Es un
misterio ver que la sustancia de la vida radica en este momento presente. La
mente, mediante una idea o concepto cree que hubo un pasado, que habrá un futuro, pero lo cierto es
que siempre es ahora, que la vida vibra y brota ahora, que el ser no tiene
tiempo sino que es un milagro que aparece a cada instante, vacío de memoria, libre en su
acontecer, prístino
y fresco como la nieve más clara. Sí, claridad es la palabra. Transparente, sin mácula es este momento, este
silencio de amor infinito en que todo es, sencillamente, lo que es.
Uno se
enamora de esta perfección en que se experimenta la no-experiencia, el solo estar
aquí en
una vacuidad sin límite, fluyendo como el vuelo de un pájaro, como la corriente del río incesante que todo lo
atraviesa y a nada opone resistencia.
Este momento eres tú, y tú eres libre, absolutamente, en
este instante. La verdad es siempre ahora. Este ahora es todo lo que hay. Este
momento presente lo incluye todo. Incluso la mente y la dualidad surgen de él y se disipan en él. Ningún concepto puede atrapar Eso,
pero está aquí todo el tiempo y más allá de él. Todas las cosas están envueltas por este misterio
radiante que es la vida. Nada suma ni resta a lo que es perfecto por siempre. A
lo que es todo siendo nada... a lo que siendo nada lo es Todo. Nada puede
decirse al caer en el misterio del ahora.
Lo que eres es siempre libre, incondicionado. Nunca ha nacido, es fresco, es un misterio que aparece ante nosotros. Y, ante el misterio, queda la sorpresa mística, el abrazo y la rendición absoluta a esa luz que te nombra silenciosamente, que palpita en el amor, en el calor del ser, como raíz que brota de una tierra pura y virgen.
Nada se puede decir del misterio gozoso de ser, pero se conoce, se siente, se saborea, se intuye y se escucha, se comprende, se ve, se huele y se respira... Es tu fragancia la que inspiras, a cada momento, naciendo, refrescándose, renovándose con la vida.
Nunca ha nacido ni podrá morir aquello que es eterno, aquello que no pertenece al tiempo, sino a la realidad. El misterio hace amante del vivir a su testigo, amante hechizado por el susurro íntimo de la luz siempre nueva del silencio creativo, del surgir espontáneo sin segundo, sin tiempo, de amor avivado incesante.
Yo soy el ser que siempre ha sido. En todo momento estoy presente. El velo de maya aparentemente me cubre, pero soy transparente a los ojos que observan directamente la realidad. Si quieres encontrarme, no me busques, tan sólo escúchame, ahora, donde siempre estoy presente: en ti.
Nunca acumulamos experiencia, tan sólo es una ilusión que llamamos memoria. Mira ahora este instante desnudo de imágenes e impresiones mentales. Todo es perfecto. El ahora es la gran obra de arte de la vida, en él habitan todo el tiempo la verdad, la belleza, el amor... Todo resplandece milagrosamente.
Contempla, pues, este milagro, eterno y siempre presente, que llamamos Vida.
Meditar es ser tú mismo, aquí y ahora. Al igual que la flor no hace nada
por ser una flor -sencillamente lo es-, del mismo modo no requiere de
ningún esfuerzo ser quien eres. ¡Qué libertad! En la meditación, al
conectar contigo de un modo natural, floreces a cada segundo de
conciencia, de forma plena y profunda.
El
verdadero amor no tiene fronteras, ni experimenta separación alguna. El
verdadero amor nada pide ni exige, pues solo se expresa como entrega, libertad
y dicha plenas. El verdadero amor es lo que queda cuando nos desprendemos
incluso de nosotros mismos, del sentimiento de individualidad, que es el que
crea separación y conflicto. Por eso el amor es sinónimo de no-dualidad. No es
un estado, pues para que haya un estado alguien ha de estar ahí experimentando
ese estado. ¿Y quién está ahí cuando el amor es? Este amor esencial del que
hablo desintegra todo átomo de individualidad.
