido. El tiempo es la metáfora de nuestros sueños... nunca el tiempo, al ser pensado, tiene un valor objetivo sino que representa un adentrarse en el pensamiento filosófico e incluso religioso. ¿Debemos creer que el tiempo existe? ¿Debemos, por tanto, creer en nuestra propia existencia?¿Quién soy hoy si mañana seré otro?

Sin embargo, nunca dejamos de ser aunque el tiempo parezca que nos va arrebatando. Recordemos la magnífica reflexión de Borges: "Negar la sucesión temporal, negar el yo, negar el universo astronómico, son desesperaciones aparentes y consuelos secretos. Nuestro destino (a diferencia del infierno de Swedenborg y del infierno de la mitología tibetana) no es espantoso por irreal; es espantoso porque es irreversible y de hierro. El tiempo es la sustancia de que estoy hecho. El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río; es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre; es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego. El 'mundo, desgraciadamente, es real; yo, desgraciadamente, soy Borges."

Así que, si el tiempo es existencia, la pregunta sería: ¿seguiremos siendo algo cuando no seamos del tiempo? ¿Habrá tiempo más allá de la muerte, o será la eternidad, finalmente, la que revele nuestro verdadero ser más allá de lo accidental y sucesivo?

Como afirma uno de los principios herméticos, "el Universo es mental", y, por tanto, la Creación se nos presenta como un fenómeno de la mente, como una maravillosa o espantosa ficción que escribimos día a día. Hay una frase del I Ching excepcional: "Grande en verdad es la fuerza de lo Creativo, todos los seres le deben su comienzo. Y todo el cielo está compenetrado de esa fuerza".

La Historia de la Humanidad es el gran libro que comprende a todos. Todos y cada uno de nosotros escribimos todas y cada una de las palabras de este enigmático poema cuyo punto y final, paradójicamente, se encarga el Tiempo de escribir por nosotros.


Los últimos instantes de nuestra vida


¿Cómo serán los últimos instantes de nuestra vida? ¿Igual que cuando apagamos la lámpara al caer la noche, para irnos a dormir? ¿Será eso? ¿Un profundo sueño, un sueño eterno de silencio oscuro? "Luz... más luz", dijo Goethe instantes antes de fallecer, pidió que abrieran las ventanas. La oscuridad le vencía cada vez más, hasta que al final... la oscuridad se lo llevó, y todo consigo.

¿Qué vida nos prometen los profetas religiosos de la Tierra? ¿Qué luz divisan más allá de este sol de todos los días que nos quema si lo miramos fijamente? ¿Qué luz más allá de la luz será la que nos espere cuando cerremos los ojos y sueñen los latidos de nuestro corazón su nuevo ritmo profundo e infinito?

¿Qué sueño más allá del sueño de la vida nos depara esta ilusión que llamamos muerte, de la que nunca nadie regresó de su visita?

Cuando llegue el decreto de nuestro último sueño, la noche en que una oración de consuelo no es suficiente para aliviar lo insondable, yo pediré luz... más luz... y atravesaré con los ojos del alma muy abiertos ese sendero que nos lleva a donde no sabemos. Y sabré que he llegado a alguna parte si logro recordar que aquella luz deseada, la Luz de la Vida, sigue iluminando mi nuevo camino.


El sentido de la vida o el juego del Ser


La realidad, a veces, es difícil de comprender. Uno nunca termina de acostumbrarse al sufrimiento y no deja de preguntarse su porqué, el sentido del mismo. El sufrimiento, por unos motivos u otros, en mayor o menor medida, es algo que compartimos todos los seres sintientes. La vida tiene etapas difíciles, otras mejores... y siempre persiste esa búsqueda del corazón, ese anhelo de felicidad y esa necesidad de desalojar al sufrimiento. Para Buda ese era el sentido de la vida: la liberación del sufrimiento.

La idea del 'nirvana' se nos puede hacer lejana, como inconquistable. Esa meta de alcanzar la felicidad máxima más allá del 'samsara', de despojarnos no sólo del sufrimiento en esta vida, sino también del acumulado en vidas pasadas (karma) y dejar, finalmente, de reencarnarnos, para ser libres por siempre.

La experiencia de la vida nos enseña a cambiar, a mejorar, a apaciguar nuestros deseos, a equilibrar el alma. Poco a poco nos vamos haciendo más comprensivos con nosotros mismos y con los demás, más autoconscientes, más despiertos. Sin duda, eso es algo a lo que aspira toda persona espiritual, esto es, a su evolución.

