lunes 14 de diciembre de 2009

El ser no condicionado

Ni tiempo, ni espacio, ni movimiento… He ahí la naturaleza del ser no condicionado. Sin nombre, ni forma, sin sueños ni divisiones del nombre ni de la forma. Sin reposo ni urgencia, inconmovible y activo, fijo y suspendido, en todo sujeto y a nada preso, como una ola del mar, apasionada en su extinción. He ahí la naturaleza del ser no condicionado. Tenso en el reposo, reposado en la resistencia. Estable entre las inclemencias, clemente y compasivo ante el odio o el sufrimiento, como una llama de cobijo o un súbito frescor de ternura, acompasando silencios y palabras, cumbres y abismos más allá del vértigo o del azar sin respuesta. Ni tiempo, ni espacio, ni movimiento… No hay condición alguna para el ser que mueve libre las alas en su perfecto instante de vida.

En la cumbre del ser y la conciencia que le atestigua, todo ya está hecho. La luz de la verdad no declina, y el alma del viento conoce por siempre el canto de su dicha naciente. He ahí la naturaleza. He ahí el ser no condicionado que alumbra la morada profunda de la conciencia. Sin estado posible que lo separe de su estatura inefable, porque unificado en todos no está en ninguna parte; y en todas presente.

viernes 11 de diciembre de 2009

El ahora

El presente es una nube que pasa. Así lo experimentó Buda, así podemos experimentarlo nosotros cuando meditamos, es decir, cuando vivimos completamente en el ahora. Tal vez –en ocasiones- la realidad se entrecruce con los sueños y el pensamiento desatienda la atención que la vida notifica. Pero siempre hay momento en que uno puede darse cuenta de ello, dejando de alimentar esa estancia paralela de los pensamientos inacabables, que consumen nuestra energía y nos separan de la conexión con la vivencia exacta de los objetos de la experiencia. Siempre hay un momento que representa un comienzo: el principio de la consciencia plena. Sin que el ego obstruya la experiencia, donde el yo realmente pueda sentirse unido con lo que es, dejando ya de lado la identificación con lo que quisiera ser o con lo que deseara que aconteciese a su ser. Entonces –cuando el ser es vivido en la simultaneidad de su ahora- se halla la plenitud, el equilibrio, la realización completa, esto es, a la que no le falta nada.

¿Qué le puede faltar al ser si siempre ha de ser completo por sí mismo para que realmente sea? Es su necesidad ontológica. Y experimentarlo así supone la prueba intransferible –acaso mística- de su existencia. Siempre está ahí el ser, si lo miramos fijamente en el interior. No le falta nada, es el punto infinito que brilla en el espíritu y que da vida al corazón. Es un conocimiento vivido. Se vive en el ahora. Posiblemente la forma más bella y verídica de conocer. Tan bello que se difumina como un puñado de arena –en unos segundos- entre las manos. Hasta que volvemos a tomar otra porción de arena; y el ser se vuelve a hacer presente. Ahora. Esa es su magia, su misterio. Tan real y palpable como la vida, que no deja nunca de asombrarnos.

De la esencia de Dios (o del Amor)

Encontramos en la historia humana un lugar común que habitualmente llamamos búsqueda del sentido del ser. Llámese religión, filosofía, poesía o cualquier otra expresión que sustente esta motivación existencial: el fondo siempre es el mismo. Ahí el buscador habla la lengua que apremia la búsqueda, el sonido interior que reclama albergar voz de sentido a su torbellino de incertidumbre. Las palabras, que siguen el curso vital del alma que las pronuncia, aprenden la realidad con la mirada puesta en hilvanar el significado de su camino. En el comienzo del Svetasvatara Upanisad (1.1) la pregunta resulta solemne e inspiradora: “¿Es el brahman [Dios] la causa? ¿De qué hemos sido engendrados, por quién vivimos y en qué nos sustentamos?”. Una pregunta que sin duda requiere de respiración tranquila, de motivación sincera y de una conciencia abierta al ser que recibe las impresiones del aliento espiritual que desborda su comprensión racional al tratar de responderla.