Amor
es presencia plena, desapegada, en comunión con la realidad, en el aquí y
ahora. Este tipo de amor sana siempre, es amor espiritual. El amor espiritual
es la consecuencia de la dicha y de la paz en uno mismo, es decir, de un
profundo y absoluto amor propio, no en el sentido del ego sino amor hacia la
naturaleza real de uno: el ser, lo que nunca cambia, el gozo profundo de la
comprensión del Sí-mismo (lo Absoluto). Solo alguien que parte completo, que
comprende su naturaleza real, que sabe que nunca ha estado separado
ni le faltaba nada para ser, solo ese puede amar de una forma completa, porque
todo su amor, su amor sin límites, ya va con él: y este amor jamás se agotará
ni un ápice aunque no cese de derramarlo por doquier allá donde vaya. Esa es la
naturaleza real del amor: tu naturaleza. Este amor sana. Es compasión, es un
bálsamo para la persona amada. Es lo mejor que podemos ofrecer de nosotros
mismos a los demás, porque es auténtico.
El
amor no nace ni muere. Por eso es eterno. No tiene ni principio ni fin. Por eso
es infinito. Está aquí, pero la mente (el ego) no lo puede atrapar, al igual
que uno no puede atrapar el vuelo de un pájaro: puede tomar al pájaro (el
concepto), pero no su vuelo, no la belleza de su libertad siendo. El apego es
el esfuerzo por atrapar lo inaprensible. El desapego es simplemente el fluir en
la expresión de la realidad: aquí y ahora. Ligero, sin artificios, sin cargar a
tus espaldas el peso de las piedras que vas recogiendo en tu camino. Eres
libre. Para volar y planear por el cielo de tu felicidad has de liberarte de
todo lo que llevas cargando a tus espaldas. Para volar has de arrojar todo
temor, viendo que todo lo que eres es aquí y ahora y que este instante -siempre
pacífico y directo- es la completa expresión que tienes ante ti de tu
naturaleza. Así pues, "ama y haz lo que quieras", porque cuando todo
lo que haces es hecho con amor, eso siempre es verdadero y puro, natural.
Si confías en el amor, te entregas y lo sientes con todo el corazón, si eres uno con él, no hay ningún obstáculo ni temor que se interponga, porque el rostro y el aura del amor es la paz, la confianza, la certeza de que sigues el camino verdadero: el camino que te conduce de regreso a tu esencia pura y genuina. Pues Amor es lo que eres.
Al sentir y escuchar el río de la vida, mi cuerpo se vuelve uno fluyendo al compás de su ritmo natural.
Abrazo el palpitar del agua dejándola irse, traspasarme, recorrerme invisible y pura, inocente, hasta llenarme de ella, saciando mi sed con la frescura de su manantial sereno.
El río de la vida fluye: su música conmueve al aire.
Cada momento, cada segundo, refleja eternamente lo que eres. Ese reflejo es la experiencia y más allá de ella está el sol que la ilumina, aquello que la hace posible: el ser que nunca nace ni muere, que siempre, total y permanentemente, es. Descubre aquello que en ti nunca cambia. Eso que no puede nombrarse, ni señalarse, ni siquiera imaginarse, es lo que eres. Porque el ser no se puede buscar, no se puede ir hacia él. ¿Cómo ir hacia ti mismo? ¿Quién ha de ir hacia quién? No has de hacer nada. En realidad nunca has hecho nada. La vida funciona sola. La vida se presencia sola. Se respira sola. Este es el milagro.
Tú estás ahora aquí: esta es la verdad, saboréala. Conócete a ti mismo: verás que siempre ha estado ante ti la evidencia directa del autoconocimiento. De hecho, ya te conoces. Nunca has dejado de conocerte. Es la mente la que se esfuerza en evitar lo inevitable, como en un juego, siempre buscando algo más, a través de una expectativa, de una ilusión puesta en el futuro. Pero tú estás aquí y siempre estarás aquí. Incluso la mente, el pasado, el futuro, la imaginación... todo está aquí, todo bebe de la misma fuente: el Ser. Esta es la mejor noticia que nos pueden dar. Nada cambia al saber esto. Pero nada vuelve a ser igual.