Aurobindo nos habló de la Evolución Futura del Hombre, de una especie de ascensión de la consciencia que nos va liberando del Egotismo y nos ubica en el Yo-Verdadero, ese que aspira a lo Divino, al Yoga Integral, a la Unión de su Ser con el Ser Cósmico y Supramental.

Quizá todo esto parezca arduo, costoso... una tarea para la que se requiere muchísima dedicación, quizá de cientos de vidas errando y aprendiendo, adquiriendo el conocimiento de la Verdad de la condición humana y espiritual. Quizá tengamos bastante con un poco de paz interior, de equilibrio, de prosperidad, de dicha. ¿Por qué pedir más?

Quizá sea suficiente con estar agradecidos por la vida, con ir superando, sin prisa pero sin pausa, los pequeños y grandes obstáculos que el existir nos presenta. Puede ser suficiente con valorar esas pequeñas cosas que nos ocurren y que, por un segundo, nos hacen sentirnos felices y plenos: la lectura de unos versos, el abrazo de un padre o de un amigo, la música de Händel o la mirada de gratitud de una persona a la que ayudamos desinteresadamente.

¡Hay tantas cosas por las que sentirse bien! Siempre que brota un resquicio de Luz en nuestro interior la oscuridad pierde su presencia. Por eso, quizá sea suficiente con observar el mundo con la mirada clara y luminosa de un niño que transita la vida como por un juego donde no existe la derrota, solamente el placer de jugar, sin sentir que todo juego tiene un comienzo y un final.

Nuestras vidas son los ríos...



Nuestras vidas son una pequeña gota de agua vertida en el océano de la eternidad. Vivimos nuestro átomo de tiempo asignado como si de una larguísima obra argumental se tratase, pero no es más que un frágil soplo de aire, una fracción de segundo perdida en el infinito al ocaso de nuestras vidas. Borges dijo: "Sólo una cosa no hay. Es el olvido". Pero, ¿podemos estar seguros de ello?, ¿tendremos recuerdo de nosotros mismos, de lo que fuimos, de lo que pensamos o amamos, cuando ya no estemos aquí y sea la muerte nuestro único señorío? Nada o todo, esa es la gran pregunta hacia la que se dirige nuestro río de la vida, ¿hacia el mar o hacia el desierto? Quizá lo mejor sea conservar la esperanza de no naufragar en el olvido. La esperanza de ser algo más que cuerpo y mente en el tiempo físico, la esperanza de formar parte de algo Superior que nos salve de la nada eterna: el Ser, la Consciencia Universal, la Divinidad... No sé, a veces me siento como un niño impotente que ha olvidado para siempre cuál fue su verdadero hogar.

Budismo y meditación


El pilar central del budismo, desde donde se sustenta toda su base práctica, es la meditación. El ejercicio de la meditación supone un tiempo sagrado para el practicante budista, el cual se sitúa frente a sí mismo, frente a su 'atman', y camina en la quietud del silencio por el no-tiempo que todo segundo envuelve, disipándolo, anulándolo, para hacer de él un único instante, una eternidad cósmica remando por la consciencia vacía y serena de su Ser.

Si bien se ha discutido mucho -en la teorización budista- acerca de la existencia del Yo (recordemos la tercera de las características del ser o devenir formulada por Buda: 'anatman', esto es, 'ausencia de Yo') no podemos, sin embargo, dejar de hablar del Ser, con mayúsculas, como sustrato del Yo y esencia del mismo. El Ser es una esencia mientras que el Yo un accidente. La meditación trabaja con el Ser y disipa las sombras del Yo, las que etiquetan, adjetivizan, nombran, categorizan, seleccionan... Todo eso no importa en el camino espiritual budista, lo primero es el reconocimiento de la ausencia de un Yo, en sentido biográfico, para trasladarlo a un Yo-Ser del que no se habla, sobre el que no se estudia, sino que se le guarda silencio. Esa es la mayor ofrenda que se le puede hacer al Sí-Mismo: el silencio de la meditación, y, por supuesto, la ofrenda de la compasión (Om Mani Padme Hum) en la que el individuo meditador se funde con la humanidad en su esperanza por la liberación del sufrimiento para todos los seres sintientes del planeta. Que así sea. ¡PAZ Y AMOR PARA TODOS!

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