Una emoción asentada en el amor sereno habrá de desprenderse en el sentimiento de quien busca a Dios y recibe letras integradoras del ser y su mundo, tal que unicidad deslumbrante que enseña la grandeza del alma y nos ayuda a descubrirla en nosotros. El tiempo y la eternidad dejan de ser dos caras de una misma moneda que a la fuerza hemos de elegir y ambas se concilian en la visión total del tiempo eterno, en el acontecer sin rastro de continuidad, en ese eterno ahora que amplía el corazón desbordándolo de paz infinita. Ahí reside la semilla de la meditación con sentido, no el simple ejercicio de dejar la mente en blanco porque sí. Entregada, integrada en todo y consciente de sí, la mente se abre al amor puro que respira el reconocimiento intuitivo de la esencia que la sustenta.

La mirada del amor registra el prodigio del ser que le asiste y le permite experimentar la realidad de su bienaventuranza. Porque, cuando los ojos del amor vislumbran el mundo, descifran el paraíso que la luz de la conciencia pinta en los lienzos del alma. En ese amor uno recibe la luz entregándola, o solamente asistiendo al espectáculo de verla y tocarla, ya no dividido ni limitado por los deseos, sino inserto en todo lo existente, como partículas desplegadas en la totalidad, compartiendo una esencia sola. Así es el amor, un continuo dar, que siempre llena.

martes 1 de diciembre de 2009

La luz del silencio

Hay instantes en los que el silencio se instala en nosotros –o bien nos instalamos nosotros en él- y todo se aquieta y fluye en ese reposo completo cuya palpitación se iguala con la presencia interior; y también con lo que afuera acontece. En un profundo descanso atento se hace idóneo adentrarnos en los silencios ocultos que sacan su luz pacificadora, mostrando a la mente el infinito latente de su maravilla.

Sólo es necesaria la intención para encontrar ese gran cofre de sorpresas que la calma interior nos regala. Con sólo querer oír el silencio, éste se nos pone en frente de la percepción y nos enseña la grandeza de su misterio primordial. Nos despierta y aviva haciendo grande lo debilitado, y fuerte lo pequeño. “Cuando los pensamientos se disipan, el ser brilla por sí mismo”, declaró Ramana Maharshi, sabedor de esa altura vibrante e insondable que es habitar el Todo en ninguna parte, morando en la cavidad estática del alma conectada a su fuente divina, siendo en el no ser para serlo todo en sincronía, en encadenado nacimiento constante.

Allí todo es no nacido, verdad que no necesita ser escuchada ni respondida, como cualquier llegada al hogar todo es reconocimiento íntimo, donde rebosa la presencia sabedora de sí misma, con plenitud amorosa, agradecida y por siempre recompensada. No hay día que no se busque la felicidad ni camino más directo para llegar a ella que entrar en la morada íntima de la conciencia silente y atenta.

lunes 23 de noviembre de 2009

En busca del conocimiento

La conciencia libre eventualmente asume ciertos desafíos. Me refiero al conocimiento de lo nuevo, al momento en que todas las concepciones anteriores, esas verdades asentadas pasan a trasformarse, enriquecerse, integrarse con otras ideas que se instalan en la visión interior de las cosas. Aceptar lo que consideramos nos conviene, en beneficio nuestro y como herramienta para trabajar en el beneficio de los demás, es una virtud del criterio que también suele llamarse apertura, sabiduría o discernimiento. Comienza diciendo Aristóteles en su Metafísica quetodos los hombres se empeñan por naturaleza en conocer”. Y en ello estamos durante este camino de la vida. Conociendo lo que somos, lo que no somos, la verdad que palpita tras las apariencias. Observamos, desciframos, intuimos, valoramos, entendemos.