Tú eres la verdadera experiencia inefable. Nada hay que no haga referencia a ti, al misterio de quien ve, al testigo incondicionado y puro que, pase lo que pase, siempre permanece en paz. Ese estado de felicidad absoluta que uno puede experimentar aquí, en el mundo de los fenómenos, es la consecuencia de comprender la libertad total de ser, que es amor sin distinción.
Hubo
un día en que el ser humano descubrió el hallazgo más importante de su
historia. Aquello que encontró no estaba fuera, en algún lugar perdido, sino
dentro de él. Además, por encontrarse dentro también descubrió que eso no era
distinto de él en nada. Él era eso. Él era, más allá de toda apariencia, espíritu.
Junto a ese hallazgo, inigualable, revelador de su identidad real, comprendió
que no sólo se encontraba dentro de él sino en todas las cosas y en todos los
seres. El espíritu era la esencia de todo, la razón y vínculo con lo real, con
la verdad, con la naturaleza fundamental de la que estamos hechos y que
universalmente compartimos.
El
gran hallazgo del espíritu trae consigo una estela de amor sin fin. La
conciencia de ser, de saber que estamos hechos exactamente igual sin diferencia
que todas las cosas del universo, nos traslada hacia un inconmensurable y bello
sentimiento de unidad con todo. Nunca estuvimos separados de nada, ni de los
otros, ni de los demás, ni del mundo. Tan sólo era una ligera ilusión, un frágil
y olvidadizo sueño que nos hizo creer en la idea del ego, de que somos un
sujeto separado del mundo y de los otros, un sujeto incluso separado de sí
mismo. Por ello, dejar atrás ese sueño es despertar, ver claramente tu
naturaleza, tocar la esencia de tu ser y no hallar diferencia alguna con lo que
te rodea. Este despertar es inmediato. Sólo necesitas darte cuenta de ello,
ahora, en este momento, con todo tu cuerpo y tu ser. Ese sentimiento de
consciencia es indescriptible. Esa fuerza de amor, que brota del centro del
corazón y posee una energía expansiva sin límite alguno, es el motor de la
vida, el germen que nos origina, mantiene y eterniza.
El
hallazgo del espíritu, el gran descubrimiento de tu realidad y verdad más íntima,
te lleva de regreso a la inocencia y pureza de tu ser, de tu corazón. En el
mar, tú eres el mar, eres uno con las olas del océano meciendo tu cuerpo; en
las montañas, eres hermano de los árboles y riachuelos y de todos los seres que
allí habitan. Tú eres la conciencia, pues es la conciencia, tu capacidad de
ser, de ver y observar, de amar y conocer, lo que te permite ser eternamente lo
que eres, no apegado a nada, no identificado con nada en concreto, sino
generosa, humilde y conscientemente entregado a todo, unido a todo.
Este
momento, este presente, que es presencia plena, contiene todos los tiempos y
todos los lugares. Tú, aquí, ahora, siempre permaneces contigo en el amor de tu
centro presente. Ama pues, sé consciente del amor que hay en ti, en el mundo, y
nunca dejarás de sorprenderte ante el infinito caudal de bendiciones que hará
de tus días un constante y un siempre nuevo amanecer.
Una mente silenciosa es una no-mente. ¿Qué quiere esto decir? Que ante la ausencia de la mente sólo queda un espacio abierto e ilimitado que llamamos Conciencia, Totalidad, Amor, Realidad... ¿Por qué escoger lo limitado cuando es nuestra la Totalidad? En realidad, no se trata de escoger, sino de Ser sin elección.