Multitud de procesos se dan en la conciencia que vive la pulsión de su ritmo dinámico. Y solamente de nosotros depende tomar o no el fruto, más allá de la tentación, sino en el territorio de la invitación amorosa y libre que es el conocimiento, la fructífera fuerza de la realidad colmada de verdad. En resonante proverbio expresó Antonio Machado que: “Nuestras horas son minutos cuando esperamos saber, y siglos cuando sabemos lo que se puede aprender”. En la incertidumbre de aceptar la posibilidad del saber, en la certeza de vislumbrar las cosas que podemos aprender, se enciende una llama viva de presente fértil cuya luz descubrimos ascendente, inextinguible, precipitada de tesoros cercanos. Instados a saber, como dijera Borges, “lo que Dios sabe”, como aquel cabalista que “al fin pronunció el Nombre que es la Clave”, la vida cobija símbolos y cosmogonías que seducen a nuestro intelecto, que potencian todas nuestras capacidades y nos invitan a buscar el conocimiento del por qué de las cosas, que es siempre el conocimiento de uno mismo, fractal del Todo. Y en ese sueño navegamos, despertando a cada instante.

domingo 15 de noviembre de 2009

La fuente del ser

Hay una vivencia del yo que implica saberse consciencia, que trasciende lo ordinario. En la búsqueda de uno mismo, en ese camino necesario en la vida basado en la experiencia vital, en una comprensión de la misma, en un aprendizaje que reclama tenerse en cuenta, hay un eco del ser que nos guía la experiencia de búsqueda. Así, puesta la atención en nosotros, con la motivación encendida, enfocada en el ser que se nos muestra cada vez más tangible y directo, comenzamos a observar lo que nuestros ojos, antes, eran incapaces de ver. La visión extiende su alcance, el paisaje se enriquece de matices y elementos antes no percibidos, el camino se torna fructuosamente transitable, la perspectiva que averiguamos llama al caminante, le invita al viaje y lo llena en su transcurso con la vivencia plena del descubrimiento.

Una vivencia nueva, donde el instante renueva lo vivido, como un soplo de aire fresco, subraya la libertad que solicita el alma para expresar su verdad. Todo momento puede ser algo nuevo, no hacen falta grandes cambios aparentes, pues el viaje interior puede surcar lo infinito con una sola inspiración consciente, con un destello espontáneo de intuición espiritual, con una realidad que nos avisa de lo eterno. No hace falta convencernos ni que nos convenzan de esta verdad. La verdad, sólo es real para quien la sabe (para quien conoce su sabor). Para quien la recuerda, para quien comprende que no hay olvido que la empañe a partir de entonces. Encontrar la verdad significa haber llegado a la fuente; y entonces ya siempre podremos beber de ella.

viernes 13 de noviembre de 2009

Reencuentro de la luz

La luz se abría cálida en los costados del alma, subió
como ráfagas entre sueños de vida, clara y segura
de sí misma, culminando verdades y caminos,
recobrada como una esperanza no huída, no abatida.
Es la luz siempre amada, poblando dicha en tierra calma
o anunciando renovado indicio de etéreas bienvenidas.
Es así la luz soñada como aire ineludible, como senda
que cruzar disuelto en el no tiempo, nuevamente hallado.

viernes 6 de noviembre de 2009

Amor universal

Vivir integrado en la unidad significa no hallar diferencia alguna entre lo tuyo o lo mío, verlo todo en el mismo plano, fundidos con todo lo que suceda, formando parte de la cosa en sí, sea cual sea el foco observado. Hay observación real en el instante único que vive unificado en la conciencia eterna. La experiencia de lo místico, de esta unión con el Todo, puede ser sentida, acaso simbolizada. Puede no hablarse de ella, incluso conociéndola, porque por mucho que digamos de ella siempre será poco. En este aspecto, la frase de Wittgenstein que nos invita a callar ante lo que no se puede hablar es muy sabia. Pero al menos, se puede corroborar, como tantos místicos han hecho, su existencia, a través de su mirada de paz y amor, de sus silencios, de su suave hablar vacío de ego y profundamente generoso. La ofrenda de amor hacia el otro supone entregar una verdad mística, llena de belleza, de realidad con sentido.