Late el corazón exclamando el sonido de la eternidad como llamarada de vida en lo interno y total del vivir. Tú eres lo real, el amor dando presencia a través de la omniabarcante unidad al mundo y a sus innumerables manifestaciones. Ilusión es pensar que este sueño cambiante es la base y raíz sobre la que se sustenta todo. Ilusión también es pensar que más allá del sueño hay una realidad última esperando. No sería más que otro sueño en proyección.
Tu realidad, la verdad, esa que sólo conquista el amor puesto en la visión limpia y sincera, nace, muere y vive eternamente en este instante.
Todos los ayeres y mañanas tuvieron lugar sólo ahora. Este momento es tu memoria, tu futuro, tu presente (todo ello conceptos, imágenes, ilusiones que llamamos tiempo). Pero nada de eso vive por sí mismo, son sólo manifestaciones que cobran su vida en ti: la presencia sin nombre, la amada presencia misteriosa.
Tú eres aquello que todavía y nunca ha nacido: la inocencia eterna que se mece en la frescura del vívido instante. Todo es aquí, totalidad del ahora que germina en la paz del silencio, pues es en el silencio donde la verdad resplandece, donde la vida se muestra absoluta, incontaminada, en el destello infinito de la prístina quietud, de la intuición desbordante, del cálido sosiego del amor: abrazando en completa comunión a la belleza y a la verdad.
Toda auténtica enseñanza
espiritual nos dirá: "sé tú mismo". Este es el método directo. Quizás
uno se pregunte, ¿cómo he de ser yo mismo?, ¿qué he de hacer para ser yo mismo?; y
vemos que la pregunta es por sí misma tautológica: no se puede hacer algo en
concreto para ser lo que somos. Es por ello que ser uno mismo es la forma
directa de experimentar nuestra verdadera esencia. La esencia de lo espontáneo
y natural, de lo inocente y eternamente evidente: aquí está la respuesta tan
buscada, en lo que eres, en ti.
Deja atrás todo esfuerzo y también
incluso abandona todo esfuerzo por liberarte del esfuerzo. Así de sencillo es,
no hay que hacer nada. Sé tu mismo, regresa al punto de partida que es también
el de llegada, el punto cero que es sin tiempo y sin espacio y por ello
absoluto en su real presencia: aquí, ahora y siempre. El punto que nace del vacío
y que todo lo comprende. El punto del que los mundos son creados y regresan a su
silencio sin nacimiento en el sueño profundo. El punto que todo lo comprende y que se
manifiesta natural, autoevidente, en tu sensación de ser. Esta es la eterna
evidencia que vive en nosotros: Ser.
La vida, en su canto dichoso, proclama la verdad a cada
instante. Más directo que el instante incluso es el ahora, este aquí sin tiempo
y de realidad total e inigualable. Ya eres todo. Tú eres la paz. Tú estás aquí
antes que la mente y el mundo. Eres el testigo que todo lo presencia, testigo
silente e inamovible que es paz perpetua, conciencia desnuda, rebosante reposo
de amor y luz.
Abraza esta dicha, la dicha de Ser lo que eternamente nunca
has dejado de Ser. La verdad nunca puede ser borrada por las apariencias, la
verdad siempre resplandece. Sólo hay que mirar adentro, desde el corazón, desde el amor que confía en su Ser,
en su pálpito natural, en su sentido íntimo, para ver lo que Somos, lo
evidente.
Qué gran paz es esa: amar al amor, a ti mismo, a tu Ser.
¿Cómo no abrazar la totalidad? ¿Cómo no escuchar esa canción de amor que
pronuncia constante tu nombre? ¿Cómo no navegar por ese mar calmo que hace
bailar al alma en sereno oleaje de silencio?
La dicha de ser te abraza siempre en la conciencia.
Entrégate pues, sin reservas, a ella. Y encontrarás mucho amor, infinito amor,
un amor que ama naturalmente, como un sol radiante, derramando vida y luz
ilimitadas.