Ser todo amor, renacer siempre en esa conciencia. Darlo todo por el sólo hecho de dar, sin condición de reciprocidad alguna. Llenarnos el corazón al entregarlo. Esa es la verdadera palabra del sabio. No decir la verdad con teorías, sino vivificarla, siendo su acción, su movimiento de virtud el baño purificador. Siendo su ser mismo la verdad rebosando. Amanece el camino de quien se encuentra a un ser así, o comprende esa verdad en sí mismo. Porque esa verdad está presente en todos, universal como la vida, única y total como toda esencia, gen de todo lo creado. No se puede olvidar lo que el corazón memoriza como pulso de sentido, como ritmo de existencia motivada. La verdad del amor nos ama más que a nada en el mundo, porque siempre corresponde, responde con creces, infinita, auténtica. Sólo hay que sentir la llamada del amor para comprender que somos eso, que formamos parte de ello; y, por tanto, siempre podemos experimentarlo, regalarlo, recogerlo.

sábado 31 de octubre de 2009

La certeza

Liberador es cuando comprendemos que todo lo que nos ocurre tiene un sentido, que no responde a una fútil casualidad sino a un desencadenamiento de procesos substanciales para la formación de nuestro ser. Todo lo que sucede es necesario vivirlo, por dura que a veces parezca esta afirmación, ayuda, en última instancia, el llevarla consigo. Ante la adversidad o ante el viento propicio una firme certeza, no dependiente de nada y en sí misma asentada, pronostica un destino floreciente.

Estar ya es ser. La certeza de que todo tiene un sentido es ya dar sentido a todo. La razón no puede abarcar eso, pero sí la intuición, que tiene su propia cognición silenciosa cargada de destellos, de verdades que rozan el corazón con soplos únicos de entendimiento instantáneo. Saber solamente, sin más instrumentos que esa certeza íntima que penetra al ser de su infinitud, es ya una realización elevada de unidad con la vida. El camino prosigue. Y el misterio de la vida se convierte así en néctar que desvela y alimenta el alma del buscador, que es, en esta perspectiva, lo buscado. Lo hallado. La verdad poética. Lo que merece ser encontrado; y sin duda así será, si la convicción es firme. Si la certeza resplandece en el corazón.

martes 27 de octubre de 2009

La iluminación

La conciencia es el alma. En los Shiva Sutras podemos obtener la realidad manifiesta de la naturaleza de Shiva, la divinidad. De nosotros mismos y de todo cuanto hay. Meditar en ello significa estar iluminado. Meditar es entrar en la iluminación y cuando el estado de meditación es constante la iluminación lo es. Estar liberado en vida (jivan mukta) llena al alma de gozo y deleite (abhoga). Es el estado más puro del alma y una vez instalada ahí los conocidos estados ordinarios (vigilia, sueño, sueño profundo) quedan bañados de esta agua límpida de conocimiento.

No es difícil. Solamente hace falta sensibilidad (apertura) para acceder a la belleza. El conocimiento supremo es la verdad última y primera. Así nos integramos en la conciencia de Shiva. En los Shiva Sutras (I, 5) leemos: “Udyamo bhairavah”. Lo que significa que un destello o elevación repentina se produce cuando el Ser supremo nos envuelve. A partir de aquí ya todo puede ser elevación y destello sagrado. “Todos los fenómenos son el cuerpo”, “Drsyam sariram”, (Sh.S. I, 14). Externos o internos, para el ser iluminado ya todo es Shiva.

Dirá Sai Baba, despertándonos: “¡Este preciso momento es el momento! ¡El minuto que ha transcurrido está fuera de vuestro alcance; así también, el minuto que se acerca, no es vuestro! Solamente aquel Jiva [Ser viviente] que se ha grabado esta comprensión en su corazón puede fundirse con Shiva”. Si te mantienes firme y constante en esta verdad sencilla y profunda sin duda te hará libre. El conocimiento del ser (atmajñanam) se fundamenta en un claro discernimiento (viveka) acerca de la verdad del ‘yo’, no empañado por el ego, capaz de establecerse en su estado natural, en su fuente original, en su realidad suprema no condicionada de realización permanente. No inmóvil ni estéril sino tan viva y tan creativa como lo es, admirablemente, toda la Creación. La conciencia es el alma. Y libre es, en sí misma, iluminada y en constante revelación de incalculables verdades, colmando de deleite su esplendor. ¡Qué puede impedir que no vivamos ya esta dicha tan íntima! Absolutamente nada. El Todo está siempre llamando a nuestra puerta. Abrámosla.

lunes 26 de octubre de 2009

Mística amatoria

Sueño es, alma mía, el sentirte tan cerca como te siento,
levantarme del abismo en la melodía de tu soplo susurrándome,
comprender que no hay sueño más real que la venida de ti,
el milagro siempre nuevo, la sorpresa que renace entre esplendores
y pausados silencios enamorados. Sueño es, alma tuya,
tenerte tan cerca, tan dentro que no hay espacios que me falten.
Completo como un cielo que amanece y toca el día
con su soplo de luz vibrante. Completo como el sol
que no le falta nada y nunca se apaga ni se turba.
Completo en ti, honda contemplación de lo divino,
aurora del último sueño en que despierto definitivo
y siempre renovado, bañado de tu luz pura,
encumbrado de tu hálito, alma mía,
que todo lo puedes y nada te falta.
Ya la medianoche nos llega y todo es perfecto.

Supraconsciencia

Todavía más allá de todo está el Todo, infinito e inabordable, fuente de aquello posible e imposible, mundo que nace a cada instante colmando de posibilidades al ser. En la contingencia gozosa, nada tiene su opuesto, no hay elección que nos limite ni lleve la atención al conflicto. Cuando ponemos la mente en dirección a la fuente primordial, al Todo que concilia en su calma y refulge en su acontecer de vida plena, la continuidad se concentra en un eterno presente. Comienza diciéndonos el Atma Puya Upanishad: “Meditación es la constante contemplación de Eso”. Esa contemplación no se puede nombrar, porque quedaría limitada. La verdad plena es dicha sin segundo, reconocimiento de todo lo que es e intuición de esa grandeza inabordable que baña de cognición lo infinito. Verdad sagrada que sobreviene de todo nacimiento, de cada respiración, de cada aliento de conciencia.

Apuntó Sri Aurobindo que “la conciencia del Purushottama [el más alto espíritu] es la conciencia del Ser Supremo y el hombre puede vivir en ella mediante la pérdida de su ego y la realización de su esencia verdadera”. Esto es la conciencia de Brahman, siempre hemos sido esa conciencia, estamos hechos de ella y empezar a comprenderla sintoniza nuestra voluntad con la Voluntad Suprema. He aquí la entrega gratificante, la voluntad limpia de aspiraciones egoicas, la comprensión del que ya no necesita saber para ser sino para seguir siendo lo que es. Eso es la realización del Ser, el camino en la continua sintonía de la verdad, la intuición del susurro de Brahman, la apertura a la totalidad que nos pertenece, porque llegar a ella significa haber regresado a casa.

Perder el ego significa ganarse a uno mismo. Sin condición alguna, sin ausencia de nada, pura completitud, auténtica liberación que nos lleva a la paz creativa de la autoconsciencia. Sin conflicto ni esfuerzo alguno, cuando el ser se instala en su siempre naciente eternidad ya todo es y nunca más podrá dejar de ser. Y esa certeza nos llena de una paz que no conoce límites.

viernes 23 de octubre de 2009

La felicidad es libertad

Toda persona quiere liberarse del sufrimiento, lo que también se llama alcanzar la felicidad. En el deseo la visión de esa verdad se turbia con la ilusión de un futurible que atisbamos como aquello que nos aliviaría de esa carencia vital que parece poseer nuestro presente y nos proyecta hacia una especie de paraíso perdido que nos completase. Sin embargo, todo lo que anhelamos puede obtenerse en el presente, cuando, aunque parezca paradójico, dejamos de anhelar. Pero, no hay nada más lógico que eso. Porque el anhelo más puro del ser es aquel que no tiene proyección alguna en tiempo y espacio. Su anhelo es su ser y su ser está consigo, siempre presente, acompañándole.

Desear es olvidarse a uno mismo. Amar es recordarse, hallar al ser en sincronía con el mundo. Desear y amar son, ineludiblemente, antagónicos. Epicuro dijo: “Si quieres hacer feliz a alguien, no incrementes sus riquezas, reduce sus deseos”. Ese es el gran principio de la sabiduría. El único motor que puede incrementar la dicha a través de su virtuoso desprendimiento. Como afirmara el Maestro Eckart: “Quien quiera ser sereno y puro sólo necesita una cosa: desprendimiento”. Esta doctrina choca de frente con los ideales materialistas que reinan nuestra sociedad. Resulta difícil de comprender porque se expresa en una lengua distinta a la que nuestra civilización contemporánea gusta de hablar. Si lo pensamos bien, cualquier acto humano desea proyectarse, y en su afán, pugna con la realidad neutra que nada necesita para su continuidad salvo la naturaleza que la salvaguarda e impregna de evolución. Una frase de Krishnamurti puede tocar la fibra sensible del ego occidental: “La libertad es el cese absoluto de llegar a ser algo”. Estas palabras son capaces de romper muchos esquemas pero también, en consecuencia, y ese es su sentido, envolvernos en la calma sencilla de la verdad que revela. Siendo lo que somos, en este momento, serenos en el presente que nos manifiesta, la libertad es todo cuanto vemos. En la mirada interior de esta verdad se halla la respuesta. En el amor consecuente de esta deducción, aquel que lo da todo sabiendo que no necesita nada para que su ofrenda le llene de gozo. Eso es la felicidad, reconocer en este momento, la inmensa maravilla de lo que somos.

miércoles 14 de octubre de 2009

El yo libre de identificaciones

A menudo el “yo” vive en una continua percepción ilusoria de sí mismo. Allí donde hay identificación, hay ilusión. El mundo de los sentidos, de la memoria, del cuerpo que hace y deshace, fija una biografía no real de lo que somos y de lo que no somos. La limitación está presente en toda identificación. Ese principio del ego que en sánscrito se denomina “ahamkara”, literalmente significa “yo hago”. El “yo” toma la conciencia de hacedor de su obra vital, de su biografía. Todo ello puede producir cierta ansiedad, presión existencial, al pretender que cada acto nuestro nos refleje tal y como queremos que sea. “Naga hago por mí mismo”, leemos en la Bhagavad Gita. “Éste es el mundo de los sentidos que juegan con los sentidos”. Maya, el velo de la verdad, la gran ilusión, siembra una sombra entre la realidad y quien la contempla. Para el sabio no hay separación. Lo visto, me guste o no, es lo que soy. Cualquier pensamiento, cualquier sabor, sentido, percepción, opinión, forma, surge de mí (me revela) y al tiempo nada tiene que ver conmigo, porque no hay identificación.


Sabio es quien ha comprendido. Quien observa el mundo sin dualidad ni juicio constante. Todo es obra y reflejo del Uno. Todo está destinado a ser espacio del contemplar ecuánime y no apegado, porque de esta manera la creación es libre y continuamente transformadora, se expande y renace, se inventa y reinventa, sueña y despierta, ordena y reconoce su orden con toda la existencia. El Ser se encuentra a cada paso, no con su ego, a quien no necesita para existir, sino con su totalidad continua, que vuela como el viento, siempre siendo viento pero sin origen ni destino en que quedarse. El Ser se encuentra siempre en aquello que nunca puede sujetarse, pero sí penetrarse mediante el bello atisbo de su infinitud creativa. Finalmente nos queda una hermosa y plena afirmación: "Yo soy". Todo atributo será solamente algo circunstancial, pero no esencial.

domingo 4 de octubre de 2009

El mundo y yo somos uno

La verdad es cierta en este instante en que todo se hace uno. El mundo y yo nos mezclamos como dos gotas de agua en el océano de la existencia. Nada hay que esté fuera del pulso de la vida, y recorro sobre su ritmo estaciones de silencio sonoro que me hacen comprender y conocer la voz secreta que graba la conciencia en los instantes de la contemplación ecuánime, vacía, no enturbiada por nada, segundo a segundo liberándose, haciéndose por momentos más clara y simple.

Todo es simultáneo y agradablemente sencillo. El despertar nunca quedó lejos. Abro los ojos y despierto a la vida, como a una suave canción con la que fluyo sin temor, guiado por la armonía y los compases de su perfección desvelada que envuelve en su continuidad y nos va transformando con su rotunda diversidad de acordes y enigmas del sonido, cobrando dentro de mí la exacta proporción de su maravilla.

No hay esfuerzo en la comprensión. El río está calmado. Nada hay que me impida bañarme en él. Y vivir esa experiencia con la única intención de estar en ella, sin otra distracción que ese momento en que fluyo y me expando en la realidad de mi ser integrándose con el mundo.

Ya nunca podré olvidarlo: el mundo y yo somos uno.